Las decoraciones de la fiesta el día después; la memoria del abrazo que podríamos haber dado; las publicidades de la Selección en la mañana invernal de la eliminación; los recuerdos del viernes el domingo a la noche; una foto de Mar del Plata; el recuerdo del consejo que nos dio un muerto; soñar con una mascota que supimos tener; soñar que tenemos la vida que queremos, pero despertar en nuestra realidad condenada; soñar, pero no recordar nada; guardar el plato vacío después de una comida que nos gustó mucho; mirar desde el colectivo los carteles de los políticos que empapelaron la ciudad, el lunes después de la elección, y con los resultados cantados.
Un Alberto enorme que sonríe desde un edificio en Nazca y San Martín me provocó una enumeración de pequeñas desazones. No era su intención, sino más bien todo lo contrario. Podría haber sido como la cara de Messi en las publicidades que lo envalentonan y nos defraudan (su cara sin gesto prometiendo trofeos improbables); pero Alberto sonríe y sonríe distinto.
Porque por primera vez en mucho tiempo una persona y una idea parecen coincidir en en lugar donde más hacían falta.
El resto le corresponderá a la historia.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario