Habitualmente paso frente a la Facultad de Veterinaria a toda velocidad, esquivando en bicicleta el tránsito asesino de la avenida San Martín. Pero esa vez creo que pasé más despacio que otras veces, o será que, cuando vi al hombre, algo me impresionó y el tiempo se demoró un poco. Era un tipo flaco, adulto, y no parecía ni docente ni alumno. Llevaba remera, bermudas, una gorra gastada: su uniforme sencillo para combatir este calor irracional de noviembre.
Se había detenido frente a una reja. Del otro lado, un rectángulo de tierra reseca donde el pasto crecía rebelde, apenas adivinado, detrás de una pared baja por sus penachos ondulantes. Y un poco más allá, dos caballos que rumiaban. El sol de la mañana reverberaba en las crenchas duras; una silueta de pelos emblanquecidos por el sol iba de las crines hasta la grupa y dibujaba las alzadas altas y recias. El hombre las miraba como si mirara caballos por primera vez.
Pensaba yo, mientras pasaba a toda velocidad —o no—, que ese probablemente no fuera el caso, pero que sin dudas estaba como hechizado. Recostado sobre la reja —ahora lo veía mejor—, sostenido por el antebrazo apoyado en ella, y en él descansando la frente, miraba este espectáculo increíble.
A lo mejor a todos los hombres y mujeres que nacimos acá en la llanura nos pasará lo mismo alguna vez, si escuchamos su llamado; si leemos sus símbolos. Nos tentarán el campo, el pasto, los árboles, el sol y sus fieras; un embrujo antiguo, una llamada salvaje, una invitación hedonista al mundo basto y feral de la gauchada o el malevaje; el encanto de una vida sencilla a la sombra, y bajo un sol mucho más gentil.

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