26 de agosto de 2019
Una escena nocturna
Es tarde; ya son más de las 12. Estoy sentado en la silla y Nilo está acostado sobre mis piernas. Me entumece. Levanto levemente los talones para que el regazo le quede parejo, equilibrado, imperturbable. Me gusta verlo dormir. Me da su espalda, silenciosa. Los pelos del lomo se entreabren plácidamente con cada inhalación. Brillan en la luz tenue. Lo acaricio con ambas manos y siento el calor de su carne, la suavidad de su pelo, arremolinándose entre mis dedos.
En la calle, se oye el lento corcoveo de un auto. El silencio de la noche desnuda los sonidos singulares que la marea del tránsito ahoga de día.
Alfarez estudia en la mesa. Pasa las páginas de un libro. Escucho el papel doblarse, recostarse, recibir otra hoja encima suyo, y otra, y otra. Entre ella y nosotros, y entre nosotros y la ciudad, hay un silencio espeso, pesado, como el que se oye debajo del agua.
Quisiéramos que la vida estuviese plagada de momentos extraordinarios, pero más bien está hecha de estos momentos difusos que son la norma y los signos de su lenguaje. Únicos, pero repetidos. Percibidos, pero olvidados. Serán un recuerdo solamente si se los fija. Si no, serán materia de sueños, excusas de un déjà vu efímero; se confundirán tanto entre sí con otros similares que nunca habrán existido. ¿Será entonces que nunca habremos vivido?
23 de agosto de 2019
Tragedia en Colima
Los hechos ocurrieron en el pueblo de Cajamarca, en Tolima, Colombia, que en fisonomía y costumbres es como muchos otros de nuestros pueblos latinoamericanos. Cajamarca recuesta sus espaldas sobre un cerro de tierra reseca, peluda de cardos. A la vera de una calle comercial se asolan en el mediodía de domingo edificios bajos, negocios trasnochados que abrieron hasta tarde (cuando no toda la madrugada, acobijando la jarana), y dos o tres borrachos que la pleamar de la noche desparramó en la vereda, y que las familias de compras esquivan con pudor. En eso de ignorarlos estaban los transeúntes y en aquello de amanecer seguían los borrachos cuando esta rutina dominical fue interrumpida por la teatralidad desaforada e increíble de una riña a cuchillo.
Deiber Castillo, de furiosa camisa roja, emergió de una despensa con tranco vil. Sacudía en el aire un largo cuchillo plateado que hacía llover en zarpazos verticales sobre su rival, Reinaldo Reinoso. Éste, una movediza mancha azul en el paisaje desconcertado, buscaba contenerlo con una silla de madera; un domador de leones que se iba quedando sin argumentos.
Dicen que eran vecinos; que se curtían las manos en las labores del campo, pero que no eran amigos. Se supo que ambos habían tomado toda la mañana, y el rumor era que Deiber se había acostado con la mujer de Reinaldo, y que esto lo sabrían todos. La codicia de uno o la humillación del otro, azuzadas por el alcohol, iniciaron la pelea.
En la calle polvorienta, la gente filmó todo. La hoja plateada de Deiber se alzó limpia una última vez en el aire y en el descenso encontró la espalda del marido. Reinaldo trabó el brazo que lo apuñalaba y como una serpiente picó a su rival con la diestra, que desprendida de la silla revelaba el puñal escondido. Deiber enfureció, extirpó la mano asesina y volvió a acometer su lluvia de puñaladas. Una tras otra dieron con su vecino y lo echaron por tierra. La camisa azul de Reinaldo se teñía de rojo, y acostado en el suelo como un gato juguetón, con los pies intentaba alejar al amante enfurecido, y con las manos buscaba sujetarlo; con manos desesperadas intentaba matarlo como lo mataban a él.
Reinaldo nunca más se pondría de pie. Esto lo supo mientras los cuchillos lo rondaban y seguían bajando, otras veinte veces, con odio y desprecio, hallando sus hombros, hallando su espalda, y cuando intentó recuperar el equilibrio a gatas, encontraron su cuello y su cabeza, desapareciendo así sus pensamientos.
Un perro daba vueltas alrededor de los hombres, el único que hacía algo para frenar el espectáculo que espantaría a todo Colombia. Rodeaba a Reinaldo, ya inmóvil en el suelo, y rodeaba a Deiber, victorioso y desconcertado; pero en este círculo de polvo se dibujaba otro círculo de sangre, la sangre del amante que bullía de invisibles puñaladas. Cuando Deiber colapsó, la gente creyó que se había acuchillado a sí mismo en el frenesí del remordimiento, pero luego se supo que fue en la riña donde recibió sus picotazos. Murió a poco de llegar al hospital.
Esa noche, la policía de Ibagué, competente en el caso, organizó una vigilia para llamar a la concordia y pedir conciencia por lo que había sucedido. En los comentarios de la noticia en los diarios y las redes sociales, naturalmente, culparon a la mujer. Ahí se irá a culear con otro —decían— mientras estos dos terminan en el cementerio.
La Mazorca de Rosas vestía también de rojo furioso y sembraba el terror apretando azules unitarios, para quienes dejaban de encarnar un simple juego de palabras; en el boxeo, las esquinas son dos: roja y azul, y en los ejercicios militares, las facciones hipotéticas se identifican con estos dos colores. En Cajamarca, Tolima, Colombia, la mortal oposición entre estos dos colores sumó otra página trágica a su historia.
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Se cuenta que muerto Asterión, Rey de Creta, la responsabilidad del trono cayó tempranamente en su hijo Minos. Inseguro de poder gobernar como su padre, a quien habían amado y respetado, pidió ayuda a los dioses. Poseidón le regaló un toro blanco, que hizo aparecer entre la espuma del mar. Le pidió sacrificarlo, y le garantizó que del sacrificio vendría el buen reinado.
Pero Minos quedó tan sorprendido por la majestuosidad del toro que en lugar de cumplir con la promesa, eligió engañar al dios sacrificando un toro blanco de su propio rebaño, y escondió el toro mitológico en su hacienda. La argucia no escapó a Poseidón, quien, como castigo, instaló en Parsifae, esposa de Minos, una desmedida codicia carnal por el toro mitológico que resultó en su unión, y de esta unión nació un bastardo hijo varón, un hombre, a todas luces, pero con cabeza de toro.
El Minotauro horrorizó a Minos. Su monstruosa apariencia fue de la mano con un monstruoso apetito por la carne humana, y conforme más la comía, más grande y poderoso se volvía. Minos volvió a pedir ayuda divina, pero esta vez para contener a su hijo deforme. Mandó construir un laberinto, y condujo al interior al Minotauro, a quien abandonó adentro.
Apologeo, hijo ejemplar de Minos, fue muerto en Atenas después de ganar una competencia atlética, cuando una turba humillada de que un cretense fuera superior lo linchó. Minos guerreó y sometió al pueblo de Atenas, y como castigo, impuso la siguiente ley: cada año, durante nueve años, siete hombres y siete mujeres atenienses serían librados en la puerta del laberinto para servir de sacrificio al Minotauro.
Fue Teseo, hijo de Egeo de Atenas, quien, conchabado con Ariadna, hija de Minos, entró al laberinto para dar muerte al insaciable Minotauro, quien no tuvo más culpa que haber nacer bastardo.
8 de agosto de 2019
El subte
Por la ventanilla del subte se filtran el zumbido metálico y el aire tibio que acompañan su recorrido circular; una ventanilla miserable detrás de la que no hay paisajes, apenas otro vagón amarillo que se mece desenfrenado y los túneles misteriosos acariciados por el hollín. Pero sin esta abertura estéril, el tiempo en esta caja sería insufrible.
Un taxi atolondrado me postró en la obligación insalubre de viajar así, bajo tierra, y me dejó como al personaje de Hitchcock: inmóvil y fervoroso testigo de algo crucial que nunca llega. Con el tiempo, solté la mirada y aprendí a maravillarme de la máquina. Vi sus posamanos bruñidos, el fuelle convulsionado que separa los vagones, las arandelas perpendiculares del pasamano, los tornillos nacarados que titilan en la fluorescencia del viaje y que no parecieran haber sido tocados ni puestos nunca por nadie; las cajas de cables con antiguas inscripciones en japonés, despojadas de magia por superpuestas inscripciones en castellano que las vuelven objetos mundanos (panel de control, llave maestra). Quise entrever en la hechura de los vagones la famosa pericia asiática, la perfección sufriente de ese pueblo sufriente. Una construcción hecha para durar quién sabe cuánto.
Una mañana, embalado yo con estos pensamientos, vi un japonés en el andén del subte. El tren paró, las puertas se abrieron, pero él no subió. Era viejo, y enjuto como tantos japoneses. Cruzaba las manos detrás de la espalda, observaba acá y allá detrás de unos lentes gordos, y oía las explicaciones de un hombre de acá, que gesticulaba y parecía señalarle algo del túnel o los vagones.
Tenía como un aura y pensé "este japonés tiene algo que ver con estos vagones". Y después: ¿podría un hombre sentir amor por una máquina? Lo imaginé enseguida padre de los trenes, rebosante de amor, del amor divino de un dios sobre sus criaturas. A lo mejor andaba por todo el mundo observando las condiciones de sus hijos, recomendando cómo seguir prolongando su vida hasta que los remaches cedieran por fin, como una barriga rancia, y el remanente metal de los vagones se vendería por peso, el cobre de sus cables por metro, el vidrio de sus ventanas se regalaría astillado para reciclar. ¿Sentirá que los maltratan? ¿Observará en la mugre que se acumula en las interminables aristas una fantasía del quejido eterno: padre, por qué me has abandonado?
Se cierran las puertas y el japonés queda allí, los brazos detrás de la espalda, sus criaturas perdiéndose en la infinita madriguera.


