30 de abril de 2020

Mahler por accidente

Empecé a escuchar a Mahler por accidente. Era una tarde cualquiera y trabajaba en algo monótono; por debajo —o por atrás— corría incesante el río de música aleatoria que dejo adornar (o uso para esconder) las impresiones que me dan lo mismo y lo mismo. Entonces, de repente, como cuando pega el trueno, unos sonidos que salieron de los remolinos y la confusión vinieron a buscarme. ¿Qué sonaba? Un movimiento de la Sinfonía Nro. 2 de Mahler, “Resurrección”. Decidí entonces escucharla completa, de principio a fin. Para mí, fue una experiencia reveladora. Esta música me arrastró a un llanto desesperado, y para cuando se disipó el último acorde sentí que yo había cambiado un poco, para siempre.

La escuché en la clave de su título: resurrección. Como no era una obra sobre la muerte sino que hablaba del resurgimiento, mientras la escuchaba no pensé en los muertos sino en reencontrarme con ellos. Y aunque su tema no es la muerte, hay muerte: Mahler la dibuja con acordes estridentes como gritos, con pasajes agitados que representan la tribulación del morirse, y también con las disonancias de la pérdida y la tristeza de dejar un encuentro pendiente. En medio de estos vendavales, irrumpen melodías dulces y serenas; muchas veces la violencia de la muerte las apaga. Otras veces quedan en pie.

Los temas dulces (celestiales) irán ganando terreno en medio de una batalla permanente. Hay tirones hacia el dolor y la melancolía por un lado, y hacia la paz trascendental, por otro, durante casi toda la obra. Hasta que de repente, en el último movimiento, en lo que parece ser un pasaje intrascendente (quizá esto es lo más doloroso), ocurre algo irremediable: la muerte como acontecimiento y no como anticipación. La marcan un crescendo, unos golpes, como un pataleo, y un breve silencio. Como la muerte, son súbitos, potentes, e irremediablemente finales, y varios temas que se escucharon desde el principio de la obra no van a volver más.

Enseguida unas cuerdas delicadas señalan la entrada al más allá con otra lógica musical, consonante, agradable, suave. Se la anunciaba en los contrastes anteriores, pero ahora es la única lógica posible. La música evoluciona con lentitud y hasta con incertidumbre; dialoga con el silencio y lo incomprensible. Y muy despacio entra un coro, y luego la intensidad escalará hasta un final glorioso, una convicción feliz y maravillosa, la de un reencuentro, al que no hay palabras para hacerle justicia.

Mahler nos hace cavilar sobre la muerte, pero también nos hace pensar que existe un reencuentro posible después de la muerte; que a los que perdimos y a los que vamos a perder en el camino podemos volver a verlos. Por eso todas las veces que escucho esta sinfonía, me sacude. Nunca me deja indiferente, y cada vez le veo un sentido que antes no, un matiz distinto. Me hace pensar en las personas que tengo y en lo que pasaría si las perdiera, y rápida y musicalmente, en qué feliz me sentiría de volverlas a encontrar, algún día. ¿Qué mensaje puede ser más esperanzador y cómo se podría comunicar de otra manera?

21 de marzo de 2020

Sábado 21 de marzo de 2020

Vivimos sobre una avenida muy ruidosa. Si nos pusiéramos a contar cuántos camiones, colectivos y autos pasan durante el día, tendríamos más que todas las luces vemos encenderse por la noche en todas las ventanas de todos los edificios a la vista (y son bastantes ventanas y cada vez más edificios). Pero la verdad es que pasan tantas carrocerías que nos cansaríamos de contarlas a poco de haber empezado.

El primer gran cambio desde la cuarentena es el silencio atronador. Si salimos al balcón a conversar, nos bastaría hablar en suspiros para entendernos. Vemos cambiar los semáforos de rojo a verde con tristeza; un resabio de lo anterior. Le hablan a nadie, como una carta escrita y nunca entregada, pero con la tenacidad de un programa de radio que nadie escucha. A veces por la tarde se pueden escuchar desde la ventana de la habitación retazos de conversaciones de gente que salió a pasear al perro o de parejas que van a comprar. De noche, sube el sonido de los grillos en los árboles y se cuela desde lejos la cháchara de la radio policial. Un poco más adelante, debajo de la autopista, improvisaron un retén: flanqueados por conos anaranjados y blancos, dos patrulleros, uno en el carril norte y el otro en el carril sur, están parando autos al azar. Antes de la cuarentena, ahí mismo se escondían los del control de tránsito para hacer controles de alcoholemia esporádicos a los autos que pasaban zumbando los sábados a la madrugada, gente de fiesta que va o que vuelve de algún boliche.

Entonces en lugar de escucharse la radio policial se oían priii priii los silbatazos que daban para detener a unos y a otros, y por la mañana, amanecían trasnochados en la vereda y como abandonados por la bajamar los autos de los conductores que habían dado positivo.

Pero hoy no hay bailes en la madrugada ni gente de fiesta. Las luces de los patrulleros titilan toda la noche: se filtran entre las ramas del árbol y las hojas que bailan al viento, y dibujan formas infinitas y azuladas en las paredes. 

13 de marzo de 2020

Wuhan

[Sin fecha]

Hacia fines de 2019, pocas personas en Europa y América sabrían que en China existe una provincia llamada Wuhan. ¿Por qué habrían de conocerla? Para los occidentales como nosotros, el continente asiático es un proveedor más de tantas fantasías como el cine y los libros; una tierra que nos empecinamos en concebir abstracta, milenaria, mística. Pero Wuhan difícilmente pasaría el filtro occidental que separa las ciudades místicas (es decir, turísticas, deseables) de la enormidad de la China continental.

Wuhan, además de hallarse en (la porción insignificante de) ese lejano e ignoto continente, teñido siempre de un imaginado salvajismo y una incomprensible cultura, carecía de monumentos notables; su lugar en la historia relativa a occidente era escasísimo (al revés, por ejemplo, de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki que siempre serán recordadas en occidente por las bombas nucleares que los Estados Unidos les arrojaron). En Wuhan no había templos escondidos en la selva, ni pagodas pintorescas, ni murallas kilométricas semejando un gran dragón dormido en la hierba, ni playas de ensueño con aguas transparentes y arenas blancas. El hecho de que algunos de los que sí conocían a Wuhan la ubicaran como la “Chicago” de China no contribuía a su popularización. Porque este reduccionismo —planteado en términos occidentales— que la emparentaba con la ciudad estadounidense, al mismo tiempo que le confería una magnitud siempre menor, no hacía más que rescatarla de la ignominia para volverla a hundir: Wuhan sería una ciudad grande, pero sería Chicago, no Nueva York.

23 de febrero de 2020

Volver



Y un día nos tocó volver de Perú.

Dejé en una heladera de Trujillo media botella de yogur de lúcuma que me encantó, pero nunca terminé de tomar; dejaré por un tiempo (a lo mejor) la imagen de mi rostro pasajero a la señora de la juguería del mercado central, que nos sirvió jugos y pan con chicharrón, que reconoció a Alfarez después de un par de años (porque era uno de sus lugares favoritos), y que aunque cambiamos dos o tres palabras, pero seguramente me olvidará más pronto que tarde. Dejé un revoltijo de caracoles en las playas de Huanchaco que el mar y el viento reacomodarán a su gusto; dejé huellas en la arena solitaria de Puémape hechas en una tarde de nubes y sol y olas fuertes, que a esta altura se habrán mezclado con las de los cangrejitos carreteros, si es que no desaparecieron por completo; en Lima, después del último desayuno, dejé una pila de vajilla recién lavada en un orden tal que ahora el uso habrá perturbado. Dejamos un montículo de piedras en una playa del Callao que tenía la forma exacta de nuestras espaldas recostadas al sol hirviente, y que ahora exhiben los contornos antojadizos de la espuma y del agua ansiosa que revuelve el mar bravo.


Y me voy y dejo todo esto pero también me llevo bastante. Me voy, por ejemplo, con el corazón grande de haberme sentido un hijo, un primo, un sobrino lejano, o un amigo de largo tiempo, aunque no lo fuera; me voy con la certeza de que acá podría hacer, algún día, otro hogar (o más todavía, como si de toda la vida hubiera pertenecido también acá); me voy con una nostalgia practicante por el cariño sincero de la gente, una nostalgia hasta por lo más banal: por encontrar, en cualquier esquina, el sabor de la comida hecha en casa.

21 de enero de 2020

Limpieza


Nos mudamos a una casa de muertos. Esto quiere decir —entre tantas cosas, y en el plano más terrenal— que por todos los rincones encontramos objetos y muebles que no son nuestros. Muchas veces, a éstos los hallamos en estado de abandono, o avanzada su decadencia. A los que juzgamos capaces de revivir, les damos nuevos bríos a fuerza de trapeadas, limpieza y lustre; aquellos objetos que no vemos viable resucitar y los muebles que consideramos demasiado aparatosas para conservar (en el marco de la vida más frugal y sencilla que ambos deseamos practicar), hace tiempo que aprendimos a dejarlos ir. Así fue como, tras de cada vez más breves deliberaciones sobre lo que se queda y lo que se va, regalamos o abandonamos en la vereda una cuota importante del mobiliario de la casa, que, en el curso de estos tres años que llevamos habitándola, conviviendo mansamente con memorias ajenas, recién pareciera alcanzar un estado que podríamos llamar tolerable.

La parte más compleja de la deliberación está, por supuesto, en definir qué se queda y qué se va cuando la línea entre lo decrépito (es decir, lo inservible) y lo útil (es decir, el sentimentalismo) se pierde de vista. Y la respuesta para sortear esta situación —cuya incertidumbre yo podría dilatar hasta el infinito con mi nostalgia— radicó en predisponernos a pensar que todo se tiene que ir. La decisión no es tan tajante; hay un matiz —casi ilusorio. El método es sencillo: señalamos al azar un objeto o un mueble, y nos consultamos en voz alta: “¿se queda o se va?”, así, sin medias tintas. La que resuelve es algo así como una imaginación, una figuración del porvenir, una mirada incierta que ve como adentro de un pozo y dicta entonces su voluntad, que comunica a la conciencia y ésta la plasma en voz. Así aflora una respuesta (esta ponderación, que revela si tal objeto o tal mueble están en nuestra vida futura, ocurre en una fracción de segundo). Para sorpresa de ninguno de los dos, en la mayoría de los casos la respuesta es “No”.