Hacía años que no iba al mar. Hice una cuenta rápida y me dio que más de veinte. La primera y única vez que lo vi fue cuando mi tía nos llevó a mí y a mi abuela a Montevideo. Ahora que lo pienso, ella –mi abuela— por entonces también haría años que no lo veía. Supongo que también serían mas de veinte.
Recordé las fotos de las vacaciones que encontré en casa: en cajas y cajas, paisajes de la sierra y ciudades y pueblos del sur; nunca del mar. Acaso la última vez hubiera sido cuando viajó desde Italia ya para quedarse. Contaba que en el barco con ellos regresaba Evita después de hacer una gira en Europa. A Perón y a ella les gustaba llevar pan al primer mundo en el estrago de la posguerra, y a mi abuela le dolía en algún lugar de su ultranacionalismo vencido. Por eso siempre hablaba mal de Evita y de Perón, aunque, en las formas, tanto tuvieran de similar con El Duce.
Aquella vez en Montevideo fue la última que mi abuela vería el mar.

