14 de julio de 2019
Un barrio triste
Villa Pueyrredón siempre me parece un barrio triste, pero más entristecido se ve un domingo por la mañana. Bajo un refugio de plástico en el que se conjugan los carteles de una mujer perdida y del alquiler de una pieza (en una casa probablemente tomada), se apiñan en en el frío unos viejitos que esperan el 107, cuya presencia inminente queda suspendida en el aire como una promesa de campaña. Las calles vacías están más vacías que nunca, bañadas en el rocío de la noche anterior.
Las paredes de las casas parecen más desmigajadas; los hierros de las puertas más despintados, y algo así como un chorrito anaranjado de óxido se desprende de ellos en ese silencio invasivo de la mañana; porque hay un silencio atronador, como de hospital, que se arrastra por las veredas y sofoca hasta las baldosas flojas, y ni los pájaros cantan. La mansedumbre, acá, se siente infinita. La mansedumbre, o la indiferencia.

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