18 de abril de 2018

Gatos


Son poco más de las 12 de la noche, y nuestro gato nos hace compañía. Se obstina en persistir, como nosotros. Está acostado sobre la mesa. Se lava, pero hace pausas cada tanto para echarse boca arriba hasta tocarse el pecho con sus patas delanteras, y raspar su espalda contra la superficie de la computadora en suspenso, o los lápices, o la bandeja donde a veces ponemos las tazas y las tostadas del desayuno que llevamos a la cama, pero que mayormente usamos para contener la serie de objetos que no podemos dejar librados en cualquier parte de la mesa, cuya presencia restringimos a esa pequeña cajita de madera porque tenemos demasiada pereza de llevarlos hasta la alacena. Ahí está, hurgando entre las últimas dos rebanadas de pan lactal, el azúcar y un sobre de mayonesa que por pura mezquindad nos hemos traído de alguna parte, Nilo se entretiene.

Como todos los gatos, cuando nos regala una mirada, lo hace transmitiéndonos la convicción casi sobrenatural de que detrás de sus ojos hay un entendimiento con el cual podríamos llegar a dialogar de igual a igual. Al otro lado de sus pupilas dilatadas, que delinean el delgado anillo de un iris casi anaranjado, nos compartirá su visión problemática acerca de la existencia terrenal y del ser en el mundo.

En el Antiguo Egipto cayeron rápido bajo la certeza de que los gatos sabrían algo que nosotros no. A su diosa de la justicia le encontraron cabeza de león, y los gatos por todas partes eran venerados por mantener a raya a las ratas. Se valoraban también por su tremenda habilidad para matar serpientes y cobras, que de otro modo hubieran diezmado el resto de la población que los antojos de los Faraones dejaban en pie. Los leones, con su agresividad y poder, representaban la autoridad real, y hasta las versiones domésticas de los felinos que podían encontrarse en las calles y las casas eran tratados con el mismo respeto que sus parientes lejanos.

Los egipcios les daban un lugar en sus jeroglíficos, y con sus efigies decoraban las joyas más hermosas. Penas severas y hasta la muerte se decretaban para aquellos que lastimaran o mataran a un gato. Y cuando alguno era hallado muerto en los callejones de la ciudad, almas anónimas los llevaban al templo de su diosa felina, Bastet, para que los momificaran. El proceso y la dedicación que le daban era el mismo que a los humanos. Varios miles de años después, ahí siguen, aguardando sus cuerpos (ahora exhibidos en los museos) el regreso oportuno de sus almas para la resurrección. El lienzo sagrado les cubre el lomo y también sus cabezas, sobre las cuales dibujaron grandes ojos celestes que todo lo ven, para que en la segunda vida continuasen viendo.

Nilo se acostó en la mesa. Le hablo. Se da la vuelta para mirarme a la cara, murmura algo, y luego sigue en sus cavilaciones. En su mente, más allá de las ventanas de sus ojos marrones y dilatados, hay algo de otro orden. Él ya lo comprendió todo. Yo no. Pero me tiene paciencia.

9 de abril de 2018

Agustín


La conversación habría comenzado bastante tiempo antes de que yo subiera al tren, pero imagino que la inició el chico, con una mirada insistente en lugar de un saludo, que el hombre en el asiento al otro lado del pasillo no habrá tardado mucho en responder con un “Hola, ¿cómo te llamás?”. El nene estaba sentado del lado de la ventanilla, y para comunicarse tenía que sortear la mirada atenta de su mamá y el angosto pasillo que separaba los asientos del vagón. No tenía ninguna dificultad para ignorarla. “Agustín”, le habrá respondido.
—¿Y a dónde vas, Agustín? —habría proseguido el hombre.
—Estamos yendo a casa —diría el nene.

Ese día, Agustín se vistió o lo vistieron con pantaloncitos cortos y blancos, y una remerita azul con rayas celestes (estaba en ese extraño limbo entre la infancia y la niñez, difícil de clasificar, en el que, si bien la mayoría de las veces pesaba más lo que sus padres querían, éstos comenzaban a respetar de cuando en cuando lo que él mismo deseaba). Su interlocutor viste un gastado pantalón de jogging gris y una remera negra igualmente percudida. Es de tez morena, y lleva en el cutis del rostro un ligero brillo sudoroso, como una fina pátina de cera. Es una consecuencia evidente del día caluroso que se vivió en la ciudad, y que no parece dar descanso ni siquiera acá, dentro del vagón, donde el aire acondicionado deja bajar unas ruidosas ráfagas heladas desde el techo.

—Ah. Estarás volviendo a casa —responde el hombre de la remera negra. Cada tanto hace el esfuerzo de incorporarse de su asiento. La dificultad es evidente. Le cuesta mantener el equilibrio. Entonces el hombre sigue: —¿Y te portás bien? ¿Cuidás mucho a tu mamá… y a tu papá?
—Sí, me porto bien. A veces mis papás me retan porque me porto mal.

El hombre ahora gira sobre el asiento, dirigiendo su cuerpo y ya no sólo su cabeza en dirección a Agustín. Él tampoco tiene dificultadas para pasar sobre la mirada atenta de la mamá, que hasta entonces estuvo presenciando el intercambio entre su hijo y el hombre como una espectadora en primera fila presenciaría la final de Wimbledon.
—Y bueno… ¡todos nos portamos mal a veces, Agustín!

Él se ríe. El hombre tiene mucha razón. Viéndolo recostado en el asiento del tren, resulta evidente que, a diferencia de su interlocutor, Agustín es un nene de travesuras inocentes. Pero, aun así, el hombre repone:
—Agustín, vos te tenés que portar bien. Vos te tenés que portar bien.  

Y al final de esta frase, estiró la consonante e hizo una pausa, como queriendo dotar de gravedad e importancia a lo que estaba diciendo. A todo esto, la madre continuaba impávida ante la conversación que se desarrollaba con ella en medio. Sin duda, habría podido aportar valiosos comentarios sobre la relevancia de la buena educación de los niños, y alguna que otra divertida anécdota sobre Agustín, las cuales, por lo poco que se podía ver y suponer, no habrían de ser pocas. Pero, en lugar de eso, optaba por el silencio absoluto. Hasta entonces, su comportamiento era de una total introversión. Yo, que estaba en el fondo del vagón, en la zona reservada a las bicicletas y los bártulos, sólo veía la espalda de la madre, apenas más angosta que el ancho del asiento. Ella no llegaba a girar por completo la cabeza ni a uno ni a otro lado. Agustín, aunque chiquitito todavía, demostraba tener un caudal de recursos muy efectivos para resolver la aparente indiferencia de la madre a toda la situación. Preguntó al hombre:
—¿Y vos dónde vivís?
—¿Yo? ¿Dónde vivo yo? No vivo en ninguna parte, por ahora vivo en la calle, Agustín.

La madre giró la cabeza hacia el hijo ni bien terminó de formular esta aparentemente inocente pregunta. Aparentemente, para nosotros; porque la combinación del rojo de la cara de la madre (¡por fin veía su rostro!), y la mirada de entre odio y resentimiento que le arrojó al hijo, hacían suponer que para ella esta pregunta no tenía nada de inocente.
—Ah —la réplica de Agustín fue categórica.
—Es difícil vivir en la calle —continuó el hombre— y solo —agregó—, pero por suerte es verano. En invierno es peor.

En el breve silencio que anticipaba otra pregunta, Agustín habrá considerado las implicancias de la respuesta del hombre para concluir que, en efecto, en invierno la calle es fría, pero que no sólo del calor se vive. Esta era otra incógnita para ser resuelta, así que enseguida formuló la siguiente inquietud:
—¿Y de qué trabajás?

Ahora sí el tono de la madre había pasado del rojo al escarlata, y la mirada severa comenzaba a decirlo todo sin palabras; funcionaba como un verdadero lenguaje sin fonemas que Agustín (para desgracia de la madre, y contribuyendo más a su coloración) prefería ignorar. Para él resultaba mucho más interesante escuchar la respuesta del hombre a su pregunta.
—No tengo trabajo: voy haciendo lo que sale, algunas changas por acá y por allá.

Agustín no sabía lo que quería decir “changas”. Cuando escuchó la palabra quiso girar hacia la madre, como haría tantas otras veces en que no entendía lo que le habían dicho, pero la severidad con que ella lo miraba le asustaba. Su cara le decía con inusitada claridad que no estaba a punto de aceptar de él ninguna pregunta.

Afuera, la última luz de la tarde cedía ante las primeras ventanas iluminadas en los edificios, más allá de los muros de ladrillo que bordeaban las vías del tren. Más allá de las hojas de los arbustos silvestres que intentaban trepar hacia el cielo. Y, para tranquilidad de la madre, la conversación estaba por terminar.

El hombre se había puesto de pie, tambaleándose, un poco mareado y sin duda aletargado por el calor y las cervezas, que hasta yo podía oler.
—¿Y de qué cuadro sos, Agustín?
—De Boca.
—No, Agustín. ¿Cómo puede ser eso? —el hombre parecía anonadado—. No, no: vos tenés que ser de Independiente.

A poco de decir esto, el hombre metió la mano en el pantalón. Hurgó un rato en el bolsillo, como buscando algo, para la mayor inquietud de la madre, que del rojo había pasado al blanco. Al cabo de un momento, cuando ya todo parecía indicar que los movimientos de la muñeca y el brazo habrían agotado la extensión completa del compartimento, extrajo un manojo de billetes desordenados. La madre volvía a respirar.

Contó unos pesos, y al rato se los dio a Agustín.
—Tomá —le dijo— para que te compres algo.
La madre salió de su escondite, ahí en lo profundo del asiento.
—Ay, no, por favor, no hace falta —dijo, meneando la cabeza en una negativa ampulosa.
—No hay problema —repuso el hombre—. Son diez pesos.
—Pero, no, de verdad.
—No es molestia —el hombre insistía—. Para vos, Agustín. Por la charla.

Después de un momento durante el cual se habían invertido los papeles entre madre e hijo, siendo ahora Agustín el que estaba callado como observador del tenis del no, gracias y del por favor acépteme, si no es molestia, el nene resolvió terminar con la situación y extendió la mano. Quería recibir los diez pesos. ¿Por qué no habría de hacerlo? Después de todo, la conversación le había resultado interesante. Y mientras la madre continuaba rechazando la oferta, como si fuera suya para rechazar, siempre sólo con la mirada y nunca con el cuerpo, con toda la elegancia y modestia de la que podía ser capaz, la mano de Agustín se encontró con la mano del hombre y recibió el regalo.
El tren se estaba deteniendo en la estación.

—Portate bien, Agustín —pidió el hombre—. ¿De qué cuadro sos ahora? ¿De Independiente?
—¡Soy de Boca! —respondió el nene, intransigente.
—Cuidá a tus papás. Portate bien.
Las puertas se abrieron, el hombre bajó, sonaron las chicharras y al poco tiempo el tren arrancó de nuevo. No hizo ni cincuenta metros cuando la madre volvió a enrojecer.

—¡Qué hacés, Agustín! ¿Cómo le vas a hablar así a ese hombre? ¡No lo hagas más! ¿Me oíste? ¿En qué estabas pensando? ¡Eso no se hace! ¿Cómo le vas a dar charla? ¡No aceptes nada de lo que te ofrezcan! ¿Qué te pasa? ¡Ahora le voy a contar todo a tu papá! ¡Nunca se sabe con quién estás hablando! ¡Mirá si ese hombre me hacía algo! ¿Cómo sabés que no nos va a lastimar? ¿Cómo sabés que no está borracho? ¿Cómo sabés que no es peligroso?

Con cada pregunta retórica, con cada exclamación, la cara de la madre latía más y más, titilaba de un rojo escarlata a un rosado pálido. Soplaba y resoplaba las críticas como el lobo feroz, incapaz de voltear la casa de ladrillos del último cerdito.

Agustín ahora se iba hundiendo más y más en su asiento. Miraba los diez pesos que tenía en la mano mientras oía el monólogo de su madre. Pensaría qué se podía comprar con esos diez pesos, que ahora eran suyos. Y que el mundo de los grandes es complicado, demasiado complicado como para intentar comprenderlo.

7 de abril de 2018

Te extraño, acá estoy, volví

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Deben ser pocos los lugares en la ciudad donde uno puede conseguir paz, auténtica paz, ese sosiego espiritual que profesan las filosofías orientales, o del que hablan los entrenados en el arte de opacar el mundo sólo para oírse respirar.

A mí, por ejemplo, me gusta sentarme en alguno de los bancos que miran la costa del Río de la Plata en la Reserva Ecológica. Escucho a los pájaros y las cigarras cantando en un día de calor. Miro al agua jugar con sus botellas de plástico, coronando las olas que una y otra vez rompen sobre los escombros de la orilla. Imagino a dónde irán los barcos que veo a lo lejos. Entonces pienso que no es uno quien elige los lugares, sino más bien al revés, que los lugares lo eligen a uno. Porque tantas veces había pasado por ahí sin detenerme nunca a contemplar, hasta que un día lo hice. Y no porque yo lo quisiera, claro, sino porque así lo quiso el lugar (o las sirenas fluviales que nadie puede negar que no lo habitan).

Y quiso también el lugar que tiempo después yo eligiera para sentarme este banco verde. Mi mirada paseó por los camalotes ennegrecidos que se pudren en la costa, por el suelo de tierra dura y pasto seco bajo mis pies, y mientras estaba en eso de pensar en no pensar dio con uno de los tantos mensajes de amor que deben adornar cuanta madera haya a la vera de los senderos. Decía (sic): “Si te extraño pensando en vos siempre”. Entonces le tomé una foto. Y pensé.

Lo primero que supuse fue que eso lo escribió un hombre. Lo segundo, que quiso decir que sí, que la extrañaba, como respondiendo a una pregunta que sólo él oiría, y que tenía tantas ganas de decirlo que la efusión del momento le hizo olvidarse de poner el tilde donde correspondía para hacer de ese “Si” condicional, el “Sí” categórico que ella se merecía. Después me pregunté qué habrá pasado. ¿Habrían estado los dos juntos cuando él escribió ese mensaje, deseando que ella viera cómo perpetuaba sobre la madera esta verdad hasta que la intemperie, con todas sus lluvias y sus soles, se la llevara consigo para siempre? Pienso que no, que probablemente habría estado él solo, ahí, frente al agua, como estaba yo ahora, recordándola. Extrañándola. ¿Qué habrá pasado?

Quizá ella lo hubiera abandonado. A lo mejor él la había dejado a ella y comenzaba a arrepentirse. O tal vez se hubieran hecho un daño mutuo más allá de cualquier perdón. Pero no. No creo eso. Y no porque sea un razonamiento doloroso y triste, sino porque en tal caso él hubiera comenzado su mensaje disculpándose, y reiterando luego lo que ambos sabían que sucede a la distancia —física o emocional—, que es esto de extrañarse y pensarse siempre, todo el tiempo. Acá pasaba algo de otro orden. Donde espíritus más vulgares sólo dejan asentados sus nombres, y donde sensibilidades menos refinadas dibujan iniciales y corazones, acá se había plasmado un mensaje más profundo, testimonio de una verdad más sincera: que él la extrañaba y que todo el tiempo pensaba en ella. ¿Pero qué había motivado la escritura misma de este sentimiento?

Seguro es apenas un jirón, un retazo de emoción arrancado por una penuria circunstancial. Este mensaje sobre la madera vendría a ser como los charcos de agua que dejan las olas sobre las piedras al romper contra la orilla, una parte muy pequeña de un todo enorme. Quisiera creer también que él le ha confesado siempre muchos sentimientos, que le ha dicho y escrito tantas cosas más, y que ella ha hecho lo propio. Estaría claro entonces que se quieren, quizá más cuando no están juntos. Y que cuando lo están, son felices. Con esa felicidad que les haría pasar el tiempo en la cama intentando mantenerse despiertos, porque sabrían, como lo saben los que comparten su suerte, que tocarse, acariciarse y mirarse es mucho mejor que cualquier sueño que pudieran llegar a tener si se durmieran; y que aún cuando lo hicieran —como inevitablemente lo hacen—, estando uno al lado del otro descansarían tan profundamente, tan relajados, y con tanta dicha, como nunca podrían hacerlo cada uno por su cuenta.

Entonces se me ocurre algo que hasta el momento no había considerado: que este mensaje hace mucho que está escrito ahí. Ni el desgaste del banco ni el de las palabras, que empiezan a perder algunas de sus letras, permiten adivinar eso, o suponer lo contrario. Sería posible que ella hubiera regresado ya de donde fuese que estuviera. Él la habría esperado con ansias, y se habrían abrazado, confesándose al oído todo lo que debían. Y habrían tenido toda una vida juntos.

Incluso es posible que la estén viviendo ahora mismo. Estoy seguro de que es así. Y pienso que tal vez a él se le pueda haber estrujado inexplicablemente el corazón, al mismo tiempo que a ella se le abría misteriosamente un pozo en el estómago. Como si al leer esas palabras que leí en el banco de madera yo hubiera despertado de un largo olvido un dolor tan grande, un momento tan funesto, una oscuridad tan espesa. Y tal vez ahora andan los dos sintiéndose mal, sin saber por qué.

Tenemos que remediar eso. Pienso que tendrías que acompañarme, Alfarez. Deberíamos ir juntos. Sentarnos en ese banco de madera donde se lee que sí, que te extraño y pienso en vos siempre, y vos podrías escribir que no hace falta, que acá estoy, volví.

[28 de enero de 2016]

Hospital Rivadavia

La imagen puede contener: árbol, cielo, planta y exterior

En las entrañas del hospital, sorteando los asientos de metal de la recepción, donde pasan la noche los indigentes, yendo más allá de las camillas de la guardia que acomodan a los dolientes retorcidos de angustia, y alcanzando el final de incontables pasillos internos que lo atraviesan como túneles en un hormiguero siempre triste y gris, yace una habitación donde la gente va a morir.

Las personas suelen detenerse compungidas a recordar a los muertos en los lugares donde hay tragedias, en las esquinas donde ocurren los atropellamientos, en los sitios de los robos o tiroteos, en las casas tomadas que el fuego de un anafe mal conectado arrasa en la noche. Sorprende que no suceda algo similar en los hospitales, donde la muerte es moneda corriente. Será acaso por esa misma razón: porque la Parca recorre a sus anchas esos pasillos, acaricia esas paredes, exhala su aliento en el aire húmedo y estancado que nos ha de envolver a todos, si no nos ha envuelto ya.

Esta habitación se encuentra en un extremo del viejo edificio del hospital. Da a la avenida la única ventana que tiene, una ventana enorme con persianas de madera abiertas de par en par. Al otro lado se ve la primera luz de la tarde y se oye el sonido de la vida que se agita afuera, colectivos y autos van y vienen, flotan en el aire fragmentos de conversaciones pasajeras, quizá se oiga alguna risa. Pero al interior, de este lado, la atmósfera es muy distinta. La sombra siempre gentil del árbol que está en la vereda, acá entra en forma de penumbra: se arrastra sobre las paredes como una mancha negruzca que ondula con el viento. El ambiente se torna frío de súbito; luego, se pone espeso, colmado de olores que rivalizan, revueltos por correntadas pasajeras.

Hay cuatro o cinco camas en la habitación, pero sólo hay una ocupada. Sobre ella, una mujer muy mayor está arrumbada, sostenida por unas almohadas que la empujan hacia delante. Una gasa mal puesta le cubre el torso, que se adivina reseco y arrugado. Luce como si le hubieran tirado encima un repasador, poco más que un anticipado sudario. En los cestos de ropa sucia hay sábanas revueltas y en los estantes del baño las pelelas limpias se apilan hasta el techo.

Pienso que no hay duda de que la gente viene aquí para morir. Y si bien en los hospitales las personas mueren en cualquier parte —en los quirófanos, en las salas de terapia intensiva, penando en las camillas de la guardia, transitando perdidos los pasillos mientras buscan quien los atienda, o patinando en los mosaicos aún mojados de jabón—, esta habitación parece reservada para ese propósito. Es donde la muerte se demora en venir, donde no tiene urgencia en llegar porque de una u otra manera aquí la están esperando, donde nadie ya se irá a ninguna parte.

Una médica vestida de azul va a pasarse cada tanto. Le hablará a la señora. Le preguntará si está bien, y ella asentirá, murmurará algo. Luego intentará decir más cosas, incluso después de que la médica se haya ido. Se quedará intercambiando palabras vaya a saber uno con quién. Está sola. Se me ocurre que tal vez fue por poco que yo no haya sido testigo de la hora de visita. Que hace un rato sus hijos estuvieron con ella. Que le han llevado varios vestidos pensando en el día en que le darán el alta, y que ella ha elegido ponerse su favorito. Que su nieta se sentó a su lado en la cama y le acarició el pelo, que su nieto hizo pasear sobre las sábanas que cubrían sus piernas un auto de juguete, imaginando que recorría una pista de carreras. Que la han dejado extenuada y por eso duerme, luego de un baño reparador. Que a lo mejor el malestar será pasajero, y que al salir la señora encontrará delante de sí otros diez años para seguir andando, para seguir viviendo, para seguir palpando cariño, sorpresas y abrazos, con manos y pies que han reencontrado su vitalidad perdida.

Pero hay algo rancio en el aire, algo ominoso en las sombras de la habitación, algo obstinado en la desidia y el abandono que sugieren que eso tal vez no suceda. Que nadie la acompaña, ni la buscan o recuerdan. Que en esto no hay nada de pasajero. Que el único intercambio de palabras se da con espejismos de personas, con recuerdos o ilusiones en duermevela, y que cuando del otro lado hay una persona atenta, estará sólo para escuchar que me duele acá, me duele allá, me duele todo, me estoy muriendo, una comunicación limitada a determinar si el corazón late o no, o a precisar cuándo es que dejará de hacerlo. Que el último vestido lo lleva puesto y es esta gasa inmunda que le cubre el pecho huesudo y ceniciento.

Ahora la mujer duerme. Se ha derramado sobre la cama. Los brazos extendidos al costado, pegados a su cuerpo, la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Se me ocurre que fallecerá en silencio, mucho antes de que un médico la encuentre, y que si lo hace cerca de la medianoche, nadie sabrá si el último suspiro lo dio hoy u ayer. Y que tal vez ese dilema lo acabe definiendo una moneda lanzada al aire.

Abejas

El otro día vi una abeja encerrada en casa. Quería salir por la ventana, pero la desorientaba el mosquitero. Por un momento, ella y yo nos encontrábamos del mismo lado del mundo. En otro momento, me hubiera embargado el pánico; la hubiera rociado de insecticida, esperaría a que se muriera, y la habría levantado del piso de inmediato para que no se la comiera ninguna de las gatas. Su pequeña y breve odisea acabaría en el tacho de basura; una menos en la colmena que nadie —de seguro— iba a extrañar. Porque en la dura realidad de la existencia abejeril ya están previstos los balances de la vida y de la muerte que, para cada día, estipulan el número de abejas que por la mañana salieron al mundo, pero nunca regresarán en la tarde.

Y la hubiera matado porque sí, porque eso es lo que hacemos las personas.

No por miedo. Sé que no soy alérgico. Lo sé porque tendría ocho o nueve años cuando me picó una abeja. Fue la única vez. Era verano y estaba de vacaciones en casa de mi tío. La abeja me aguijoneó el brazo y tuve que gritar varias veces para que algún adulto viniera a socorrerme. Los convocó un grito visceral. Yo no sabía qué podría necesitar de ellos para calmar tanto dolor, y por la breve escena de desesperación que se suscitó, al instante quedaba claro que ellos tampoco lo sabían (de grande me iba a enterar de que son muchísimas las cosas que los adultos no saben).

Al rato, mi abuelo apareció con un manojo de barro en la mano. Me lo untó sobre la picadura. En realidad, me embadurnó todo el brazo, que por entonces no era demasiado grande. Con un palmo le bastó. Supongo que habría discernido lo que había pasado por mis gestos, por el colmenar improvisado del vecino y, sobre todo, por mi llanto.

Este incidente no interrumpió la costumbre que mi primo y yo teníamos de enterrar las abejas que encontrábamos muertas en la Pelopincho todas las mañanas. Las pescábamos con el barrefondo y las dejábamos al sol de la mañana, sobre el suelo de cemento, donde esperaban que caváramos sus pequeñas tumbitas con algún palito. Luego, las arrastrábamos hasta su morada final. Con cruces improvisadas con ramitas y piolín de pizza, señalábamos el lugar de su descanso final. De cristianos no teníamos nada, pero sabíamos de alguna parte que las cruces velaban por los muertos. Todas las mañanas hacíamos lo mismo.

Hace tiempo que con mi primo no nos hablamos, y también varios años desde que mi abuelo murió. Oigo el zumbido de la abeja, y me pregunto qué habrá sido del vecino y sus panales. Me pregunto también qué sucede con esta abeja, y qué la habrá confundido tanto como para dejarla varada en mi lado del mundo. Dicen los que saben que gozan de un extraordinario sentido de la orientación. Pero viéndola insistir contra la malla del mosquitero, uno dudaría. ¡Cuántos recuerdos me trajo! (El tejido del mosquitero guarda una semejanza notable con el de la pala que usábamos para limpiar la pileta.) Quisiera contarle que en una época supe enterrar a sus congéneres con dignidad. Quizá eso garantizaría que no me pique. Aunque, por supuesto, no me entendería.

Entonces le pido que ya no zumbe más. Incluso le digo también que me cansó su zumbido. ¡Estúpida! ¿No ves el mosquitero? ¿No lo sentís, acaso? ¿No quisieras escapar por otro lado? ¡Abeja idiota! ¡Se terminó!

Entonces voy a buscar una hoja de papel. Busco también un vaso. Pongo la hoja delante de esta abeja, y con el vaso la sorprendo por detrás. Encerrada, la llevo a otra ventana, donde destapo esa jaula improvisada y la veo volar. Luego de zumbar estúpidamente sobre el cielo celeste, zigzaguea y desaparece. Por lo menos, no volvió a entrar.

Ese día me sentí tan noble conmigo mismo. Tan humilde, y tan modesto. Con una mano podía dar la muerte, y con la otra, la vida. Me pregunto si las abejas gozan de algo parecido al pensamiento. Cuando menos una intuición de supervivencia, o un terror a la muerte. Me pregunto si esa noche, dormida en su cubículo de cera hexagonal, habrá soñado conmigo.

Crimen

Esta cucaracha estúpida desconoce el vidrio. Ha de suponer —si pudiera hacer tal cosa— que entre ella y las migas de pan se opone una voluntad ajena, algo así como un Dios, un Dios cucaracha mezquino y cruel que no la deja comer, y ha de creer que sus continuados cabezazos al borde del plato sin dudas podrán vencerlo.

Sus antenitas se agitaban en el al aire cuando la tiré al suelo de un cachetazo. Cayó con gracia, despacio, como planeando, y aterrizó con gentileza. Pero —y contrario a lo que indicaba toda experiencia— no huyó. El espanto de lo que ha sucedido no la conmueve en absoluto. Se queda ahí, quieta. Quisiera decir que petrificada, pero ello supondría terror, y no había miedo en esta cucaracha. Si pudiera ver su cara, si acaso mis ojos fueran capaces de llegar a tanto —y si las cucarachas tuvieran algo así como una cara y fueran capaces de esbozar una expresión—, es casi seguro que la habría visto contemplando hacia el cielo de mi cara con un gesto de aceptación.

Continúa ahí cuando levanto la pierna, inmutable incluso mientras la sombra de mi pie se agigantaba irremediablemente sobre ella. Ahora quisiera haberle dicho en esos últimos instantes que su Dios cucaracha sí que era mezquino y cruel, pero la verdad es que en ese momento nadie dijo nada, ni ay, ni qué asco, ni nada. El pie cayó, hizo un sonido seco, y la vida —luego de esta pequeña muerte— siguió su curso.

[29 de marzo de 2016]

En el tren

Estaba demasiado ensimismado y recién me di cuenta de los viejitos que viajaban sentados delante de mi asiento cuando me preguntaron que disculpe señor, que si si este tren va a José León Suárez. Les respondí que sí, me sonrieron, dijeron gracias, y se dieron vuelta.

Tenían la piel morena y el pelo todo canoso. Eran marido y mujer. Se notaba en el permanente buscarse las miradas, y en unas sonrisas cómplices que yo, sentado a unos centímetros y aún oyéndolos conversar, no podía entender.

Los observé largo rato sin que se dieran cuenta. Los vi reírse e inclinarse uno sobre otro buscando juntar los hombros. También los vi decirse cosas al oído y tantear sobre el asiento en busca de esa otra mano que habrán acariciado tantas veces.

Me pregunté cuántas vidas habrán vivido juntos en una sola vida, y qué clase de vida habrá sido. Una feliz, supongo. Una en la cual, incluso después de todos estos años, terminaron juntos para mirarse a los ojos en el tren como si fuera la primera vez.

[5 de abril de 2017]

El Federal

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Fuimos simplemente para celebrar otro día juntos. Nos sentamos a la par de una pared en la que había un espejo algo descolorido y manchado que reflejaba todo el mostrador del bar.

Al otro lado, sobre una enorme barra de madera coronada por un reloj hundido en un rosetón tallado, merendaba una pareja. Llamaba la atención, porque eran más de las diez de la noche. Y entonces nos dimos cuenta de que la pareja era, en realidad, una madre con su hijo. Ella, ya bastante mayor, y él, ensimismado en la taza de café con leche, pisaría los cuarenta y pocos con la gracia de espíritu que le regalaba su retardo.

Los comentarios fugaces de los mozos con la señora evidenciaban que este era un ritual más o menos frecuente. Esta vez, por los bártulos que cargaban, cabía suponer que habían tenido un largo día de compras, y que vinieron acá para distenderse.

"Vamos, Sebastián", dijo la señora al ponerse de pie. Pagaron la lágrima, el café con leche y un bollo de pan, y se fueron sin decir nada más. A Sebastián nunca le conocimos la voz. Sólo supimos que, de vez en cuando, le gustaba darse vuelta, mirarse en nuestro espejo, y sonreír.

[18 de febrero de 2018]

4 de abril de 2018

Sueño II

Soñé que estábamos en el balcón. Veíamos que la tortuga se había escapado. Estaba enfrente, en las ruinas del antiguo centro de detención. Hace un pozo en la tierra, al pie de una pared, y ya está a punto de fugarse. Vos te ofreciste a rescatarlo. Fuiste la heroína del momento: te descolgaste con tanta gracia del balcón, bajaste a la calle, y corriste y corriste.

[3 de marzo de 2016]

Antigüedades

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Salimos del restaurante, y caminamos. Caminamos y llegamos al Obelisco. Ya no había casi nadie en la calle, sólo algunas personas durmiendo en el suelo a escondidas del mundo. Las luces de Corrientes y Diagonal nos llenaron los ojos mientras dábamos la vuelta. Compramos un chocolate en uno de los pocos quioscos que todavía estaban abiertos en Florida. Constatamos nuevamente que el chocolate con maní es uno de los inventos más nobles.


De nuevo sobre la calle Defensa, mirando una de las tantas casas de anticuarios, me detuve. En el medio del salón, más allá de las dos o tres esculturas de hombres desnudos volcando sus vasijas vacías en terraplenes imaginarios, estaba esa mujer, ahí, petrificada, en el medio de todo, mientras la luz le daba de lleno. Solamente a ella, como si la luna no fuera de nadie más.

"Mirá, Alfarez", dije, porque ella había seguido de largo. "Mirá esa estatua, esa tremendamente erótica estatua", pensé. Estaba ahí, como si Pompeya le hubiera explotado en la cara. Como si Medusa le hubiera devuelto la mirada. Como si algo horrible le hubiera pasado justo en el peor momento. Antes de que alguien le devolviera el beso o se animara a correrle el velo de las piernas.

Pésimo momento para quedar petrificada. Pero excelente momento para ser fotografiada.

Me pregunto como habrá llegado ahí, y qué habrá adornado antes. Espero que ninguna habitación. Después de todo, ¿qué peor castigo puede haber que la condena a mirar los momentos ajenos que ahora, hasta el fin de la eternidad, no parece destinada a seguir viviendo?

[3 de diciembre de 2016]

2 de abril de 2018

Eloise y George

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Esa es la foto, y el texto de la noticia que la acompaña dice que un hospital militar en el estado de Virginia, en los Estados Unidos, decidió hacer una excepción a las reglas habituales para acomodar a los deudos de un paciente internado, y permitió que Eloise, de 91 años de edad, duerma en una cama a la par de George, su moribundo esposo de 94 años, quien ya está en una sala de terapia recibiendo los cuidados paliativos en espera del último suspiro. Estuvieron casados 73 años y tuvieron dos hijos, a quienes han sobrevivido, sin duda con gran pesar. Ahora sólo se tienen el uno al otro, y, dentro de poco, ya ni siquiera eso.


Setenta y tres años es una enormidad, una asombrosa cantidad de tiempo, siempre, pero quizá lo parezca más ahora, en esta época de gratificaciones instantáneas, de relaciones pasajeras, mediadas, virtuales, virtualizantes y, en ocasiones, un tanto superficiales.

Vaya uno a saber qué versión del amor habrán encontrado Eloise y George. Si la acartonada por la rutina y la inercia amodorrada del tiempo o, por el contrario, el Santo Grial del amor verdadero, el de todas las canciones y los poemas y las añoranzas que hacen eco en las dos mitades de los corazones rotos.

Quizá Eloise y George, además de ofrecer una historia de color a los portales de noticias (que muy probablemente no se harán eco de la muerte de uno u otro cuando finalmente los encuentre), al darse compañía en la muerte estén dando un ejemplo a largo plazo a quienes lo sepan encontrar. Porque de seguro nadie merece morir solo, ni pasar los últimos días lejos de la presencia de alguien que la esté honrando en virtud de un vínculo, presente o pasado, con más o con menos amor.

Por eso a veces quisiera creer que Eloise y George vivieron la vida acartonada, que se hastiaron hasta el cansancio el uno del otro, que se metieron los cuernos hasta tres y cuatro veces, que se pelearon a los gritos en la vereda hasta que se les quebrara la voz. Que el haberse querido alguna vez, el declararse amor eterno regalándose una flor, así la emoción hubiera durado sólo un momento, incluso cuando no durase ni la mitad de esos tres cuartos de siglo que pasaron juntos, los hubiera compelido a mirarse a la distancia toda la vida, a cuidarse con el pasar de los años, aun si entraran y salieran de sus vidas y sus corazones otras personas; pero más aún si a alguno lo hubiera encontrado la soledad, para no llegar, precisamente, a verse en el final del camino sin nadie que los tomara de la mano y entrelazara una última vez los dedos con los suyos.

[14 de enero de 2017]

1 de abril de 2018

Sueño I

Soñé que estábamos en una galería. O mejor, antes que una galería creo que era un centro comercial, porque había negocios y escaleras mecánicas. Quizá fuera una combinación del Centro Cultural Borges, el Spinetto y Galerías Pacífico, todo junto, lugares que ya creo tan nuestros.

Se ve que la noche nos había sorprendido, porque muchos locales estaban cerrando ya. Aún así, la gente continuaba recorriendo los pasillos perfumados y rodeados de vidrio. De alguna manera, y vaya a saber por qué motivo, se me ocurre que es hora de irse. Voy hacia la salida, pero encuentro que una, y luego otra y otra, estaban cerradas. Las puertas no abrían. Mirándolas bien, parecía que las hubieran trabado con cinta adhesiva. Ceden un poco, pero no del todo, y yo no sé si es que no quiero forzarlas para no llevarle la contra a quien nos hubiera encerrado, o si en realidad no puedo hacerlo.

Con el tiempo, otras personas desearon salir. Todas encontraban el mismo obstáculo. Yo, que me había dedicado a dar una ronda por todas las salidas a ver si la cosa cambiaba, veía cómo hombres y mujeres se agolpaban ante las puertas y probaban salir. Pero estos intentos habrían de ser bastante inútiles, ya que ninguna puerta se abría. En alguna de las salidas se daba la escena de un tipo de seguridad que al otro lado del vidrio les daba charla. Diría algo que la gente comprendía, porque nadie perdía los estribos.

Al rato estábamos todos caminando de nuevo. Aunque las escaleras mecánicas ya se habían detenido, la gente las usaba, yendo o viniendo como si nada. A lo mejor, algunos que todavía se sorprendían con la noticia de que no podían salir continuaban frente a las puertas, empujando o conversando con voces al otro lado del vidrio. Caminaba yo también, sin saber del todo si estaba encerrado, o si simplemente estaba paseando.

Anduve durante un tiempo sin saber si quería salir o no.
Y al final, sí. Sí quería.

[26 de febrero de 2016]