21 de enero de 2020

Limpieza


Nos mudamos a una casa de muertos. Esto quiere decir —entre tantas cosas, y en el plano más terrenal— que por todos los rincones encontramos objetos y muebles que no son nuestros. Muchas veces, a éstos los hallamos en estado de abandono, o avanzada su decadencia. A los que juzgamos capaces de revivir, les damos nuevos bríos a fuerza de trapeadas, limpieza y lustre; aquellos objetos que no vemos viable resucitar y los muebles que consideramos demasiado aparatosas para conservar (en el marco de la vida más frugal y sencilla que ambos deseamos practicar), hace tiempo que aprendimos a dejarlos ir. Así fue como, tras de cada vez más breves deliberaciones sobre lo que se queda y lo que se va, regalamos o abandonamos en la vereda una cuota importante del mobiliario de la casa, que, en el curso de estos tres años que llevamos habitándola, conviviendo mansamente con memorias ajenas, recién pareciera alcanzar un estado que podríamos llamar tolerable.

La parte más compleja de la deliberación está, por supuesto, en definir qué se queda y qué se va cuando la línea entre lo decrépito (es decir, lo inservible) y lo útil (es decir, el sentimentalismo) se pierde de vista. Y la respuesta para sortear esta situación —cuya incertidumbre yo podría dilatar hasta el infinito con mi nostalgia— radicó en predisponernos a pensar que todo se tiene que ir. La decisión no es tan tajante; hay un matiz —casi ilusorio. El método es sencillo: señalamos al azar un objeto o un mueble, y nos consultamos en voz alta: “¿se queda o se va?”, así, sin medias tintas. La que resuelve es algo así como una imaginación, una figuración del porvenir, una mirada incierta que ve como adentro de un pozo y dicta entonces su voluntad, que comunica a la conciencia y ésta la plasma en voz. Así aflora una respuesta (esta ponderación, que revela si tal objeto o tal mueble están en nuestra vida futura, ocurre en una fracción de segundo). Para sorpresa de ninguno de los dos, en la mayoría de los casos la respuesta es “No”.

19 de enero de 2020

Recuerdos de mi abuela

No se me escapa que este 2 de enero mi abuela materna hubiera cumplido 104 años. Cuando me acuerdo de ella, no la recuerdo sonreír, como en esta foto, en la que particularmente se la veía muy feliz conmigo a upa. Pero sí recuerdo otras cosas, como sus manos grandes, enormes, y la pequeña alianza dorada, brillante, en el anular. Siempre me pareció tan pequeña: parecía que el dedo hubiera crecido adentro del anillo y uno dudaba de que en algún momento los dos hubieran podido existir cada uno por su lado.


De ella recuerdo también que tomaba el café con leche en una taza de cerámica cachada con el dibujo de una vaca con cuernos; sobre el borde, acostaba la gruesa capa de nata que se había hecho en el hervor de la leche, y lo endulzaba con gotas de Chucker. Mojaba en el café con leche el pan que calentaba en un plato de loza color ocre, que por entonces tendría más años que yo, a juzgar por los bordes quemados, con olor a horno, y a incontables rayas de cuchillazos que lo segmentaban hasta el infinito. El ritual del desayuno daba inicio también al de los remedios, pródigo en pastillas ovaladas y redondas que hacía aparecer sin orden aparente de un manojo de blísteres atados con bandas elásticas.

Recuerdo también que me esperaba con la comida lista cuando volvía de la escuela; yo sabía qué había cocinado apenas entraba al edificio porque el aroma bajaba las escaleras y me venía a recibir como un perro entusiasmado; recuerdo que mi abuela puteaba en siciliano con toda fluidez, aunque hacía más de cincuenta años que vivía acá, cosa que siempre me molestó porque nunca entendí qué decía. Tampoco supe comprender entonces (recién ahora sí, con la madurez de los años y mediante el hallazgo de vieja correspondencia) que extrañaba Italia más de lo que dejaba ver, aunque todos siempre supimos que vino a regañadientes. Recuerdo que hacía crucigramas en la mesa, y que a la tarde miraba Bonanza en Retro, como repitiendo un ritual anterior.

Cuando yo tenía ocho años, mi tía Ana nos compró unos pasajes a Uruguay a mi abuela y a mí. Esa iba a ser la primera vez que viajara lejos a ninguna parte, y la primera vez que conocería el mar. Para mi abuela, aquélla fue la última.

Sicilia y Montevideo no tenían nada en común (mucho menos Sicilia con Buenos Aires), pero al menos había mar. Supongo que la fantasía de viajar a Italia, aunque fuera unas cortas vacaciones, siempre había existido, cuando menos como esperanza; pero nunca hubo plata, o tiempo (pero más creo que era una cuestión de plata), y este viaje tendría que bastar. Recuerdo que mi abuela me llevó hasta la orilla del mar, donde sentí el agua fría arrastrarse bajo mis pies desnudos; la sentí retornar, llevándose consigo la arena, moviéndose debajo de mis pies y dándome la impresión de que si podía me iba a arrastrar consigo. Le pregunté a mi abuela si me llevaría a mí también. Cómo me habrá dicho que no, o si me abrazó y me consoló, eso no lo recuerdo.  ¿Qué le habrá parecido mi pregunta a una mujer que se crío al lado del agua, que, según me contaban, trepaba los riscos puntiagudos de la costa para arrojarse de cabeza en el agua azul? ¿Qué habrá significado para ella el reencuentro postergado y nostálgico con la espuma fría, con aquel horizonte de destellos interminables?


Se empezó a morir en la habitación de casa y se terminó de ir lejos de ahí, en un hospital gris del conurbano. Poco antes de eso, la visité; hacía tiempo que no iba a casa, que no almorzábamos juntos, que no la veía hacer sus crucigramas ni mirar la tele. Hablamos poco: creo que me confundió con alguien más.

Tiempo después, cuando nos mudamos acá, revolvíamos un armario cuando nos encontramos algunas de sus cosas viejas. Partituras del piano que tocaba en las obras de títeres; la cabeza de madera de un puppi; fotos en blanco y negro de mi abuela y su familia. Todas estas eran cosas materiales de su vida anterior, de una vida que yo había escuchado de oídas; pero lo que más me impresionó fue un cuaderno de escuela garabateado con su letra infantil: ponía Concettina Cantone, en el trazo dubitativo de una criatura. ¿Cuáles habrán sido los sueños de esa nena? ¿Qué vida creyó que tendría?

El armario con sus cosas estaba al otro lado de la pared de la habitación donde la vi marchitarse. Entre el armario y los pies de su cama, un paréntesis enorme recordando la inmutable fugacidad de la vida.

15 de enero de 2020

Miércoles 15 de enero de 2020

Creo que estoy en busca de una experiencia trascendental. Para algunos esto significa viajes a la India, vestirse con ropas de colores, comer picante y llevar ofrendas a dioses de muchas manos. Para algunos, la inmersión en esta experiencia radical es necesaria para abrir la mente y el espíritu. Para mí es el análogo de condimentar en exceso las comidas para hacerlas sabrosas, o estallar el volumen de los hits musicales para vender más entradas a un concierto. Estas cosas prescinden de la sutileza. Y yo quiero algo más sutil.

Cualquier otra cultura, al fin y al cabo, es «otra» cultura; cualquier viaje (incluso apenas más allá de las fronteras habituales) abre la mente y el espíritu si uno está verdaderamente dispuesto. Y yo estoy dispuesto.

Pero todavía más.

En De qué hablo cuando hablo de correr Murakami describe la experiencia de haber corrido una ultramaratón en los términos trascendentales que a mí me entusiasman. Dice que los últimos 15 o 20 kilómetros de los 100 que corrió se le plantaron con la espesura de lo metafísico. Su cuerpo se borraba, las impresiones sensoriales desaparecían. Era solamente una conciencia transitando un sendero interminable después de 10 horas continuas de carrera. Será que ante semejante esfuerzo, palidecía todo lo otro: las obligaciones, las preocupaciones, los problemas cotidianos, los recuerdos dolorosos, las inseguridades, y el temor a la incertidumbre, siempre vecina del futuro. Sólo una conciencia, sólo el camino, sólo el paisaje y el viento y una aletargada extenuación que se desvanecía.

Supongo que en este contexto todo cobra perspectiva. La experiencia trascendental que busco es una experiencia de perspectiva. Salir de los límites invisibles de la cárcel diaria. La cárcel no es el trabajo, no son las obligaciones, no son lo que tradicionalmente asociaríamos con lo que limita nuestra libertad. Es incluso el mismo modo en que definimos qué es nuestra propia libertad. Los márgenes de nuestro pensamiento; los límites de la cárcel son los límites de lo pensable y de lo sensible a fuerza de costumbre.

Creo que quiero —quiero— una experiencia trascendental.

6 de enero de 2020

Lunes 6 de enero de 2020

Cada movimiento del cuerpo debe hacerse con certeza y pulso firme, como si fueran imposible para un músculo la creatividad y el libre albedrío. La espalda recta: nada de que un pie vaya de repente donde no debería; tampoco nada de perder el equilibrio cuando se da un paso atrás. Quisiera evitar el temblequeo ocasional del torso y de los brazos; la zozobra de las piernas. No es un dogma de la ansiedad, sino más bien todo lo contrario. Porque la ansiedad es la pérdida de control, y la conciencia de sí es una de las formas del empoderamiento.

1 de enero de 2020

Feliz 2020


El corcho aterrizó en la mitad de la avenida. Dio unos tumbos torpes hasta los carriles al otro lado, donde descansó, imperturbable. Hay menos petardos y explosiones que otros años, pero Nilo ya corrió a esconderse debajo de la cama.

El cielo sólo se ilumina allá, en Puerto Madero, donde ha brillado para algunos pocos durante todo este año. Luces verdes y rojas encandilan las fachadas de torres en perpetua construcción, y justo enfrente los destellos intermitentes recortan la silueta de un tanque de agua que conozco de toda la vida. Quizá este año lo demuelan; quizá este año hundirán por fin los cimientos negros de una torre desalmada para que el cielo sea el privilegio de algunos.

Debajo, no muy lejos de donde aterrizó el corcho, se detuvo un Fiat Uno celeste. Dentro, una chica solitaria. Ante el semáforo en rojo, bajo el rayo blanco de las luces de la avenida, ella sacó el celular. Parece mandar un mensaje. Imagino que dice no, no pienso volver; a lo mejor dice también que no le van a volver a ver el pelo. Una moto zumba a su lado y cruza en rojo. ¿A quién le importa?

Nos servimos la sidra. Pienso en los solitarios de la calle a quienes las doce los agarran lejos de una mesa, lejos del brindis, lejos de una familia que los quiera, lejos de amigos que los abracen. O a lo mejor escapan de unas imposturas sobre las que pocos reflexionan, y de obligaciones a las que con gusto renunciaron.

Siempre que celebrábamos año nuevo en esta casa, alrededor de esta ahora, salía al balcón y miraba con la copa en la mano, pensando qué harían a esta hora toda la gente que iba en los autos. Las parejas que viajaban solas. Los taxis descarriados. Los colectivos condenados. Imaginaba escenarios extremos: una tragedia familiar, una pelea tremenda de vasos volando y reproches y amenazas y nos vamos y no volvemos más. No imaginaba otros escenarios posibles, como si vivir las fiestas con la familia fueran un mandato irrenunciable sólo perturbado por la miseria o la irrupción de algo trágico.

Pero hoy, mientras el humo se disipaba a lo lejos como bollos de algodón, brindamos los dos. Y se sintió como si de toda la vida hubiera sido así.