24 de noviembre de 2019

La llanura pampeana


Habitualmente paso frente a la Facultad de Veterinaria a toda velocidad, esquivando en bicicleta el tránsito asesino de la avenida San Martín. Pero esa vez creo que pasé más despacio que otras veces, o será que, cuando vi al hombre, algo me impresionó y el tiempo se demoró un poco. Era un tipo flaco, adulto, y no parecía ni docente ni alumno. Llevaba remera, bermudas, una gorra gastada: su uniforme sencillo para combatir este calor irracional de noviembre.

Se había detenido frente a una reja. Del otro lado, un rectángulo de tierra reseca donde el pasto crecía rebelde, apenas adivinado, detrás de una pared baja por sus penachos ondulantes. Y un poco más allá, dos caballos que rumiaban. El sol de la mañana reverberaba en las crenchas duras; una silueta de pelos emblanquecidos por el sol iba de las crines hasta la grupa y dibujaba las alzadas altas y recias. El hombre las miraba como si mirara caballos por primera vez.

Pensaba yo, mientras pasaba a toda velocidad —o no—, que ese probablemente no fuera el caso, pero que sin dudas estaba como hechizado. Recostado sobre la reja —ahora lo veía mejor—, sostenido por el antebrazo apoyado en ella, y en él descansando la frente, miraba este espectáculo increíble.

A lo mejor a todos los hombres y mujeres que nacimos acá en la llanura nos pasará lo mismo alguna vez, si escuchamos su llamado; si leemos sus símbolos. Nos tentarán el campo, el pasto, los árboles, el sol y sus fieras; un embrujo antiguo, una llamada salvaje, una invitación hedonista al mundo basto y feral de la gauchada o el malevaje; el encanto de una vida sencilla a la sombra, y bajo un sol mucho más gentil.

7 de noviembre de 2019

Atardecer de verano (casi)


Me late la sien y me siento enfermo, entonces se me ocurre ir a la ventana a tomar aire y aparece el atardecer, que siempre estuvo ahí, que estaba ahí antes de todo. Aparecen las nubes en el cielo como rasgaduras en un velo enorme; el sol dorándose sobre edificios lejanos, regulares, impersonales: las últimas caricias calientes de estos días que violentan el cuerpo con su bochorno.

Este momento -el del atardecer largo, suspendido en el aire-, parecía el último en que aparecerían las preguntas incómodas. Y como un viento al doblar la esquina, como toparse con algo nostálgico e inesperado en un cajón que se abre, llega; la voz pregunta: ¿qué estás haciendo con tu vida?

La sien late y siento un calor como de fiebre, y la respuesta es la de siempre, que estamos viendo. Entonces el viento sigue y las nubes púrpuras se parten en el cielo, como si el sol, caído tras el horizonte, las manoteara para llevárselas consigo a su noche misteriosa.