La mentira sale naturalmente para un espía internacional y reputado como él. Pero aquí no está trabajando. A esta fiesta no lo han invitado banqueros asesinos, mafiosos secuestradores, mentes maléficas con la megalomanía de conquistar el globo a las que a diario intenta penetrar para destruirlas sin sospecha, en nombre de un gobierno extranjero. James Bond está aquí porque la gente que conoce fuera del trabajo lo ha invitado. Y siendo la mentira un atavío a veces intolerable, y ahora, con unos tragos de más —de esos tragos sinceros que aflojan hasta a un hígado resistente, forjado en el curso de una larga carrera como el suyo—, le vienen ganas de decir de la verdad. De desembarazarse de todo lo malo que implica su labor cotidiana. De las tensiones, del miedo a la muerte, las consecuencias funestas de un eventual fracaso. Quisiera presentarse como el agente cero, cero siete, y responder cuando le pregunten por la enigmática cifra, que ésta indica que tiene licencia para matar. Que ayer mismo envenenó a un cuestionable hombre de negocios que complementaba su carácter filantrópico con el tráfico de armas, y que la semana anterior forcejeó hasta la muerte con un doble espía que venía siguiéndolo hacía meses.
Sin embargo, él y nosotros sabemos que tal conversación nunca sería posible salvo entre pares que, como él, entendieran sin que se los dijera lo que implica irse a dormir acosado por las visiones de una ética comprometida; que, viéndolo a los ojos, comprendieran el estrago de tantos arrepentimientos que le estrujan el alma, tarea correspondiente sólo a los compañeros eventuales de su misma cuestionable faena.
Entonces, todo terminará inevitablemente en otra mentira, como la de todos los días.
Cuando le pregunten a qué se dedica, responderá, como siempre, que es un hombre de negocios, que representa los intereses de un conglomerado internacional, que si no tiene un hogar fijo, una familia que lo acompaña, es porque viaja mucho y que sus múltiples y muy demandantes ocupaciones lo distraen de la buena vida que —imagina, sin confesarlo— han de gozar sus interlocutores eventuales.
Que nada de esto nos resulte tan sorprendente: seguro que varios de ustedes han sido engañados en un contexto similar. Y, sin ir más lejos: a los trolls a sueldo que atiborran las redes sociales de medias verdades o totales mentiras, les sucede exactamente lo mismo.