La
conversación habría comenzado bastante tiempo antes de que yo subiera al tren,
pero imagino que la inició el chico, con una mirada insistente en lugar de un
saludo, que el hombre en el asiento al otro lado del pasillo no habrá tardado
mucho en responder con un “Hola, ¿cómo te
llamás?”. El nene estaba sentado del lado de la ventanilla, y para
comunicarse tenía que sortear la mirada atenta de su mamá y el angosto pasillo
que separaba los asientos del vagón. No tenía ninguna dificultad para ignorarla.
“Agustín”, le habrá respondido.
—¿Y a
dónde vas, Agustín? —habría proseguido el hombre.
—Estamos
yendo a casa —diría el nene.
Ese
día, Agustín se vistió o lo vistieron con pantaloncitos cortos y blancos, y una
remerita azul con rayas celestes (estaba en ese extraño limbo entre la infancia
y la niñez, difícil de clasificar, en el que, si bien la mayoría de las veces
pesaba más lo que sus padres querían, éstos comenzaban a respetar de cuando en
cuando lo que él mismo deseaba). Su interlocutor viste un gastado pantalón de
jogging gris y una remera negra igualmente percudida. Es de tez morena, y lleva
en el cutis del rostro un ligero brillo sudoroso, como una fina pátina de cera.
Es una consecuencia evidente del día caluroso que se vivió en la ciudad, y que
no parece dar descanso ni siquiera acá, dentro del vagón, donde el aire
acondicionado deja bajar unas ruidosas ráfagas heladas desde el techo.
—Ah.
Estarás volviendo a casa —responde el hombre de la remera negra. Cada tanto
hace el esfuerzo de incorporarse de su asiento. La dificultad es evidente. Le
cuesta mantener el equilibrio. Entonces el hombre sigue: —¿Y te portás bien?
¿Cuidás mucho a tu mamá… y a tu papá?
—Sí,
me porto bien. A veces mis papás me retan porque me porto mal.
El
hombre ahora gira sobre el asiento, dirigiendo su cuerpo y ya no sólo su cabeza
en dirección a Agustín. Él tampoco tiene dificultadas para pasar sobre la
mirada atenta de la mamá, que hasta entonces estuvo presenciando el intercambio
entre su hijo y el hombre como una espectadora en primera fila presenciaría la
final de Wimbledon.
—Y
bueno… ¡todos nos portamos mal a
veces, Agustín!
Él se
ríe. El hombre tiene mucha razón. Viéndolo recostado en el asiento del tren,
resulta evidente que, a diferencia de su interlocutor, Agustín es un nene de
travesuras inocentes. Pero, aun así, el hombre repone:
—Agustín,
vos te tenés que portar bien. Vos te
tenés que portar bien.
Y al
final de esta frase, estiró la consonante e hizo una pausa, como queriendo
dotar de gravedad e importancia a lo que estaba diciendo. A todo esto, la madre
continuaba impávida ante la conversación que se desarrollaba con ella en medio.
Sin duda, habría podido aportar valiosos comentarios sobre la relevancia de la
buena educación de los niños, y alguna que otra divertida anécdota sobre
Agustín, las cuales, por lo poco que se podía ver y suponer, no habrían de ser
pocas. Pero, en lugar de eso, optaba por el silencio absoluto. Hasta entonces,
su comportamiento era de una total introversión. Yo, que estaba en el fondo del
vagón, en la zona reservada a las bicicletas y los bártulos, sólo veía la
espalda de la madre, apenas más angosta que el ancho del asiento. Ella no
llegaba a girar por completo la cabeza ni a uno ni a otro lado. Agustín, aunque
chiquitito todavía, demostraba tener un caudal de recursos muy efectivos para
resolver la aparente indiferencia de la madre a toda la situación. Preguntó al
hombre:
—¿Y
vos dónde vivís?
—¿Yo?
¿Dónde vivo yo? No vivo en ninguna parte, por ahora vivo en la calle, Agustín.
La
madre giró la cabeza hacia el hijo ni bien terminó de formular esta
aparentemente inocente pregunta. Aparentemente, para nosotros; porque la
combinación del rojo de la cara de la madre (¡por fin veía su rostro!), y la
mirada de entre odio y resentimiento que le arrojó al hijo, hacían suponer que
para ella esta pregunta no tenía nada de inocente.
—Ah
—la réplica de Agustín fue categórica.
—Es
difícil vivir en la calle —continuó el hombre— y solo —agregó—, pero por suerte
es verano. En invierno es peor.
En el
breve silencio que anticipaba otra pregunta, Agustín habrá considerado las
implicancias de la respuesta del hombre para concluir que, en efecto, en
invierno la calle es fría, pero que no sólo del calor se vive. Esta era otra incógnita
para ser resuelta, así que enseguida formuló la siguiente inquietud:
—¿Y
de qué trabajás?
Ahora
sí el tono de la madre había pasado del rojo al escarlata, y la mirada severa comenzaba
a decirlo todo sin palabras; funcionaba como un verdadero lenguaje sin fonemas
que Agustín (para desgracia de la madre, y contribuyendo más a su coloración)
prefería ignorar. Para él resultaba mucho más interesante escuchar la respuesta
del hombre a su pregunta.
—No
tengo trabajo: voy haciendo lo que sale, algunas changas por acá y por allá.
Agustín
no sabía lo que quería decir “changas”. Cuando escuchó la palabra quiso girar
hacia la madre, como haría tantas otras veces en que no entendía lo que le
habían dicho, pero la severidad con que ella lo miraba le asustaba. Su cara le
decía con inusitada claridad que no estaba a punto de aceptar de él ninguna
pregunta.
Afuera,
la última luz de la tarde cedía ante las primeras ventanas iluminadas en los
edificios, más allá de los muros de ladrillo que bordeaban las vías del tren.
Más allá de las hojas de los arbustos silvestres que intentaban trepar hacia el
cielo. Y, para tranquilidad de la madre, la conversación estaba por terminar.
El
hombre se había puesto de pie, tambaleándose, un poco mareado y sin duda
aletargado por el calor y las cervezas, que hasta yo podía oler.
—¿Y
de qué cuadro sos, Agustín?
—De
Boca.
—No,
Agustín. ¿Cómo puede ser eso? —el hombre parecía anonadado—. No, no: vos tenés
que ser de Independiente.
A
poco de decir esto, el hombre metió la mano en el pantalón. Hurgó un rato en el
bolsillo, como buscando algo, para la mayor inquietud de la madre, que del rojo
había pasado al blanco. Al cabo de un momento, cuando ya todo parecía indicar
que los movimientos de la muñeca y el brazo habrían agotado la extensión
completa del compartimento, extrajo un manojo de billetes desordenados. La
madre volvía a respirar.
Contó
unos pesos, y al rato se los dio a Agustín.
—Tomá
—le dijo— para que te compres algo.
La
madre salió de su escondite, ahí en lo profundo del asiento.
—Ay,
no, por favor, no hace falta —dijo, meneando la cabeza en una negativa
ampulosa.
—No
hay problema —repuso el hombre—. Son diez pesos.
—Pero,
no, de verdad.
—No
es molestia —el hombre insistía—. Para vos, Agustín. Por la charla.
Después
de un momento durante el cual se habían invertido los papeles entre madre e
hijo, siendo ahora Agustín el que estaba callado como observador del tenis del
no, gracias y del por favor acépteme, si no es molestia, el nene resolvió terminar
con la situación y extendió la mano. Quería recibir los diez pesos. ¿Por qué no
habría de hacerlo? Después de todo, la conversación le había resultado
interesante. Y mientras la madre continuaba rechazando la oferta, como si fuera
suya para rechazar, siempre sólo con la mirada y nunca con el cuerpo, con toda
la elegancia y modestia de la que podía ser capaz, la mano de Agustín se
encontró con la mano del hombre y recibió el regalo.
El
tren se estaba deteniendo en la estación.
—Portate
bien, Agustín —pidió el hombre—. ¿De qué cuadro sos ahora? ¿De Independiente?
—¡Soy
de Boca! —respondió el nene, intransigente.
—Cuidá
a tus papás. Portate bien.
Las
puertas se abrieron, el hombre bajó, sonaron las chicharras y al poco tiempo el
tren arrancó de nuevo. No hizo ni cincuenta metros cuando la madre volvió a
enrojecer.
—¡Qué
hacés, Agustín! ¿Cómo le vas a hablar así a ese hombre? ¡No lo hagas más! ¿Me
oíste? ¿En qué estabas pensando? ¡Eso no se hace! ¿Cómo le vas a dar charla?
¡No aceptes nada de lo que te ofrezcan! ¿Qué te pasa? ¡Ahora le voy a contar
todo a tu papá! ¡Nunca se sabe con quién estás hablando! ¡Mirá si ese hombre me
hacía algo! ¿Cómo sabés que no nos va a lastimar? ¿Cómo sabés que no está
borracho? ¿Cómo sabés que no es peligroso?
Con
cada pregunta retórica, con cada exclamación, la cara de la madre latía más y
más, titilaba de un rojo escarlata a un rosado pálido. Soplaba y resoplaba las
críticas como el lobo feroz, incapaz de voltear la casa de ladrillos del último
cerdito.
Agustín
ahora se iba hundiendo más y más en su asiento. Miraba los diez pesos que tenía
en la mano mientras oía el monólogo de su madre. Pensaría qué se podía comprar
con esos diez pesos, que ahora eran suyos. Y que el mundo de los grandes es
complicado, demasiado complicado como para intentar comprenderlo.