19 de enero de 2020

Recuerdos de mi abuela

No se me escapa que este 2 de enero mi abuela materna hubiera cumplido 104 años. Cuando me acuerdo de ella, no la recuerdo sonreír, como en esta foto, en la que particularmente se la veía muy feliz conmigo a upa. Pero sí recuerdo otras cosas, como sus manos grandes, enormes, y la pequeña alianza dorada, brillante, en el anular. Siempre me pareció tan pequeña: parecía que el dedo hubiera crecido adentro del anillo y uno dudaba de que en algún momento los dos hubieran podido existir cada uno por su lado.


De ella recuerdo también que tomaba el café con leche en una taza de cerámica cachada con el dibujo de una vaca con cuernos; sobre el borde, acostaba la gruesa capa de nata que se había hecho en el hervor de la leche, y lo endulzaba con gotas de Chucker. Mojaba en el café con leche el pan que calentaba en un plato de loza color ocre, que por entonces tendría más años que yo, a juzgar por los bordes quemados, con olor a horno, y a incontables rayas de cuchillazos que lo segmentaban hasta el infinito. El ritual del desayuno daba inicio también al de los remedios, pródigo en pastillas ovaladas y redondas que hacía aparecer sin orden aparente de un manojo de blísteres atados con bandas elásticas.

Recuerdo también que me esperaba con la comida lista cuando volvía de la escuela; yo sabía qué había cocinado apenas entraba al edificio porque el aroma bajaba las escaleras y me venía a recibir como un perro entusiasmado; recuerdo que mi abuela puteaba en siciliano con toda fluidez, aunque hacía más de cincuenta años que vivía acá, cosa que siempre me molestó porque nunca entendí qué decía. Tampoco supe comprender entonces (recién ahora sí, con la madurez de los años y mediante el hallazgo de vieja correspondencia) que extrañaba Italia más de lo que dejaba ver, aunque todos siempre supimos que vino a regañadientes. Recuerdo que hacía crucigramas en la mesa, y que a la tarde miraba Bonanza en Retro, como repitiendo un ritual anterior.

Cuando yo tenía ocho años, mi tía Ana nos compró unos pasajes a Uruguay a mi abuela y a mí. Esa iba a ser la primera vez que viajara lejos a ninguna parte, y la primera vez que conocería el mar. Para mi abuela, aquélla fue la última.

Sicilia y Montevideo no tenían nada en común (mucho menos Sicilia con Buenos Aires), pero al menos había mar. Supongo que la fantasía de viajar a Italia, aunque fuera unas cortas vacaciones, siempre había existido, cuando menos como esperanza; pero nunca hubo plata, o tiempo (pero más creo que era una cuestión de plata), y este viaje tendría que bastar. Recuerdo que mi abuela me llevó hasta la orilla del mar, donde sentí el agua fría arrastrarse bajo mis pies desnudos; la sentí retornar, llevándose consigo la arena, moviéndose debajo de mis pies y dándome la impresión de que si podía me iba a arrastrar consigo. Le pregunté a mi abuela si me llevaría a mí también. Cómo me habrá dicho que no, o si me abrazó y me consoló, eso no lo recuerdo.  ¿Qué le habrá parecido mi pregunta a una mujer que se crío al lado del agua, que, según me contaban, trepaba los riscos puntiagudos de la costa para arrojarse de cabeza en el agua azul? ¿Qué habrá significado para ella el reencuentro postergado y nostálgico con la espuma fría, con aquel horizonte de destellos interminables?


Se empezó a morir en la habitación de casa y se terminó de ir lejos de ahí, en un hospital gris del conurbano. Poco antes de eso, la visité; hacía tiempo que no iba a casa, que no almorzábamos juntos, que no la veía hacer sus crucigramas ni mirar la tele. Hablamos poco: creo que me confundió con alguien más.

Tiempo después, cuando nos mudamos acá, revolvíamos un armario cuando nos encontramos algunas de sus cosas viejas. Partituras del piano que tocaba en las obras de títeres; la cabeza de madera de un puppi; fotos en blanco y negro de mi abuela y su familia. Todas estas eran cosas materiales de su vida anterior, de una vida que yo había escuchado de oídas; pero lo que más me impresionó fue un cuaderno de escuela garabateado con su letra infantil: ponía Concettina Cantone, en el trazo dubitativo de una criatura. ¿Cuáles habrán sido los sueños de esa nena? ¿Qué vida creyó que tendría?

El armario con sus cosas estaba al otro lado de la pared de la habitación donde la vi marchitarse. Entre el armario y los pies de su cama, un paréntesis enorme recordando la inmutable fugacidad de la vida.

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