18 de julio de 2019
Una mañana cualquiera
Lo primero que me llamó la atención de la mujer fue el tono de la charla que tenía por teléfono vaya a saber con quién: era el tono elevado de las discusiones. Se preparaba para bajar del colectivo y, sujetada firme con la derecha, con la izquierda apretaba el teléfono sobre la oreja mientras el colectivero hacía su zigzag mortal por la calzada siempre peligrosa de Monroe. El tono no subía en volumen porque algo de conciencia le restaba sobre lo público del lugar y se constreñía trabajosamente; pero si los gritos se ahogaban por esta conciencia, la retórica de las recriminaciones se endurecía. Decía: vos sí que me arruinaste la vida (y entonces capaz discutía con su pareja), y después decía: así las cosas, mejor no hablemos más, no hay nada más que decir, dejemos acá, y daba el primer amague de cortar la comunicación.
Noté al poco tiempo que cargaba uno de esos bolsos estampados tan de moda; esos que son de lona y llevan la inscripción de alguna frase esperanzadora en inglés, tipo Be Happy, o Today is the Day, o Smile and Live, o alguna otra tontería similar, y de repente cortó el teléfono sin decir adiós, sin que al primer amague siguiera otro. Lo apartó de su oreja y lo sepultó en el bolsillo. Quien prestara atención vería que también así enterraba a quien estuviera del otro lado. Entonces el colectivo se detuvo con la habitual violencia, y la mujer bajó con su bolso feliz hacia su mañana incierta. Pienso: cuánta felicidad nos venden las cosas y no la tenemos. Me restaba la sensación de quien vio una comedia por la mañana y por la tarde tiene que ir a un entierro, esa mezcla rara de que no pueden coexistir la felicidad y la amargura, al mismo tiempo, en el mundo; el contraste estúpido entre el bolso feliz y el momento miserable.
Después me di cuenta que el brillo extraño que tenía la mujer en el teléfono era el de la argolla de esas fundas de seguridad por donde uno pasa el dedo para evitar el arrebato, como invitando: vení, quebrame el dedo, pero el celular no te lo doy. Y me acordé entonces que en algún momento de esta madrugada había soñado que discutía con alguien y quería quebrarle todos los dedos de la mano a pisotones, como le había prometido.
14 de julio de 2019
Un barrio triste
Villa Pueyrredón siempre me parece un barrio triste, pero más entristecido se ve un domingo por la mañana. Bajo un refugio de plástico en el que se conjugan los carteles de una mujer perdida y del alquiler de una pieza (en una casa probablemente tomada), se apiñan en en el frío unos viejitos que esperan el 107, cuya presencia inminente queda suspendida en el aire como una promesa de campaña. Las calles vacías están más vacías que nunca, bañadas en el rocío de la noche anterior.
Las paredes de las casas parecen más desmigajadas; los hierros de las puertas más despintados, y algo así como un chorrito anaranjado de óxido se desprende de ellos en ese silencio invasivo de la mañana; porque hay un silencio atronador, como de hospital, que se arrastra por las veredas y sofoca hasta las baldosas flojas, y ni los pájaros cantan. La mansedumbre, acá, se siente infinita. La mansedumbre, o la indiferencia.
10 de julio de 2019
Miércoles 10 de julio de 2019
Hay unos sueños en los que uno si se da cuenta que es un sueño, lo controla y se divierte. Esto pasa, pero pasa poco. Hay otros sueños en los que uno asiste como a un teatro, y es parte de todo, pero parte de nada al mismo tiempo. Así son la mayoría de los sueños. Pero después hay otros sueños, en donde la irrealidad de la experiencia se percibe, donde la incomodidad de los hechos es patente, donde hay sorpresa y desagrado, pero nada por hacer. Somos como actores reticentes en una actuación comandada por un libreto patético. Si tenemos suerte, por la mañana no recordaremos nada de esto; pero esto sucede poco, y estos sueños desagradables encuentran su camino para aflorar.

