30 de abril de 2020

Mahler por accidente

Empecé a escuchar a Mahler por accidente. Era una tarde cualquiera y trabajaba en algo monótono; por debajo —o por atrás— corría incesante el río de música aleatoria que dejo adornar (o uso para esconder) las impresiones que me dan lo mismo y lo mismo. Entonces, de repente, como cuando pega el trueno, unos sonidos que salieron de los remolinos y la confusión vinieron a buscarme. ¿Qué sonaba? Un movimiento de la Sinfonía Nro. 2 de Mahler, “Resurrección”. Decidí entonces escucharla completa, de principio a fin. Para mí, fue una experiencia reveladora. Esta música me arrastró a un llanto desesperado, y para cuando se disipó el último acorde sentí que yo había cambiado un poco, para siempre.

La escuché en la clave de su título: resurrección. Como no era una obra sobre la muerte sino que hablaba del resurgimiento, mientras la escuchaba no pensé en los muertos sino en reencontrarme con ellos. Y aunque su tema no es la muerte, hay muerte: Mahler la dibuja con acordes estridentes como gritos, con pasajes agitados que representan la tribulación del morirse, y también con las disonancias de la pérdida y la tristeza de dejar un encuentro pendiente. En medio de estos vendavales, irrumpen melodías dulces y serenas; muchas veces la violencia de la muerte las apaga. Otras veces quedan en pie.

Los temas dulces (celestiales) irán ganando terreno en medio de una batalla permanente. Hay tirones hacia el dolor y la melancolía por un lado, y hacia la paz trascendental, por otro, durante casi toda la obra. Hasta que de repente, en el último movimiento, en lo que parece ser un pasaje intrascendente (quizá esto es lo más doloroso), ocurre algo irremediable: la muerte como acontecimiento y no como anticipación. La marcan un crescendo, unos golpes, como un pataleo, y un breve silencio. Como la muerte, son súbitos, potentes, e irremediablemente finales, y varios temas que se escucharon desde el principio de la obra no van a volver más.

Enseguida unas cuerdas delicadas señalan la entrada al más allá con otra lógica musical, consonante, agradable, suave. Se la anunciaba en los contrastes anteriores, pero ahora es la única lógica posible. La música evoluciona con lentitud y hasta con incertidumbre; dialoga con el silencio y lo incomprensible. Y muy despacio entra un coro, y luego la intensidad escalará hasta un final glorioso, una convicción feliz y maravillosa, la de un reencuentro, al que no hay palabras para hacerle justicia.

Mahler nos hace cavilar sobre la muerte, pero también nos hace pensar que existe un reencuentro posible después de la muerte; que a los que perdimos y a los que vamos a perder en el camino podemos volver a verlos. Por eso todas las veces que escucho esta sinfonía, me sacude. Nunca me deja indiferente, y cada vez le veo un sentido que antes no, un matiz distinto. Me hace pensar en las personas que tengo y en lo que pasaría si las perdiera, y rápida y musicalmente, en qué feliz me sentiría de volverlas a encontrar, algún día. ¿Qué mensaje puede ser más esperanzador y cómo se podría comunicar de otra manera?

21 de marzo de 2020

Sábado 21 de marzo de 2020

Vivimos sobre una avenida muy ruidosa. Si nos pusiéramos a contar cuántos camiones, colectivos y autos pasan durante el día, tendríamos más que todas las luces vemos encenderse por la noche en todas las ventanas de todos los edificios a la vista (y son bastantes ventanas y cada vez más edificios). Pero la verdad es que pasan tantas carrocerías que nos cansaríamos de contarlas a poco de haber empezado.

El primer gran cambio desde la cuarentena es el silencio atronador. Si salimos al balcón a conversar, nos bastaría hablar en suspiros para entendernos. Vemos cambiar los semáforos de rojo a verde con tristeza; un resabio de lo anterior. Le hablan a nadie, como una carta escrita y nunca entregada, pero con la tenacidad de un programa de radio que nadie escucha. A veces por la tarde se pueden escuchar desde la ventana de la habitación retazos de conversaciones de gente que salió a pasear al perro o de parejas que van a comprar. De noche, sube el sonido de los grillos en los árboles y se cuela desde lejos la cháchara de la radio policial. Un poco más adelante, debajo de la autopista, improvisaron un retén: flanqueados por conos anaranjados y blancos, dos patrulleros, uno en el carril norte y el otro en el carril sur, están parando autos al azar. Antes de la cuarentena, ahí mismo se escondían los del control de tránsito para hacer controles de alcoholemia esporádicos a los autos que pasaban zumbando los sábados a la madrugada, gente de fiesta que va o que vuelve de algún boliche.

Entonces en lugar de escucharse la radio policial se oían priii priii los silbatazos que daban para detener a unos y a otros, y por la mañana, amanecían trasnochados en la vereda y como abandonados por la bajamar los autos de los conductores que habían dado positivo.

Pero hoy no hay bailes en la madrugada ni gente de fiesta. Las luces de los patrulleros titilan toda la noche: se filtran entre las ramas del árbol y las hojas que bailan al viento, y dibujan formas infinitas y azuladas en las paredes. 

13 de marzo de 2020

Wuhan

[Sin fecha]

Hacia fines de 2019, pocas personas en Europa y América sabrían que en China existe una provincia llamada Wuhan. ¿Por qué habrían de conocerla? Para los occidentales como nosotros, el continente asiático es un proveedor más de tantas fantasías como el cine y los libros; una tierra que nos empecinamos en concebir abstracta, milenaria, mística. Pero Wuhan difícilmente pasaría el filtro occidental que separa las ciudades místicas (es decir, turísticas, deseables) de la enormidad de la China continental.

Wuhan, además de hallarse en (la porción insignificante de) ese lejano e ignoto continente, teñido siempre de un imaginado salvajismo y una incomprensible cultura, carecía de monumentos notables; su lugar en la historia relativa a occidente era escasísimo (al revés, por ejemplo, de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki que siempre serán recordadas en occidente por las bombas nucleares que los Estados Unidos les arrojaron). En Wuhan no había templos escondidos en la selva, ni pagodas pintorescas, ni murallas kilométricas semejando un gran dragón dormido en la hierba, ni playas de ensueño con aguas transparentes y arenas blancas. El hecho de que algunos de los que sí conocían a Wuhan la ubicaran como la “Chicago” de China no contribuía a su popularización. Porque este reduccionismo —planteado en términos occidentales— que la emparentaba con la ciudad estadounidense, al mismo tiempo que le confería una magnitud siempre menor, no hacía más que rescatarla de la ignominia para volverla a hundir: Wuhan sería una ciudad grande, pero sería Chicago, no Nueva York.

23 de febrero de 2020

Volver



Y un día nos tocó volver de Perú.

Dejé en una heladera de Trujillo media botella de yogur de lúcuma que me encantó, pero nunca terminé de tomar; dejaré por un tiempo (a lo mejor) la imagen de mi rostro pasajero a la señora de la juguería del mercado central, que nos sirvió jugos y pan con chicharrón, que reconoció a Alfarez después de un par de años (porque era uno de sus lugares favoritos), y que aunque cambiamos dos o tres palabras, pero seguramente me olvidará más pronto que tarde. Dejé un revoltijo de caracoles en las playas de Huanchaco que el mar y el viento reacomodarán a su gusto; dejé huellas en la arena solitaria de Puémape hechas en una tarde de nubes y sol y olas fuertes, que a esta altura se habrán mezclado con las de los cangrejitos carreteros, si es que no desaparecieron por completo; en Lima, después del último desayuno, dejé una pila de vajilla recién lavada en un orden tal que ahora el uso habrá perturbado. Dejamos un montículo de piedras en una playa del Callao que tenía la forma exacta de nuestras espaldas recostadas al sol hirviente, y que ahora exhiben los contornos antojadizos de la espuma y del agua ansiosa que revuelve el mar bravo.


Y me voy y dejo todo esto pero también me llevo bastante. Me voy, por ejemplo, con el corazón grande de haberme sentido un hijo, un primo, un sobrino lejano, o un amigo de largo tiempo, aunque no lo fuera; me voy con la certeza de que acá podría hacer, algún día, otro hogar (o más todavía, como si de toda la vida hubiera pertenecido también acá); me voy con una nostalgia practicante por el cariño sincero de la gente, una nostalgia hasta por lo más banal: por encontrar, en cualquier esquina, el sabor de la comida hecha en casa.

21 de enero de 2020

Limpieza


Nos mudamos a una casa de muertos. Esto quiere decir —entre tantas cosas, y en el plano más terrenal— que por todos los rincones encontramos objetos y muebles que no son nuestros. Muchas veces, a éstos los hallamos en estado de abandono, o avanzada su decadencia. A los que juzgamos capaces de revivir, les damos nuevos bríos a fuerza de trapeadas, limpieza y lustre; aquellos objetos que no vemos viable resucitar y los muebles que consideramos demasiado aparatosas para conservar (en el marco de la vida más frugal y sencilla que ambos deseamos practicar), hace tiempo que aprendimos a dejarlos ir. Así fue como, tras de cada vez más breves deliberaciones sobre lo que se queda y lo que se va, regalamos o abandonamos en la vereda una cuota importante del mobiliario de la casa, que, en el curso de estos tres años que llevamos habitándola, conviviendo mansamente con memorias ajenas, recién pareciera alcanzar un estado que podríamos llamar tolerable.

La parte más compleja de la deliberación está, por supuesto, en definir qué se queda y qué se va cuando la línea entre lo decrépito (es decir, lo inservible) y lo útil (es decir, el sentimentalismo) se pierde de vista. Y la respuesta para sortear esta situación —cuya incertidumbre yo podría dilatar hasta el infinito con mi nostalgia— radicó en predisponernos a pensar que todo se tiene que ir. La decisión no es tan tajante; hay un matiz —casi ilusorio. El método es sencillo: señalamos al azar un objeto o un mueble, y nos consultamos en voz alta: “¿se queda o se va?”, así, sin medias tintas. La que resuelve es algo así como una imaginación, una figuración del porvenir, una mirada incierta que ve como adentro de un pozo y dicta entonces su voluntad, que comunica a la conciencia y ésta la plasma en voz. Así aflora una respuesta (esta ponderación, que revela si tal objeto o tal mueble están en nuestra vida futura, ocurre en una fracción de segundo). Para sorpresa de ninguno de los dos, en la mayoría de los casos la respuesta es “No”.

19 de enero de 2020

Recuerdos de mi abuela

No se me escapa que este 2 de enero mi abuela materna hubiera cumplido 104 años. Cuando me acuerdo de ella, no la recuerdo sonreír, como en esta foto, en la que particularmente se la veía muy feliz conmigo a upa. Pero sí recuerdo otras cosas, como sus manos grandes, enormes, y la pequeña alianza dorada, brillante, en el anular. Siempre me pareció tan pequeña: parecía que el dedo hubiera crecido adentro del anillo y uno dudaba de que en algún momento los dos hubieran podido existir cada uno por su lado.


De ella recuerdo también que tomaba el café con leche en una taza de cerámica cachada con el dibujo de una vaca con cuernos; sobre el borde, acostaba la gruesa capa de nata que se había hecho en el hervor de la leche, y lo endulzaba con gotas de Chucker. Mojaba en el café con leche el pan que calentaba en un plato de loza color ocre, que por entonces tendría más años que yo, a juzgar por los bordes quemados, con olor a horno, y a incontables rayas de cuchillazos que lo segmentaban hasta el infinito. El ritual del desayuno daba inicio también al de los remedios, pródigo en pastillas ovaladas y redondas que hacía aparecer sin orden aparente de un manojo de blísteres atados con bandas elásticas.

Recuerdo también que me esperaba con la comida lista cuando volvía de la escuela; yo sabía qué había cocinado apenas entraba al edificio porque el aroma bajaba las escaleras y me venía a recibir como un perro entusiasmado; recuerdo que mi abuela puteaba en siciliano con toda fluidez, aunque hacía más de cincuenta años que vivía acá, cosa que siempre me molestó porque nunca entendí qué decía. Tampoco supe comprender entonces (recién ahora sí, con la madurez de los años y mediante el hallazgo de vieja correspondencia) que extrañaba Italia más de lo que dejaba ver, aunque todos siempre supimos que vino a regañadientes. Recuerdo que hacía crucigramas en la mesa, y que a la tarde miraba Bonanza en Retro, como repitiendo un ritual anterior.

Cuando yo tenía ocho años, mi tía Ana nos compró unos pasajes a Uruguay a mi abuela y a mí. Esa iba a ser la primera vez que viajara lejos a ninguna parte, y la primera vez que conocería el mar. Para mi abuela, aquélla fue la última.

Sicilia y Montevideo no tenían nada en común (mucho menos Sicilia con Buenos Aires), pero al menos había mar. Supongo que la fantasía de viajar a Italia, aunque fuera unas cortas vacaciones, siempre había existido, cuando menos como esperanza; pero nunca hubo plata, o tiempo (pero más creo que era una cuestión de plata), y este viaje tendría que bastar. Recuerdo que mi abuela me llevó hasta la orilla del mar, donde sentí el agua fría arrastrarse bajo mis pies desnudos; la sentí retornar, llevándose consigo la arena, moviéndose debajo de mis pies y dándome la impresión de que si podía me iba a arrastrar consigo. Le pregunté a mi abuela si me llevaría a mí también. Cómo me habrá dicho que no, o si me abrazó y me consoló, eso no lo recuerdo.  ¿Qué le habrá parecido mi pregunta a una mujer que se crío al lado del agua, que, según me contaban, trepaba los riscos puntiagudos de la costa para arrojarse de cabeza en el agua azul? ¿Qué habrá significado para ella el reencuentro postergado y nostálgico con la espuma fría, con aquel horizonte de destellos interminables?


Se empezó a morir en la habitación de casa y se terminó de ir lejos de ahí, en un hospital gris del conurbano. Poco antes de eso, la visité; hacía tiempo que no iba a casa, que no almorzábamos juntos, que no la veía hacer sus crucigramas ni mirar la tele. Hablamos poco: creo que me confundió con alguien más.

Tiempo después, cuando nos mudamos acá, revolvíamos un armario cuando nos encontramos algunas de sus cosas viejas. Partituras del piano que tocaba en las obras de títeres; la cabeza de madera de un puppi; fotos en blanco y negro de mi abuela y su familia. Todas estas eran cosas materiales de su vida anterior, de una vida que yo había escuchado de oídas; pero lo que más me impresionó fue un cuaderno de escuela garabateado con su letra infantil: ponía Concettina Cantone, en el trazo dubitativo de una criatura. ¿Cuáles habrán sido los sueños de esa nena? ¿Qué vida creyó que tendría?

El armario con sus cosas estaba al otro lado de la pared de la habitación donde la vi marchitarse. Entre el armario y los pies de su cama, un paréntesis enorme recordando la inmutable fugacidad de la vida.

15 de enero de 2020

Miércoles 15 de enero de 2020

Creo que estoy en busca de una experiencia trascendental. Para algunos esto significa viajes a la India, vestirse con ropas de colores, comer picante y llevar ofrendas a dioses de muchas manos. Para algunos, la inmersión en esta experiencia radical es necesaria para abrir la mente y el espíritu. Para mí es el análogo de condimentar en exceso las comidas para hacerlas sabrosas, o estallar el volumen de los hits musicales para vender más entradas a un concierto. Estas cosas prescinden de la sutileza. Y yo quiero algo más sutil.

Cualquier otra cultura, al fin y al cabo, es «otra» cultura; cualquier viaje (incluso apenas más allá de las fronteras habituales) abre la mente y el espíritu si uno está verdaderamente dispuesto. Y yo estoy dispuesto.

Pero todavía más.

En De qué hablo cuando hablo de correr Murakami describe la experiencia de haber corrido una ultramaratón en los términos trascendentales que a mí me entusiasman. Dice que los últimos 15 o 20 kilómetros de los 100 que corrió se le plantaron con la espesura de lo metafísico. Su cuerpo se borraba, las impresiones sensoriales desaparecían. Era solamente una conciencia transitando un sendero interminable después de 10 horas continuas de carrera. Será que ante semejante esfuerzo, palidecía todo lo otro: las obligaciones, las preocupaciones, los problemas cotidianos, los recuerdos dolorosos, las inseguridades, y el temor a la incertidumbre, siempre vecina del futuro. Sólo una conciencia, sólo el camino, sólo el paisaje y el viento y una aletargada extenuación que se desvanecía.

Supongo que en este contexto todo cobra perspectiva. La experiencia trascendental que busco es una experiencia de perspectiva. Salir de los límites invisibles de la cárcel diaria. La cárcel no es el trabajo, no son las obligaciones, no son lo que tradicionalmente asociaríamos con lo que limita nuestra libertad. Es incluso el mismo modo en que definimos qué es nuestra propia libertad. Los márgenes de nuestro pensamiento; los límites de la cárcel son los límites de lo pensable y de lo sensible a fuerza de costumbre.

Creo que quiero —quiero— una experiencia trascendental.

6 de enero de 2020

Lunes 6 de enero de 2020

Cada movimiento del cuerpo debe hacerse con certeza y pulso firme, como si fueran imposible para un músculo la creatividad y el libre albedrío. La espalda recta: nada de que un pie vaya de repente donde no debería; tampoco nada de perder el equilibrio cuando se da un paso atrás. Quisiera evitar el temblequeo ocasional del torso y de los brazos; la zozobra de las piernas. No es un dogma de la ansiedad, sino más bien todo lo contrario. Porque la ansiedad es la pérdida de control, y la conciencia de sí es una de las formas del empoderamiento.

1 de enero de 2020

Feliz 2020


El corcho aterrizó en la mitad de la avenida. Dio unos tumbos torpes hasta los carriles al otro lado, donde descansó, imperturbable. Hay menos petardos y explosiones que otros años, pero Nilo ya corrió a esconderse debajo de la cama.

El cielo sólo se ilumina allá, en Puerto Madero, donde ha brillado para algunos pocos durante todo este año. Luces verdes y rojas encandilan las fachadas de torres en perpetua construcción, y justo enfrente los destellos intermitentes recortan la silueta de un tanque de agua que conozco de toda la vida. Quizá este año lo demuelan; quizá este año hundirán por fin los cimientos negros de una torre desalmada para que el cielo sea el privilegio de algunos.

Debajo, no muy lejos de donde aterrizó el corcho, se detuvo un Fiat Uno celeste. Dentro, una chica solitaria. Ante el semáforo en rojo, bajo el rayo blanco de las luces de la avenida, ella sacó el celular. Parece mandar un mensaje. Imagino que dice no, no pienso volver; a lo mejor dice también que no le van a volver a ver el pelo. Una moto zumba a su lado y cruza en rojo. ¿A quién le importa?

Nos servimos la sidra. Pienso en los solitarios de la calle a quienes las doce los agarran lejos de una mesa, lejos del brindis, lejos de una familia que los quiera, lejos de amigos que los abracen. O a lo mejor escapan de unas imposturas sobre las que pocos reflexionan, y de obligaciones a las que con gusto renunciaron.

Siempre que celebrábamos año nuevo en esta casa, alrededor de esta ahora, salía al balcón y miraba con la copa en la mano, pensando qué harían a esta hora toda la gente que iba en los autos. Las parejas que viajaban solas. Los taxis descarriados. Los colectivos condenados. Imaginaba escenarios extremos: una tragedia familiar, una pelea tremenda de vasos volando y reproches y amenazas y nos vamos y no volvemos más. No imaginaba otros escenarios posibles, como si vivir las fiestas con la familia fueran un mandato irrenunciable sólo perturbado por la miseria o la irrupción de algo trágico.

Pero hoy, mientras el humo se disipaba a lo lejos como bollos de algodón, brindamos los dos. Y se sintió como si de toda la vida hubiera sido así.

3 de diciembre de 2019

Amor subterráneo


El chico se sentó en uno de los asientos plásticos del subte; la chica se quedó parada a su lado. Se enroscó en el caño anaranjado y se inclinó sobre él. Le acariciaba la cara, le besaba la frente, mientras él con su brazo rodeaba su cintura. Cuando ella bajaba la cabeza, el pelo llovía sobre la cara del chico, sumiéndolo en ese éxtasis de amor que es como el de los que descubren que se aman, o el de los que han dormido y despertado juntos, o el de los que se amaban profundamente desde siempre y no lo supieron hasta que se encontraron. Con las manos se buscaban; con las manos se hallaban todo el tiempo. Y aunque yo estaba sentado justo enfrente, era como si para ellos el mundo entero hubiera desaparecido a su alrededor.

24 de noviembre de 2019

La llanura pampeana


Habitualmente paso frente a la Facultad de Veterinaria a toda velocidad, esquivando en bicicleta el tránsito asesino de la avenida San Martín. Pero esa vez creo que pasé más despacio que otras veces, o será que, cuando vi al hombre, algo me impresionó y el tiempo se demoró un poco. Era un tipo flaco, adulto, y no parecía ni docente ni alumno. Llevaba remera, bermudas, una gorra gastada: su uniforme sencillo para combatir este calor irracional de noviembre.

Se había detenido frente a una reja. Del otro lado, un rectángulo de tierra reseca donde el pasto crecía rebelde, apenas adivinado, detrás de una pared baja por sus penachos ondulantes. Y un poco más allá, dos caballos que rumiaban. El sol de la mañana reverberaba en las crenchas duras; una silueta de pelos emblanquecidos por el sol iba de las crines hasta la grupa y dibujaba las alzadas altas y recias. El hombre las miraba como si mirara caballos por primera vez.

Pensaba yo, mientras pasaba a toda velocidad —o no—, que ese probablemente no fuera el caso, pero que sin dudas estaba como hechizado. Recostado sobre la reja —ahora lo veía mejor—, sostenido por el antebrazo apoyado en ella, y en él descansando la frente, miraba este espectáculo increíble.

A lo mejor a todos los hombres y mujeres que nacimos acá en la llanura nos pasará lo mismo alguna vez, si escuchamos su llamado; si leemos sus símbolos. Nos tentarán el campo, el pasto, los árboles, el sol y sus fieras; un embrujo antiguo, una llamada salvaje, una invitación hedonista al mundo basto y feral de la gauchada o el malevaje; el encanto de una vida sencilla a la sombra, y bajo un sol mucho más gentil.

7 de noviembre de 2019

Atardecer de verano (casi)


Me late la sien y me siento enfermo, entonces se me ocurre ir a la ventana a tomar aire y aparece el atardecer, que siempre estuvo ahí, que estaba ahí antes de todo. Aparecen las nubes en el cielo como rasgaduras en un velo enorme; el sol dorándose sobre edificios lejanos, regulares, impersonales: las últimas caricias calientes de estos días que violentan el cuerpo con su bochorno.

Este momento -el del atardecer largo, suspendido en el aire-, parecía el último en que aparecerían las preguntas incómodas. Y como un viento al doblar la esquina, como toparse con algo nostálgico e inesperado en un cajón que se abre, llega; la voz pregunta: ¿qué estás haciendo con tu vida?

La sien late y siento un calor como de fiebre, y la respuesta es la de siempre, que estamos viendo. Entonces el viento sigue y las nubes púrpuras se parten en el cielo, como si el sol, caído tras el horizonte, las manoteara para llevárselas consigo a su noche misteriosa.

30 de octubre de 2019

Elecciones


Las decoraciones de la fiesta el día después; la memoria del abrazo que podríamos haber dado; las publicidades de la Selección en la mañana invernal de la eliminación; los recuerdos del viernes el domingo a la noche; una foto de Mar del Plata; el recuerdo del consejo que nos dio un muerto; soñar con una mascota que supimos tener; soñar que tenemos la vida que queremos, pero despertar en nuestra realidad condenada; soñar, pero no recordar nada; guardar el plato vacío después de una comida que nos gustó mucho; mirar desde el colectivo los carteles de los políticos que empapelaron la ciudad, el lunes después de la elección, y con los resultados cantados.

Un Alberto enorme que sonríe desde un edificio en Nazca y San Martín me provocó una enumeración de pequeñas desazones. No era su intención, sino más bien todo lo contrario. Podría haber sido como la cara de Messi en las publicidades que lo envalentonan y nos defraudan (su cara sin gesto prometiendo trofeos improbables); pero Alberto sonríe y sonríe distinto.

Porque por primera vez en mucho tiempo una persona y una idea parecen coincidir en en lugar donde más hacían falta.

El resto le corresponderá a la historia.

16 de octubre de 2019

Plaza Dorrego


El bar de la Plaza Dorrego no llegó a ver el tiempo en que el ombú gigante daba sombra a las caravanas variopintas de ganado y caballos que doblegados por el sol de la llanura se detenían ahí mismo a buscar agua y sosiego, en su peregrinación final hacia Plaza de Mayo. Ese cuadrado de tierra reseca y sombra milagrosa parecía haber sido puesto ahí, con ese propósito, incluso antes de que el mundo fuera mundo; cuando Buenos Aires era todavía una barranca de juncos torvos precipitándose a un río bravo.

El bar de la Plaza Dorrego vino mucho después, alrededor de la época de la fiebre que diezmó esta y otras manzanas de alrededor. Entonces habría el paisaje que inspiró tantos cuadros: el de callejuelas vacías y valijas a medio armar en zaguanes abandonados, que los dueños nunca llegaron a llevarse en su fuga al norte.

Hoy el cuadrado de tierra milagrosa es un cuadrado de baldosas, rodeado de cafés y restaurantes, y lleva el nombre de un gobernador de Buenos Aires fusilado por tomar un bando de la grieta en que se asentó la Patria. La grieta es eterna, simbólica, fundante, necesaria. Unas cuadras más allá, siguiendo el camino que seguían las caravanas y la hacienda, frente a la plaza justiciera de los cabilderos y de la mazorca, hay la casa de gobierno que fueron dos edificios y que un arco paradójicamente improvisado y pergeñado unió. La asimetría de la fachada es ultrajante, seductora. Peronistas, radicales; Unitarios y Federales; Boca, River; campo o industria; capitalismo o justicia social. La grieta es una y sus nombres muchos.

26 de agosto de 2019

Una escena nocturna


Es tarde; ya son más de las 12. Estoy sentado en la silla y Nilo está acostado sobre mis piernas. Me entumece. Levanto levemente los talones para que el regazo le quede parejo, equilibrado, imperturbable. Me gusta verlo dormir. Me da su espalda, silenciosa. Los pelos del lomo se entreabren plácidamente con cada inhalación. Brillan en la luz tenue. Lo acaricio con ambas manos y siento el calor de su carne, la suavidad de su pelo, arremolinándose entre mis dedos.

En la calle, se oye el lento corcoveo de un auto. El silencio de la noche desnuda los sonidos singulares que la marea del tránsito ahoga de día.

Alfarez estudia en la mesa. Pasa las páginas de un libro. Escucho el papel doblarse, recostarse, recibir otra hoja encima suyo, y otra, y otra. Entre ella y nosotros, y entre nosotros y la ciudad, hay un silencio espeso, pesado, como el que se oye debajo del agua.

Quisiéramos que la vida estuviese plagada de momentos extraordinarios, pero más bien está hecha de estos momentos difusos que son la norma y los signos de su lenguaje. Únicos, pero repetidos. Percibidos, pero olvidados. Serán un recuerdo solamente si se los fija. Si no, serán materia de sueños, excusas de un déjà vu efímero; se confundirán tanto entre sí con otros similares que nunca habrán existido. ¿Será entonces que nunca habremos vivido?

23 de agosto de 2019

Tragedia en Colima


Los hechos ocurrieron en el pueblo de Cajamarca, en Tolima, Colombia, que en fisonomía y costumbres es como muchos otros de nuestros pueblos latinoamericanos. Cajamarca recuesta sus espaldas sobre un cerro de tierra reseca, peluda de cardos. A la vera de una calle comercial se asolan en el mediodía de domingo edificios bajos, negocios trasnochados que abrieron hasta tarde (cuando no toda la madrugada, acobijando la jarana), y dos o tres borrachos que la pleamar de la noche desparramó en la vereda, y que las familias de compras esquivan con pudor. En eso de ignorarlos estaban los transeúntes y en aquello de amanecer seguían los borrachos cuando esta rutina dominical fue interrumpida por la teatralidad desaforada e increíble de una riña a cuchillo.

Deiber Castillo, de furiosa camisa roja, emergió de una despensa con tranco vil. Sacudía en el aire un largo cuchillo plateado que hacía llover en zarpazos verticales sobre su rival, Reinaldo Reinoso. Éste, una movediza mancha azul en el paisaje desconcertado, buscaba contenerlo con una silla de madera; un domador de leones que se iba quedando sin argumentos.

Dicen que eran vecinos; que se curtían las manos en las labores del campo, pero que no eran amigos. Se supo que ambos habían tomado toda la mañana, y el rumor era que Deiber se había acostado con la mujer de Reinaldo, y que esto lo sabrían todos. La codicia de uno o la humillación del otro, azuzadas por el alcohol, iniciaron la pelea.

En la calle polvorienta, la gente filmó todo. La hoja plateada de Deiber se alzó limpia una última vez en el aire y en el descenso encontró la espalda del marido. Reinaldo trabó el brazo que lo apuñalaba y como una serpiente picó a su rival con la diestra, que desprendida de la silla revelaba el puñal escondido. Deiber enfureció, extirpó la mano asesina y volvió a acometer su lluvia de puñaladas. Una tras otra dieron con su vecino y lo echaron por tierra. La camisa azul de Reinaldo se teñía de rojo, y acostado en el suelo como un gato juguetón, con los pies intentaba alejar al amante enfurecido, y con las manos buscaba sujetarlo; con manos desesperadas intentaba matarlo como lo mataban a él.

Reinaldo nunca más se pondría de pie. Esto lo supo mientras los cuchillos lo rondaban y seguían bajando, otras veinte veces, con odio y desprecio, hallando sus hombros, hallando su espalda, y cuando intentó recuperar el equilibrio a gatas, encontraron su cuello y su cabeza, desapareciendo así sus pensamientos.

Un perro daba vueltas alrededor de los hombres, el único que hacía algo para frenar el espectáculo que espantaría a todo Colombia. Rodeaba a Reinaldo, ya inmóvil en el suelo, y rodeaba a Deiber, victorioso y desconcertado; pero en este círculo de polvo se dibujaba otro círculo de sangre, la sangre del amante que bullía de invisibles puñaladas. Cuando Deiber colapsó, la gente creyó que se había acuchillado a sí mismo en el frenesí del remordimiento, pero luego se supo que fue en la riña donde recibió sus picotazos. Murió a poco de llegar al hospital.

Esa noche, la policía de Ibagué, competente en el caso, organizó una vigilia para llamar a la concordia y pedir conciencia por lo que había sucedido. En los comentarios de la noticia en los diarios y las redes sociales, naturalmente, culparon a la mujer. Ahí se irá a culear con otro —decían— mientras estos dos terminan en el cementerio.

La Mazorca de Rosas vestía también de rojo furioso y sembraba el terror apretando azules unitarios, para quienes dejaban de encarnar un simple juego de palabras; en el boxeo, las esquinas son dos: roja y azul, y en los ejercicios militares, las facciones hipotéticas se identifican con estos dos colores. En Cajamarca, Tolima, Colombia, la mortal oposición entre estos dos colores sumó otra página trágica a su historia.

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Se cuenta que muerto Asterión, Rey de Creta, la responsabilidad del trono cayó tempranamente en su hijo Minos. Inseguro de poder gobernar como su padre, a quien habían amado y respetado, pidió ayuda a los dioses. Poseidón le regaló un toro blanco, que hizo aparecer entre la espuma del mar. Le pidió sacrificarlo, y le garantizó que del sacrificio vendría el buen reinado.

Pero Minos quedó tan sorprendido por la majestuosidad del toro que en  lugar de cumplir con la promesa, eligió engañar al dios sacrificando un toro blanco de su propio rebaño, y escondió el toro mitológico en su hacienda. La argucia no escapó a Poseidón, quien, como castigo, instaló en Parsifae, esposa de Minos, una desmedida codicia carnal por el toro mitológico que resultó en su unión, y de esta unión nació un bastardo hijo varón, un hombre, a todas luces, pero con cabeza de toro.

El Minotauro horrorizó a Minos. Su monstruosa apariencia fue de la mano con un monstruoso apetito por la carne humana, y conforme más la comía, más grande y poderoso se volvía. Minos volvió a pedir ayuda divina, pero esta vez para contener a su hijo deforme. Mandó construir un laberinto, y condujo al interior al Minotauro, a quien abandonó adentro.

Apologeo, hijo ejemplar de Minos, fue muerto en Atenas después de ganar una competencia atlética, cuando una turba humillada de que un cretense fuera superior lo linchó. Minos guerreó y sometió al pueblo de Atenas, y como castigo, impuso la siguiente ley: cada año, durante nueve años, siete hombres y siete mujeres atenienses serían librados en la puerta del laberinto para servir de sacrificio al Minotauro.

Fue Teseo, hijo de Egeo de Atenas, quien, conchabado con Ariadna, hija de Minos, entró al laberinto para dar muerte al insaciable Minotauro, quien no tuvo más culpa que haber nacer bastardo.

8 de agosto de 2019

El subte


Por la ventanilla del subte se filtran el zumbido metálico y el aire tibio que acompañan su recorrido circular; una ventanilla miserable detrás de la que no hay paisajes, apenas otro vagón amarillo que se mece desenfrenado y los túneles misteriosos acariciados por el hollín. Pero sin esta abertura estéril, el tiempo en esta caja sería insufrible.

Un taxi atolondrado me postró en la obligación insalubre de viajar así, bajo tierra, y me dejó como al personaje de Hitchcock: inmóvil y fervoroso testigo de algo crucial que nunca llega. Con el tiempo, solté la mirada y aprendí a maravillarme de la máquina. Vi sus posamanos bruñidos, el fuelle convulsionado que separa los vagones, las arandelas perpendiculares del pasamano, los tornillos nacarados que titilan en la fluorescencia del viaje y que no parecieran haber sido tocados ni puestos nunca por nadie; las cajas de cables con antiguas inscripciones en japonés, despojadas de magia por superpuestas inscripciones en castellano que las vuelven objetos mundanos (panel de control, llave maestra). Quise entrever en la hechura de los vagones la famosa pericia asiática, la perfección sufriente de ese pueblo sufriente. Una construcción hecha para durar quién sabe cuánto.

Una mañana, embalado yo con estos pensamientos, vi un japonés en el andén del subte. El tren paró, las puertas se abrieron, pero él no subió. Era viejo, y enjuto como tantos japoneses. Cruzaba las manos detrás de la espalda, observaba acá y allá detrás de unos lentes gordos,  y oía las explicaciones de un hombre de acá, que gesticulaba y parecía señalarle algo del túnel o los vagones.

Tenía como un aura y pensé "este japonés tiene algo que ver con estos vagones". Y después: ¿podría un hombre sentir amor por una máquina? Lo imaginé enseguida padre de los trenes, rebosante de amor, del amor divino de un dios sobre sus criaturas. A lo mejor andaba por todo el mundo observando las condiciones de sus hijos, recomendando cómo seguir prolongando su vida hasta que los remaches cedieran por fin, como una barriga rancia, y el remanente metal de los vagones se vendería por peso, el cobre de sus cables por metro, el vidrio de sus ventanas se regalaría astillado para reciclar. ¿Sentirá que los maltratan? ¿Observará en la mugre que se acumula en las interminables aristas una fantasía del quejido eterno: padre, por qué me has abandonado?

Se cierran las puertas y el japonés queda allí, los brazos detrás de la espalda, sus criaturas perdiéndose en la infinita madriguera.

18 de julio de 2019

Una mañana cualquiera


Lo primero que me llamó la atención de la mujer fue el tono de la charla que tenía por teléfono vaya a saber con quién: era el tono elevado de las discusiones. Se preparaba para bajar del colectivo y, sujetada firme con la derecha, con la izquierda apretaba el teléfono sobre la oreja mientras el colectivero hacía su zigzag mortal por la calzada siempre peligrosa de Monroe. El tono no subía en volumen porque algo de conciencia le restaba sobre lo público del lugar y se constreñía trabajosamente; pero si los gritos se ahogaban por esta conciencia, la retórica de las recriminaciones se endurecía. Decía: vos sí que me arruinaste la vida (y entonces capaz discutía con su pareja), y después decía: así las cosas, mejor no hablemos más, no hay nada más que decir, dejemos acá, y daba el primer amague de cortar la comunicación.

Noté al poco tiempo que cargaba uno de esos bolsos estampados tan de moda; esos que son de lona y llevan la inscripción de alguna frase esperanzadora en inglés, tipo Be Happy, o Today is the Day, o Smile and Live, o alguna otra tontería similar, y de repente cortó el teléfono sin decir adiós, sin que al primer amague siguiera otro. Lo apartó de su oreja y lo sepultó en el bolsillo. Quien prestara atención vería que también así enterraba a quien estuviera del otro lado. Entonces el colectivo se detuvo con la habitual violencia, y la mujer bajó con su bolso feliz hacia su mañana incierta. Pienso: cuánta felicidad nos venden las cosas y no la tenemos. Me restaba la sensación de quien vio una comedia por la mañana y por la tarde tiene que ir a un entierro, esa mezcla rara de que no pueden coexistir la felicidad y la amargura, al mismo tiempo, en el mundo; el contraste estúpido entre el bolso feliz y el momento miserable.

Después me di cuenta que el brillo extraño que tenía la mujer en el teléfono era el de la argolla de esas fundas de seguridad por donde uno pasa el dedo para evitar el arrebato, como invitando: vení, quebrame el dedo, pero el celular no te lo doy. Y me acordé entonces que en algún momento de esta madrugada había soñado que discutía con alguien y quería quebrarle todos los dedos de la mano a pisotones, como le había prometido.

14 de julio de 2019

Un barrio triste


Villa Pueyrredón siempre me parece un barrio triste, pero más entristecido se ve un domingo por la mañana. Bajo un refugio de plástico en el que se conjugan los carteles de una mujer perdida y del alquiler de una pieza (en una casa probablemente tomada), se apiñan en en el frío unos viejitos que esperan el 107, cuya presencia inminente queda suspendida en el aire como una promesa de campaña. Las calles vacías están más vacías que nunca, bañadas en el rocío de la noche anterior.

Las paredes de las casas parecen más desmigajadas; los hierros de las puertas más despintados, y algo así como un chorrito anaranjado de óxido se desprende de ellos en ese silencio invasivo de la mañana; porque hay un silencio atronador, como de hospital, que se arrastra por las veredas y sofoca hasta las baldosas flojas, y ni los pájaros cantan. La mansedumbre, acá, se siente infinita. La mansedumbre, o la indiferencia.

10 de julio de 2019

Miércoles 10 de julio de 2019

Hay unos sueños en los que uno si se da cuenta que es un sueño, lo controla y se divierte. Esto pasa, pero pasa poco. Hay otros sueños en los que uno asiste como a un teatro, y es parte de todo, pero parte de nada al mismo tiempo. Así son la mayoría de los sueños. Pero después hay otros sueños, en donde la irrealidad de la experiencia se percibe, donde la incomodidad de los hechos es patente, donde hay sorpresa y desagrado, pero nada por hacer. Somos como actores reticentes en una actuación comandada por un libreto patético. Si tenemos suerte, por la mañana no recordaremos nada de esto; pero esto sucede poco, y estos sueños desagradables encuentran su camino para aflorar.