16 de octubre de 2019

Plaza Dorrego


El bar de la Plaza Dorrego no llegó a ver el tiempo en que el ombú gigante daba sombra a las caravanas variopintas de ganado y caballos que doblegados por el sol de la llanura se detenían ahí mismo a buscar agua y sosiego, en su peregrinación final hacia Plaza de Mayo. Ese cuadrado de tierra reseca y sombra milagrosa parecía haber sido puesto ahí, con ese propósito, incluso antes de que el mundo fuera mundo; cuando Buenos Aires era todavía una barranca de juncos torvos precipitándose a un río bravo.

El bar de la Plaza Dorrego vino mucho después, alrededor de la época de la fiebre que diezmó esta y otras manzanas de alrededor. Entonces habría el paisaje que inspiró tantos cuadros: el de callejuelas vacías y valijas a medio armar en zaguanes abandonados, que los dueños nunca llegaron a llevarse en su fuga al norte.

Hoy el cuadrado de tierra milagrosa es un cuadrado de baldosas, rodeado de cafés y restaurantes, y lleva el nombre de un gobernador de Buenos Aires fusilado por tomar un bando de la grieta en que se asentó la Patria. La grieta es eterna, simbólica, fundante, necesaria. Unas cuadras más allá, siguiendo el camino que seguían las caravanas y la hacienda, frente a la plaza justiciera de los cabilderos y de la mazorca, hay la casa de gobierno que fueron dos edificios y que un arco paradójicamente improvisado y pergeñado unió. La asimetría de la fachada es ultrajante, seductora. Peronistas, radicales; Unitarios y Federales; Boca, River; campo o industria; capitalismo o justicia social. La grieta es una y sus nombres muchos.

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