31 de mayo de 2019

Carrocerías


El trepidar de las carrocerías es incesante y desasosegado. Corcovean ansiosas sobre la pista negra, revuelven el hollín eterno y tragan el humo espiralado que bufan en exhalaciones sibilantes y enfermizas. En la superficie de este mar populoso y negruzco se agitan los jinetes: torpes, bravucones, desatentos, letales. Como si de verdad viajaran por el mar tormentoso, se dejan llevar en andas de la pasión, hedónicos, como un Odiseo tentado que, cediendo a las sirenas, aflojó las sogas de las velas, dejándolas henchidas en sus mástiles por el viento antojadizo de los sentimientos. Estos sentimientos son los de la prisa vana, los de un ego inflamado, los de una supervivencia imaginaria traducida en violenta aceleración; los sentimientos que borronean al prójimo estas anteojeras del ensimismamiento. Si los jinetes hablaran, si asomaran las cabezas mofletudas y babeantes de sus cajones de metal, sólo dirían “yo, yo, yo”, acompasando el estertor brum, brum, brum de sus motores.

Desde la vereda, la complejidad de este espectáculo pierde su espesor; se desgarran fugaces sus jirones en las esquinas, en los intervalos del semáforo, el corolario casual de la furia, un exabrupto azaroso que paga sus excesos con gritos y a veces trompadas, y siempre con las carrocerías en llanto, sangrando trozos de plástico y de vidrio en el pavimento, que testificaría de buen grado que no, que esto no es circunstancial, que esto es así, todos los días, bajo la luna y bajo el sol; que nos mordería los pies si pudiera, como un gato gentil, para advertirnos que no caminamos sobre el asfalto negro solamente sino sobre los plásticos y los vidrios sedimentados de una bronca escondida y transparente, que yace enroscada entre las calles como un dragón largo; que estrangula las manzanas y que se despereza cuando las carrocerías rozan, cuando las voces corcovean “yo, yo, yo”, cuando las carrocerías chocan, brum, brum, brum.

Posdatas


Los muertos que se saben muertos en vida, hacen planes que los vivos —que nunca piensan que serán muertos— encuentran impensables o funestos, con la pesadumbre del mal augurio. Los muertos que se saben muertos entienden que los malos augurios no afectan el decurso de la muerte segura, que perciben ya ingresar a su patria como ese malo del western que llega al pueblo polvoriento para batirse a duelo con el héroe o con el sheriff, y que a diferencia del western saldrá victorioso. Los vivos quieren desterrar de la imaginación de los próximos a morir estas cavilaciones, que tocan el arcano de la muerte hasta lo intolerable, creyendo que así les prolongan la vida; pero los moribundos les abren el pecho ofreciendo un abrazo cálido de reencuentro impostergable, lejano del morbo y de la obsesión.

La ocurrencia de un accidente me volcó a estos pensamientos. Quedé intacto, pero lo mismo podría haber terminado todo ahí, en el asfalto solitario, la bicicleta por allá y yo por acá, como sucedió, pero enhebrando desde mi lecho de pavimento la retahíla de coincidencias que me condujeron a este final sorpresa mientras me abrazaban la noche y lo negro.

Llegados a casa, hace dos o tres años, encontramos en los muebles y los rincones unas cartas de mi tía: palabras que escribió y que nunca dijo; cartas que pensó y no entregó, o que entregó y le devolvieron. Hoy me resultan misteriosas, más aún porque las facetas mostradas en ellas las mantuvo secretas (con abrumador éxito).

Me pregunté qué dirán las cosas de nosotros llegado el tiempo que alguien las deba recoger cuando ya no estemos. El tránsito por esta vida no es más que un baile en la hojarasca: venimos, saltamos, revolvemos las hojas secas del otoño, como las que ahora se abultan en la vereda, regidas por leyes misteriosas, y nos vamos por otro extremo sin dar mayores explicaciones de cómo este desorden ni por qué. Y luego alguien viene y con decoro y prurito lo ordena hasta que otros vienen y la vida sigue su andar. ¿Qué dirán nuestros cuadernos? ¿Qué entreverán en nuestras fotos? ¿Qué discernirán en los sueños que no concretamos? ¿Qué imagen se figurarán de este baile imprevisto que hemos dado en su buena compañía?

25 de mayo de 2019

Buda 2


Los acólitos que abrieron el sepulcro del maestro budista Kukai en el 837 u 838 lo encontraron con la cabellera crecida y la mirada serena. Otros hubieran pensado que esto era símbolo de santidad, pero los budistas desconocen este concepto. Los seguidores de Kukai lo tomaron como señal de la gran sabiduría de su maestro, creyendo incluso que no había muerto aún, sino que se hallaba en un estado de meditación profundo.

Para los discípulos de Kukai, esta sabiduría emanaba de los arcanos budistas que aprendió del Mahavairocana Tantra, en donde leyó de la relación entre el hombre terrenal y su continuación cósmica y trascendental. Los aprendices se convencieron de que Kukai, quien fuera concebido en el sueño de su madre en la forma de un hombre que pidió alojamiento en su casa y se introdujo en su vientre milagrosamente, había encontrado un método de persistir.

La escuela Shingon, fundada por Kukai, consagró la práctica del Sokushinbutsu: el ascetismo que comienza en vida y prosigue en el más allá. Los monjes que toman este camino se comprometen por tres mil días. En los primeros mil, los monjes aceptan limitar su alimentación sólo a los frutos secos que dan los árboles de alrededor. Recogen nueces o castañas que ingerirán con modestia y meditarán horas a los pies de una cascada helada.

La grasa dejó el cuerpo de los monjes entrados los segundos mil días, en que la dieta se reduce solamente a la corteza y las raíces de los pinos. Al final de este período, los monjes beben una infusión hecha con la savia del urushi, la cual es habitualmente extraída de este árbol como laca para muebles. El té es venenoso, y genera vómitos y cólicos. Así alivia al cuerpo de los últimos líquidos; la savia se asienta en la carne y alejará a los insectos hambrientos de ella.

Sobre el final, encierran al monje en su tumba. Se le da una campanilla y se abre un agujero en un extremo por donde un tubo deja entrar el aire. Todos los días el monje toca la campanilla. Cuando no hay más tintineo, la tumba es sellada. Cumplidos tres mil días, se abre la tumba, con la expectativa de quien abre un regalo, para ver los resultados: el monje, en posición de loto para siempre, se ha momificado.

24 de mayo de 2019

Buda 1


En una tarde del siglo VIII el monje budista Kukai soñó que un hombre le revelaba que el Mahavairocana Tantra era el texto sagrado que encerraba el cuerpo de doctrinas que él estaba buscando. Encontró una copia de estas escrituras en su Japón natal. Pronto descubrió que el códice estaba en gran parte compuesto en sánscrito, y en otro obtuso idioma. Decidió mudarse a China para estudiar el texto en la tranquilidad de un país que no vigilaba y censuraba la práctica budista al modo japonés.

El viaje fue peligroso: cuatro barcos zarparon de Japón y sólo dos llegaron a China. Uno, prudente, retornó en medio de una tormenta; el restante se fue a pique entre las olas y los destellos. El barco de Kukai sobrevivió. En China recibió amable hospedaje y el visto bueno del gobernador de la provincia de Chang’an, y pronto fue presentado al gran maestro Huiguo, exponente de un linaje ilustre de maestros budistas, reconocido por traducir textos del sánscrito al chino. Ente ellos el Mahavairocana Tantra que Kukai había viajado para desentrañar. Hombres menos prudentes que Kukai hubieran creído enseguida que Huiguo era el hombre de su sueño.

Huiguo murió a poco de la llegada de Kukai; hizo de éste su aprendiz y heredero, y en él volcó sus saberes esotéricos. Huiguo se replicó en Kukai, que durante 30 años profundizó sus estudios, colmándose como un cuenco en la lluvia, y que derramándose en exceso divulgó sus enseñanzas a nuevas generaciones.

Una vejez amable se asentó en Kukai, y se dejó llevar. En el final, renegó de agua y comida. Se apagó como una vela sin sebo ante un suspiro gentil, y cuando años después abrieron el sepulcro donde lo dejaron, vieron que llevaba en la cara un gesto meditabundo y reflexivo, como que siguiera allí, meditando.

17 de mayo de 2019

Insomnio


El sonido afuera nunca se apaga: en la avenida siempre hay alguien. Muchas personas desean esta fantasía de la ciudad que nunca duerme, pero quizá poco saben de lo que entraña en verdad. A toda hora, todo el día, zumba un auto o se aloca un colectivo; sus luces rojas se pierden a la distancia, más allá del entramado hollinado de la autopista, incapaz también de hacer silencio, inundada de sus luces blancas.

Los más de los días esta realidad no nos supera, y será con la que aprendimos a convivir. Otras veces desespera; desesperan los bocinazos frustrados del amanecer; desespera la algarabía de máquinas lejanas y misteriosas que se desperezan y revuelven y pican, golpean y rejuntan los escombros de la ciudad para volverlos a acomodar en otras posiciones, en nuevas formas, como el juego de un niño diabólico en la playa, a la orilla del mar. Sólo que aquí no hay mar, sino lejos, tras la arboleda y los edificios finos, un río turbio, ancho, y monótono que ni los pájaros miran.

Desesperan los borrachos felices que van de fiesta; desesperan los borrachos tristes que rompen la última botella; desesperan los carros fatigados de los cartoneros para quienes ahora la basura es un lujo; desesperan las pisadas del hombre solitario que hizo su choza de residuos en el baldío contiguo, entre la vegetación indómita; desesperan los faroles de los desahuciados en la madrugada, que las hendijas de las persianas perdonan y dejan bailar en el techo de la habitación; desesperan las sirenas verdes y desesperanzadas de los moribundos, las sirenas azules y titilantes donde pasea el malevaje desventurado; desespera el silencio que se hunde pasando el parque hacia la negrura del hospital; desespera el humo furioso que trepa desde el asfalto y acaricia las luces y los semáforos con abrazos renovados; desespera el polvo mugroso y viajero que tampoco duerme y como una sábana nos arropa a todos en la manzana; desespera el sol amarillo del crepúsculo, la lamida caliente y brillante de una mañana que nadie, nunca jamás, ha pedido en la noche desesperante del insomnio.

1 de mayo de 2019

Bar Defensa


No hay nadie en Bar Defensa; no hay nadie en muchos lados ya. El bolsillo aprieta y se nota más que nunca. El espectáculo del paisaje desierto se vuelve común. Elegimos una mesa frente al amplio ventanal que da a la calle Cochabamba. El mozo es nuevo. No nos conoce. Nos da la carta, que miramos por cortesía, porque desde antes de cruzar el umbral polvoriento, desde antes de salir de casa, sabemos qué vamos a pedir.

Miro por la ventana. Afuera, donde siempre, está el gomero gigante. Se ennegrece debajo del follaje espeso la porción de vereda que ampara, como abrigándola con un abrazo de vaya a saber qué tempestad, gesto que las baldosas agradecerán poco, porque las raíces del árbol, gruesas y torpes, se hunden profundo, amenazando con desperezarse y hacer ceder la calle como ya lo hicieron con la pared de ladrillo que apenas alcanza a contener su diámetro bonachón. Pienso que este gomero gordo habrá visto por estas mismas calles pasear a mi mamá y a mi tía cuando eran nenas. Habrán pisado el mismo adoquinado bruto que sigue más allá de San Juan, y que de este lado cegaron con varias capas de asfalto; habrán saltado los mismos charcos que esquivamos con Alfarez los días de lluvia; se habrán amparado alguna vez bajo la sombra espesa del gomero algún día bochornoso de enero, borrado ya de la memoria.

El árbol me habrá visto también a mí, cuando volvía de la escuela, caminando por esta misma Cochabamba, que se parece todavía hoy a la de la infancia. Todos los días bajaba por la vereda del sur, sin esquivar el sol, haciendo de cuenta que mi mano derecha era una persona, los dedos índice y medio sus piernas. La hacía correr a la par de mí por las paredes y los canteros. Saltaba de un extremo al otro del portón de un taller mecánico y pasaba por la vereda de Bar Defensa, donde la mano aterrizaba de golpe y paseaba disimuladamente por el marco del enorme ventanal que esa noche me revelaba, enmarcado por un fileteado simple, el gomero monumental. Los días de calor subían la ventana y desde la vereda se sentía la caricia tibia del calor de la cocina, al otro lado del salón, y el olor de las comidas del mediodía.

En la mesa que ocupábamos ahora, pero mucho, mucho antes, se sentaba un viejo, rodeado de migas de pan. Tenía el horario regular de la comida, como yo tenía el horario regular de la salida de la escuela. Un día, mientras pasábamos frente a la ventana yo y mi mano, me saludó; al día siguiente, otro saludo, como si ya fuéramos conocidos. Más días y más saludos me hicieron creer que tenía un amigo, así como de grandes sé que llamamos amigo al carnicero con quien cambiamos dos o tres comentarios de cómo anda la cosa. Nunca fuimos amigos con el viejo, lo sé ahora; y el viejo —también lo sé—, probablemente no quisiera en mí un amigo. Todo esto lo habrá visto el gomero, que ahora se balancea pesado y somnoliento bajo las luces blancas, enceguecedoras de la calle.

Me comenta Alfarez que instalaron estas luces blancas para que la gente de la calle no pueda dormir a la intemperie. Nos traen la milanesa para compartir. Pienso que odio la luz blanca.