25 de julio de 2018

La palabra y los gatos

La imagen puede contener: gato

La triste noticia me llegó por el Twitter de una entidad protectora de animales perdida en algún lugar de Latinoamérica, azarosa como puede llegarnos cualquier noticia en el curso del día. Contaba del fallecimiento de un gato tras una breve agonía. A las palabras nostálgicas seguían las fotos de las curaciones y la fallida recuperación. El animal tenía todo un costado del cuerpo quemado; el pelo chamuscado se arremolinaba alrededor de la mejilla sin avanzar sobre el ojo ni sobre ese gesto señorial que suelen adoptar los gatos. Se había incendiado por accidente, o lo incendiaron. No tuve la paciencia, ni el estómago, ni el corazón para averiguar de cuál se trataba: además, se parecía mucho a Nilo.

Las palabras lo llamaban Valiente, nombre que sin mucha imaginación le habían dado al gato. Éste hubiera sido provisorio si alguna familia que lo adoptaba elegía cambiarlo por otro que hubieran entrevisto mejor reflejado en su idiosincrasia; o, por el contrario, sostenido, si prefiriesen el recordatorio perpetuo del percance afrontado. Por una u otra optaban los dueños de tantos otros animales rescatados.

Valiente fue un nombre ominosamente provisorio, pero altamente simbólico. Usaron la palabra para describirlo; usaron más palabras para explicar que sus últimos días no los vivió en la calle solitaria, sino conociendo el amor y la preocupación, acaso tan patentes como la incomprensible sensación del fuego y del ardor y de la sofocación que súbitamente habrá comenzado a sentir. La naturaleza de su pura sensación y de su neto presente creo que nos resultarán siempre incomprensibles. Extraña paradoja, porque ¿qué nos quedaría de todas las cosas profundamente inexplicables del mundo sin la intervención de las palabras?

24 de julio de 2018

Villa Pueyrredón

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Las fotografías amarillentas de los años ‘40 revelan todavía el espíritu de incipiente caserío ahí donde no había nada más que un desparramo de galpones y viviendas modestas y baldíos, y el tedioso, monótono trazado cuadrangular de unas calles que incluso desde la altura del aeroplano que las fotografiaba se adivinaban irremediablemente polvorientas.

El día que el tren llegó a lo que en honor de la estación luego sería el barrio de Villa Pueyrredón, habrá sido de gran algarabía; posiblemente, aquél haya sido el único día de conmoción en la cosmogonía de este barrio.

Antes, las tierras circundantes habían carecido de nombre; la única pertenencia que vinculaba a los vecinos era su empleo colectivo en la gigantesca fábrica textil Grafa, a cuya sombra se dispersaron las primeras casas enfrentadas a los paredones de cemento coronados por una torrecita insolente que apenas recortaba el horizonte.

Detrás, el amplio límite de la ciudad, y el conurbano al cual se entraba, todavía entonces, a comienzos del 1900, con vértigo explorador

21 de julio de 2018

Bukowski lector de Marx


Bukowski deploraba su trabajo como cartero. Aborrecía la idea de levantarse antes de que saliera el sol para entregar las mejores horas de su vida a las procesiones infinitas de una burocracia secreta al servicio del bolsillo y la grandeza de otra persona que no fuera la propia. Porque, al fin y al cabo, cuando se agotara la salud y el cuerpo no diera abasto con los itinerarios, nadie —ni el Estado a quien sirvió— se acordaría de él y de muchos otros.

Al menos una vez, Bukowski deploró también a Marx, a quien consideró ya viejo cuando promediaba el siglo XX, tomando la parte por el todo y confundiéndolo con los tanques en Praga menos que con las revueltas francesas del ‘68. Sabiéndolo y sin importarle, o sin saberlo del todo, Bukowski era la viva encarnación del obrero proletario de Marx. Quizá Bukowski se hallase más en Kafka, en Chaplin, en sus congéneres del servicio postal. Pero había llegado a la misma conclusión: el problema cotidiano era el capitalismo bajo la forma fabril, múltiple, de la vida urbana.

La tesis del eterno retorno de la historia está en los griegos, en Maquiavelo, en Nietzsche, en Kundera, en Borges, y en Marx, cuando famosamente dice que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa.

A lo mejor todos los hombres y mujeres estén condenados a hacer los mismos hallazgos por su cuenta, ignorando la Historia Universal que los precede y los encierra; a lo mejor, la repetición de la Historia no se da a través del tiempo, sino a través de cada uno de los hombres y mujeres del mundo.

20 de julio de 2018

En las últimas


Apenas subieron al colectivo el nene con su mamá, la señora del asiento contiguo se volteó para mirarlo. Nada especial había en él merecedor de toda esa atención, salvo el desparpajo pintoresco con que se conducía, y los destellos ocasionales de algarabía que revelaban a los demás su conciencia de saberse una versión todavía imperfecta y esquiva de los adultos que lo rodeaban.

Entonces se me ocurrió que la mujer lo observaba en tanto que una entidad trascendental, sin tiempo, como si fuera la Madurez volviéndose sobre la Juventud. Y entonces pienso que a lo mejor todos los viejos miran así a todos los jóvenes alguna vez. ¿Los atravesarán pensamientos de arrepentimiento por aquello que alguna vez estuvieron en condición de ser, pero nunca fueron? ¿La nostalgia de haber sido? ¿La tristeza por el agotamiento de las posibilidades del Ser? ¿Qué sensaciones nos atravesarán a nosotros llegado el momento, si es que llega?

Ruinas


La semana pasada la National Geographic se acordaba del aniversario de las primeras excavaciones en las ruinas del antiguo palacio de Cnosos en la isla de Creta, a comienzos de 1900 y a manos de un inglés. El hecho sucedía poco más de veinte años después de que un empresario griego y entusiasta de la arqueología llamara por vez primera la atención sobre la riqueza arqueológica del sitio, tras aventurar, siguiendo las indicaciones geográficas e históricas de varias fuentes tradicionales, una modesta exhumación que lo llevó a presumir el hallazgo del laberinto del Minotauro.

Las fotografías actuales de las ruinas revelan los restos de las galerías y salas del palacio en el previsible estado de deterioro en que las dejaron los varios terremotos sucedidos todavía en su era de esplendor (la propensión de Creta a los temblores es proverbial), y la consecuente dispersión de fieles, esclavos y gobernantes, quienes sabiéndose incapaces de impedir el nostálgico soterramiento de tres mil años y tantísimas toneladas de piedra y de tierra que sobrevendría, lo dejaron abandonado donde estaba como quien suelta un pájaro en el bosque después de curarle un ala rota. Cuando los helénicos de la época clásica encontraron años después las enormes ruinas del palacio, creyeron que ahí habían vivido los dioses.

Mientras el inglés hacía sus excavaciones en Creta, acá en San Telmo alguien estaría colocando las baldosas del vestíbulo de casa. Comparten con las ruinas de Cnosos el colorido diseño que me pareció de repente una cualidad intrínseca de todas las cosas añosas. Una baldosa peculiar subsiste íntegra. La sacaron para tender un caño nuevo donde su antecesor de plomo se rindió. Mi exhumación es más modesta; debajo de la baldosa se lee Lorenzo en bajorrelieve; no distingo mucho más.

A lo mejor dentro de miles de años alguien exhume las ruinas de esta casa también. Y hasta quizá entrevean entre los restos de las paredes y los suelos las antiguas pisadas de Nilo en el cemento, e intuyan que aquí supimos ser felices.
 

5 de julio de 2018

Un hombre común

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El hombre se sentó en la mesa del fondo y tuvo que insistir para pedirle al mozo un cortado. Más atrás, yo me empujaba una milanesa cuando me preguntó si creía en Dios. Le dije que no. Él me dijo que tampoco, pero que un día no le quedó otra que empezar a creer. Agregó sin que se lo preguntara que su mujer murió atropellada trágicamente cuando salió desesperada y absorta del trabajo porque le habían telefoneado con la noticia de que su madre estaba internada con un pico de presión. Esa noche el hombre fue a la morgue, la reconoció, y lloró sobre el vestido gris. La pena era grande: a la muerte inesperada se sumaba el que esa mañana se hubiera quedado dormido sin llegar a despedirse de ella. Entre lágrimas interminables pidió por favor que ojalá esto no hubiera pasado, nunca. El pedido habrá sido escuchado.

Dice que despertó al día siguiente no en el suelo donde el sueño lo encontró, llorando aún, sino en la cama tibia del mismo día anterior. En la radio la misma canción, y un inexplicable olor a tostadas en el aire. De nuevo su mujer se había ido y él no se despidió. Corrió al teléfono (dice) para alcanzarla con la falsa premonición antes de que la agarrara el camión que la ultimó, pero cuando se comunicó al trabajo encontró que nadie conocía a su mujer. Ante la insistencia, le recalcaron que nadie con ese nombre había trabajado ahí, nunca.

Explica el hombre que descubrió después que el mundo en el que despertó era otro, similar pero diferente. Por ejemplo, su mamá se llamaba Graciela en lugar de Gabriela; tenía un hermano desconocido; en este mundo era taxista y en el que dejó había sido remisero; el colectivo 64 terminaba en La Boca en lugar de Avellaneda; tenía dos gatos en lugar de uno, y ninguno era similar al que había dejado aunque uno sí se llamara Óscar, como el que adoptaron con su mujer. Salió a la calle, desorbitado, cuando ella lo atajó. Volvía con fruta para el desayuno.

Supone que le concedieron un deseo divino a costa de usurpar la vida ajena de otro hombre como él, en este universo, donde las casualidades y el azar resolvieron que fueran diferentes, entre tantas cosas, la pequeña tragedia familiar.

Me quiso invitar una caña; pagué y me fui.

1 de julio de 2018

Miserias

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Dos personas que tengo más bien la desgracia de conocer dijeron celebérrimamente que, puestos a elegir, preferirían ver a su equipo campeón de la Libertadores que a Argentina ganar el Mundial. Esto me pareció siempre el colmo de la miserabilidad, no por apátridas sino porque cultivaba ese sectarismo que sólo encuentra placer en gozar de la victoria contra otro diferente; en este caso, un compatriota casi necesariamente. Pero qué esperar de dos Gallinas.

Lo de hoy quizá entra en lo esperable de sus cálculos, y la derrota no les pasará factura de mayor desgracia. No será el caso para otra parte de la gente.

A mí, el devenir de los clubes me resulta indiferente y conforme pasa el tiempo creo que el Mundial me atrae por los recuerdos mágicos que evoca de mi niñez. Niñez como tantas otras, en la que todo es posible.

El que observa hoy verá que además de la derrota, se constata para tantos jugadores el fin de su historia. Que no interese su ocupación. En su ámbito (el que fuere, quienes fueren), esto era lo máximo. Ya no lo será más. Mascherano dijo que estuvieron cerca. Las palabras lagrimosas nuevamente parecieron acariciar la Copa, pero apenas si revolvieron su sombra.

Somos testigos del momento excepcional en que los sueños de alguien dan el último suspiro. Hoy la niebla no sólo viene al auxilio de las metáforas empobrecidas de la noche triste, sino también a envolver esas esperanzas que, aunque estén a dos pasos de distancia, no se pueden ver.