9 de febrero de 2019

Cachivaches


No parece existir en castellano una sola palabra capaz de traducir lo que hoard o hoarding significan en inglés; si bien hay una traducción formal —acumular—, nuestro verbo pareciera incapaz de pintar la escena dantesca que deja tras de sí un acumulador compulsivo. Incluso acumular podría significarnos “ahorrar”, o “acción de guardar en previsión de crisis o escasez” un determinado bien. Pero to be a hoarder, y peor aún, to be a compulsive hoarder son cosas bien distintas.

A diferencia de los asesinos seriales, la patología del hoarder parece menos anglosajona y más universal. Estados Unidos, el mundo angloparlante y en menor medida algunas partes de Europa parecen haber cultivado casi con exclusividad mundial el drama de los psicópatas y fetichistas del homicidio (la hipótesis más sencilla para explicarlo es la del facilismo epistemológico, o sea que en el hemisferio norte la mirada está más condicionada que en el Sur a observar y encontrar patrones y rasgos en la depravación de ciertos criminales). Pero los hoarders, cuya popularización global se debe a realities de masas mayormente de origen estadounidense, destinados a asombrar y horrorizar por partes iguales, son víctimas de una patología más ubicua.

La biblioteca médica de los Estados Unidos define el desorden de acumulación compulsiva como “una dificultad persistente para descartar o separarse de las posesiones personales”. Dado que en verdad estas personas son incapaces de separarse hasta de su propia mierda —el cuestionable encanto de los realities está en la exhibición de estas miserias—, su problema no está en esa especie de castigo mítico que es la dificultad de separarse de los objetos que hicieron suyos, sino más bien la imposibilidad de continuar con la vida mientras aquéllos se van acumulando. Es una fábula fantástica para enseñar el daño del capitalismo moderno: tras la depredación de los árboles, el saqueo de la tierra, el hacer de los mares un vertedero de inmundicias, todo para producir una baratija insalubre en un envase de plástico, el hoarder no la reduce a su mínima expresión, sino que la devuelve maximizada: consume la basura que compra, guarda el excremento en que ésta se ha vuelto tras pasar por su cuerpo, conserva el empaque inservible y hasta el recibo de la compra, y deposita todo en la inmensa montaña de escoria que va juntando día a día.

La biblioteca médica de los Estados Unidos asocia este comportamiento a la depresión, a trastornos obsesivo compulsivos, a la ansiedad, al llamado desorden de déficit de atención —que para tantos pediatras sólo significa que los niños son niños—, al alcoholismo, y a las psicosis de paranoia o esquizofrénicas. No abundan, por supuesto, explicaciones de orden sociológico, como por ejemplo la dificultad de separarse de las cosas en un mundo en que es cada vez más difícil acceder a poder comprarlas, ni al acopio como estrategia de supervivencia ligada a la vida frugal en las márgenes de un capitalismo salvaje.

Gatos II


Hasta los 22 no quise saber nada con ningún gato. Era de los otros, de los que tomaban al animal por desagradable, mala compañía, aburrido, elemental y hasta arisco. Entonces trabajaba en Villa Soldati, cerca de la cancha de San Lorenzo, en esa zona de Buenos Aires todavía indómita, llana y de edificios bajos, salpicada de galpones y descampados y fábricas que hoy han de estar moribundas cuando no cerradas. Ahí, en una esquina de tierra de la avenida Cruz, encontré el cadáver de un gato tapado de hormigas que hacían su trabajo; un pelaje descolorido y revuelto ondulaba todavía sobre el flanco vencido. Ignoro si lo habría revoleado un auto o si una muerte natural lo sorprendió, traicionera, un día cualquiera. Entonces, al calor de cierto morbo que hoy me daría pudor encontrar en mí, reflexioné indiferente que así eran las cosas de la vida, que todos alimentaremos tarde o temprano a las hormigas o las lombrices, pero también que pocos de nosotros tendremos la suerte de servirles de banquete con los pelos adustos y bien dispuestos como aquel gato muerto. Lo descubrí por la mañana, y por la tarde, cuando salí del trabajo (y lo encontré algo más reducido), se lo mostré a la secretaria de la oficina, una mujer de unos cincuenta y tantos a quien —no tan sorprendentemente— escandalizó la revelación que le hacía.

Tiempo después, en la esquina de donde trabajaba, encontré en un árbol una gatita gris y blanca, cuya cara los pibes que rancheaban en la ochava todas las noches, cerveza y cigarrillos en mano, habían pintarrajeado con un marcador negro. Era invierno. La gata tendría unos dos meses. La llamé para que bajara, con ganas de mimarla y posiblemente de recogerla, pero se retobó y abandoné enseguida todo intento. Pensé, afianzado en mis viejas convicciones, que estos animales eran unos malagradecidos y buenos para nada. A media mañana había bajado, se había acurrucado debajo del auto tibio de una de las gerentas, que había llegado tarde, y maullaba. Primero le acercamos un plato de leche, y fue cuestión de tiempo que la entráramos en la oficina. Durmió adentro todas las noches de esa semana. La venía salvando de un destino incierto y callejero la excusa de que el día de mañana sería una gata cazadora de ratas y lauchas, que en el depósito del fondo había de sobra, y daban como prueba de su existencia unas deposiciones negras y diminutas entre los pasillos improvisados por pilas y pilas de láminas de hojalata, y el cada vez más frecuente hallazgo de sus festines abandonados de papel picado. Llegado el viernes y ante la imposibilidad de que la gata estuviera sola durante el fin de semana, convinimos en que la trajera conmigo a casa.

Teníamos entonces un perro que fue un ángel con ella. Jamás le regaló un tarascón y cuando la veía zozobrar y trastabillar en el suelo (con maullidos acompasando) daba cabriolas de susto o de reverencia o de juego. La gata era la gata porque no tenía nombre; la gerenta del auto que le dio calor en el primer día había propuesto uno, seguramente desagradable, porque es irrecuperable en mi memoria. Ese fin de semana observé a la gata como nunca había visto a los gatos, sencillamente porque hasta entonces nunca había tenido uno. Me subyugó el hecho —que cualquier dueño de gatos puede verificar— de que, aun siendo diminutos y muchas veces torpes, cazan como grandes fieras. Cazar, en realidad, puede ser un término holgado para estas intentonas: los felinos hogareños más bien acechan y persiguen cordeles y reflejos de luces o sombras que su curiosidad insidiosa nos motiva a ponerles enfrente. Pero todo esto lo hacía como los tigres de la televisión, que tantas veces había visto: el cuerpo tendiendo al piso, la mirada definida al frente de la cabeza agresiva y triangular, cada vez más determinada; sus movimientos sincronizados y delicados, lentos, anunciando su danza macabra. Y de repente, el salto: una proyección violenta hacia delante que nace en las patas traseras y termina con los brazos al aire, extendidos, extendidísimos y rematados en garras, hacia su presa, tan renuente como inevitable. Construía con la gatita estas simulaciones sirviéndome de un cordón de zapatilla, y ella perfeccionaba acaso sin saberlo sus técnicas de cacería. Buscaba esconderse detrás de los zapatos, pretendía ralentizar sus pequeños movimientos, trabados por una irremediable torpeza, pero la bestiecita tomaba sus pequeñas decisiones cada vez con más acierto, acercándose con nítido éxito a su improvisado botín. Yo sonreía estúpidamente ante este regalo de la naturaleza. Este animal, pensaba, es de verdad un tigre, aunque no lo parezca.

Llegó el lunes; llevé a la gatita en una mochila y fuimos en un remis a la oficina. Maulló todo el camino. Yo la dejaba todos los mediodías cuando me iba a la facultad, y la encontrábamos llorando todas las mañanas cuando llegábamos al trabajo. Había vuelto a su vida solitaria con destino de gata cazadora. Ahora incluso la querían dejar suelta en el galpón. Terminantemente me negaba, y en silencio la iba a rescatar entre los metales y cacharros. Temía una muerte repentina: un pisotón asesino; un trágico accidente con el puente grúa; una inoportuna salida del camión; un absurdo contacto terminal con las caquitas de las ratas; una inevitable pelea con una de las intrusas sobre la propiedad del papel picado, que no terminaría como su caza del cordón y que la tendría a ella por víctima de la danza macabra; una enfermedad prolongada que iniciada en una mordida acabara con esta vida de incipiente inocencia. Cuando volvía con ella en mis brazos a la oficina, la gata dormía en mi regazo, y trepaba hasta mi hombro para chuparme el lóbulo de la oreja: la confundía con la teta de la madre, un hecho posible, como supe muchos años después, porque se había separado de ella siendo demasiado joven; las causas de esto, desconocidas; y las hipótesis sobre el cómo, el dónde y el porqué de aquello, forzosamente dolorosas, jamás fueron desarrolladas.

Llegó el viernes, y la gata previsiblemente vino conmigo a casa, salvo que esta vez nunca volvió a la oficina. Con mi mamá la miramos y le vimos cara de Olivia: el nombre era tan bueno como cualquier otro para rematar para siempre su destino de improbable cazadora de ratas, y de todos los que habrá, este nombre pareció elegirla a ella más que nosotros a él. La gata que dejó así de ser la gata, hoy tiene 11 y yo tengo 33, pero me basta cerrar los ojos para volverla a ver como una bestiecita otra vez, persiguiendo su cordón en el suelo de la habitación, instante que ahora habita en lo infinito de la memoria. La sensación es de dicha. Y los gatos son, al final, las bestias más maravillosas del mundo.