1 de enero de 2020

Feliz 2020


El corcho aterrizó en la mitad de la avenida. Dio unos tumbos torpes hasta los carriles al otro lado, donde descansó, imperturbable. Hay menos petardos y explosiones que otros años, pero Nilo ya corrió a esconderse debajo de la cama.

El cielo sólo se ilumina allá, en Puerto Madero, donde ha brillado para algunos pocos durante todo este año. Luces verdes y rojas encandilan las fachadas de torres en perpetua construcción, y justo enfrente los destellos intermitentes recortan la silueta de un tanque de agua que conozco de toda la vida. Quizá este año lo demuelan; quizá este año hundirán por fin los cimientos negros de una torre desalmada para que el cielo sea el privilegio de algunos.

Debajo, no muy lejos de donde aterrizó el corcho, se detuvo un Fiat Uno celeste. Dentro, una chica solitaria. Ante el semáforo en rojo, bajo el rayo blanco de las luces de la avenida, ella sacó el celular. Parece mandar un mensaje. Imagino que dice no, no pienso volver; a lo mejor dice también que no le van a volver a ver el pelo. Una moto zumba a su lado y cruza en rojo. ¿A quién le importa?

Nos servimos la sidra. Pienso en los solitarios de la calle a quienes las doce los agarran lejos de una mesa, lejos del brindis, lejos de una familia que los quiera, lejos de amigos que los abracen. O a lo mejor escapan de unas imposturas sobre las que pocos reflexionan, y de obligaciones a las que con gusto renunciaron.

Siempre que celebrábamos año nuevo en esta casa, alrededor de esta ahora, salía al balcón y miraba con la copa en la mano, pensando qué harían a esta hora toda la gente que iba en los autos. Las parejas que viajaban solas. Los taxis descarriados. Los colectivos condenados. Imaginaba escenarios extremos: una tragedia familiar, una pelea tremenda de vasos volando y reproches y amenazas y nos vamos y no volvemos más. No imaginaba otros escenarios posibles, como si vivir las fiestas con la familia fueran un mandato irrenunciable sólo perturbado por la miseria o la irrupción de algo trágico.

Pero hoy, mientras el humo se disipaba a lo lejos como bollos de algodón, brindamos los dos. Y se sintió como si de toda la vida hubiera sido así.

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