8 de agosto de 2019

El subte


Por la ventanilla del subte se filtran el zumbido metálico y el aire tibio que acompañan su recorrido circular; una ventanilla miserable detrás de la que no hay paisajes, apenas otro vagón amarillo que se mece desenfrenado y los túneles misteriosos acariciados por el hollín. Pero sin esta abertura estéril, el tiempo en esta caja sería insufrible.

Un taxi atolondrado me postró en la obligación insalubre de viajar así, bajo tierra, y me dejó como al personaje de Hitchcock: inmóvil y fervoroso testigo de algo crucial que nunca llega. Con el tiempo, solté la mirada y aprendí a maravillarme de la máquina. Vi sus posamanos bruñidos, el fuelle convulsionado que separa los vagones, las arandelas perpendiculares del pasamano, los tornillos nacarados que titilan en la fluorescencia del viaje y que no parecieran haber sido tocados ni puestos nunca por nadie; las cajas de cables con antiguas inscripciones en japonés, despojadas de magia por superpuestas inscripciones en castellano que las vuelven objetos mundanos (panel de control, llave maestra). Quise entrever en la hechura de los vagones la famosa pericia asiática, la perfección sufriente de ese pueblo sufriente. Una construcción hecha para durar quién sabe cuánto.

Una mañana, embalado yo con estos pensamientos, vi un japonés en el andén del subte. El tren paró, las puertas se abrieron, pero él no subió. Era viejo, y enjuto como tantos japoneses. Cruzaba las manos detrás de la espalda, observaba acá y allá detrás de unos lentes gordos,  y oía las explicaciones de un hombre de acá, que gesticulaba y parecía señalarle algo del túnel o los vagones.

Tenía como un aura y pensé "este japonés tiene algo que ver con estos vagones". Y después: ¿podría un hombre sentir amor por una máquina? Lo imaginé enseguida padre de los trenes, rebosante de amor, del amor divino de un dios sobre sus criaturas. A lo mejor andaba por todo el mundo observando las condiciones de sus hijos, recomendando cómo seguir prolongando su vida hasta que los remaches cedieran por fin, como una barriga rancia, y el remanente metal de los vagones se vendería por peso, el cobre de sus cables por metro, el vidrio de sus ventanas se regalaría astillado para reciclar. ¿Sentirá que los maltratan? ¿Observará en la mugre que se acumula en las interminables aristas una fantasía del quejido eterno: padre, por qué me has abandonado?

Se cierran las puertas y el japonés queda allí, los brazos detrás de la espalda, sus criaturas perdiéndose en la infinita madriguera.

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