11 de diciembre de 2018
Soñé que estábamos de rehenes en casa, o que había gente mala viviendo con nosotros. Alfarez estaba ahí, y se supone que yo no debería estar, porque andaba a escondidas en nuestra propia habitación. Una mujer grande, pareja o cómplice (o ambas) del hombre que nos tenía presos entró al cuarto. De un modo u otro creo que nos sojuzgaba y yo sentía peligro. La mujer tenía una bandeja de comida y había un cuchillo. Se lo arrebaté y la apuñalé en el cuello, pero con mucho resquemor, entre impresionado y temeroso de lo que estaba haciendo. La mujer cayó muerta al pie de la cabecera de la cama.
Le propongo a Alfarez que mienta, que diga que yo no fui, y que si me escapo sin que me vea el hombre nadie va a saber que fui yo, y seguro nadie iba a pensar que fue ella. Todo esto lo urdía yo en mi pensamiento mientras le pedía el silencio y la complicidad.
En esas estábamos cuando entró el hombre; encendió la luz de la habitación con una tecla que en la vigilia no existe donde él la encontró, me vio a mí, en la cama, con Alfarez, hizo un comentario, y se estaba yendo cuando vio a la mujer degollada en el suelo. Me retó por eso.
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En muchos de mis sueños, cometo algún delito. Ataco a alguien o mato a una persona. Siempre me dañan, o pretenden hacerlo, o son malas personas, y será que por eso se lo merecen. En el ataque no hay saña ni morbo; a veces hay violencia, pero es como una violencia mediatizada, consciente de que no es tan violenta y de que no hay consecuencias graves: que es como en la tele, donde los muertos no se mueren realmente, y donde todo es un juego.
20 de abril de 2019
18 de abril de 2019
Vejez
Salvo diletantes --que han existido siempre--, nadie compra discos, ni tampoco películas. Se diría que tampoco nadie imprime las fotos que saca. La anticipación de llevar un rollo de fotos a revelarse y la espera eterna antes de ver cómo han salido es una sensación que para muchos resultará extraña.
Hoy todos saben cómo salieron exactamente las fotos. Sacan cientos de tomas de los mismos paisajes, las mismas personas con variaciones milimétricas en sus poses, y saben que están allí, en la memoria, que salvo una desgracia o un imponderable, no se van a perder. Que si algún día quieren una copia física, ahí las tienen para imprimir, aunque nunca nadie las imprima, porque a la par se han inventado tablets, y tantas formas de verlas en las computadoras o el televisor que la necesidad de imprimir una foto se vuelve extraña.
No se trata de una foto particular, sino del álbum. "Viaje a Mar del Plata"; "Vacaciones en Jujuy"; "Cumpleaños de Victoria".
Se pierde el soporte físico, se pierden las historias ligadas a ellos también. Se vislumbra sin mucha dificultad un futuro de ancianos sin recuerdos. ¿Habré visto esta película? ¿Me gustaban los Beatles? No tienen un disco, no tienen una película para recordarlo. Los recuerdos se les van a escurrir como arena entre los dedos.
Hoy todos saben cómo salieron exactamente las fotos. Sacan cientos de tomas de los mismos paisajes, las mismas personas con variaciones milimétricas en sus poses, y saben que están allí, en la memoria, que salvo una desgracia o un imponderable, no se van a perder. Que si algún día quieren una copia física, ahí las tienen para imprimir, aunque nunca nadie las imprima, porque a la par se han inventado tablets, y tantas formas de verlas en las computadoras o el televisor que la necesidad de imprimir una foto se vuelve extraña.
No se trata de una foto particular, sino del álbum. "Viaje a Mar del Plata"; "Vacaciones en Jujuy"; "Cumpleaños de Victoria".
Se pierde el soporte físico, se pierden las historias ligadas a ellos también. Se vislumbra sin mucha dificultad un futuro de ancianos sin recuerdos. ¿Habré visto esta película? ¿Me gustaban los Beatles? No tienen un disco, no tienen una película para recordarlo. Los recuerdos se les van a escurrir como arena entre los dedos.
6 de abril de 2019
El museo
Mujica Lainez era uno de los que hablaba de los tiempos anteriores de la casa. Lo ponía nostálgico recordar cuando en el gran salón comedor se juntaban invitados ilustres y tintineaban hasta la madrugada los cubiertos y los platos. O algo así. Se había casado con una Alvear y era lógico que sus memorias de la casa fueran de alcurnia.
Supe después que Mujica Lainez fue crítico de arte, y que escribió una novela sobre el Museo del Prado en la que imaginaba las pinturas cobrando vida, sus personajes recorriendo el museo por las noches, cuando nadie los miraba; se había adelantado a Hollywood por varios años (en algún otro lado, en algún otro tiempo, seguro alguien se adelantó a él). Al Decorativo fuimos por la opulencia; al de Bellas Artes para ver la Venus de Capúa antes de que la regresaran a Italia. A poco de entrar hubiera jurado que la escultura desprendía el mismo olor de mármol viejo que sólo puedo asociar a los nichos del cementerio: húmedo, terroso, agrio y penetrante. La escultura de Venus dominaba el hall de entrada, con la mirada perdida. Casi 2 mil años de mármol viejo, tallado con el arte superior y místico de los antiguos.
Pero las esculturas acá no cobran vida. Los antiguos no tallaron a esta mujer de casi dos metros para imaginarla en una inexistente vida alterna a la que la consagraba el mármol; lo mismo iba para las personas de las escenas campestres, para los hombres en las tardes de caza y las mujeres en sus vestidos de gasa, para la escultura de la primera familia de los hombres que van a enterrar al primer muerto. Todas estas cosas no viven en el museo vacío; están más muertas que nunca si nadie las ve. Como el reflejo elusivo del espejo, no existen sin la mirada ajena.