7 de noviembre de 2019

Atardecer de verano (casi)


Me late la sien y me siento enfermo, entonces se me ocurre ir a la ventana a tomar aire y aparece el atardecer, que siempre estuvo ahí, que estaba ahí antes de todo. Aparecen las nubes en el cielo como rasgaduras en un velo enorme; el sol dorándose sobre edificios lejanos, regulares, impersonales: las últimas caricias calientes de estos días que violentan el cuerpo con su bochorno.

Este momento -el del atardecer largo, suspendido en el aire-, parecía el último en que aparecerían las preguntas incómodas. Y como un viento al doblar la esquina, como toparse con algo nostálgico e inesperado en un cajón que se abre, llega; la voz pregunta: ¿qué estás haciendo con tu vida?

La sien late y siento un calor como de fiebre, y la respuesta es la de siempre, que estamos viendo. Entonces el viento sigue y las nubes púrpuras se parten en el cielo, como si el sol, caído tras el horizonte, las manoteara para llevárselas consigo a su noche misteriosa.

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