23 de febrero de 2020
Volver
Y un día nos tocó volver de Perú.
Dejé en una heladera de Trujillo media botella de yogur de lúcuma que me encantó, pero nunca terminé de tomar; dejaré por un tiempo (a lo mejor) la imagen de mi rostro pasajero a la señora de la juguería del mercado central, que nos sirvió jugos y pan con chicharrón, que reconoció a Alfarez después de un par de años (porque era uno de sus lugares favoritos), y que aunque cambiamos dos o tres palabras, pero seguramente me olvidará más pronto que tarde. Dejé un revoltijo de caracoles en las playas de Huanchaco que el mar y el viento reacomodarán a su gusto; dejé huellas en la arena solitaria de Puémape hechas en una tarde de nubes y sol y olas fuertes, que a esta altura se habrán mezclado con las de los cangrejitos carreteros, si es que no desaparecieron por completo; en Lima, después del último desayuno, dejé una pila de vajilla recién lavada en un orden tal que ahora el uso habrá perturbado. Dejamos un montículo de piedras en una playa del Callao que tenía la forma exacta de nuestras espaldas recostadas al sol hirviente, y que ahora exhiben los contornos antojadizos de la espuma y del agua ansiosa que revuelve el mar bravo.
Y me voy y dejo todo esto pero también me llevo bastante. Me voy, por ejemplo, con el corazón grande de haberme sentido un hijo, un primo, un sobrino lejano, o un amigo de largo tiempo, aunque no lo fuera; me voy con la certeza de que acá podría hacer, algún día, otro hogar (o más todavía, como si de toda la vida hubiera pertenecido también acá); me voy con una nostalgia practicante por el cariño sincero de la gente, una nostalgia hasta por lo más banal: por encontrar, en cualquier esquina, el sabor de la comida hecha en casa.


