Nos mudamos a una casa de muertos. Esto quiere decir —entre tantas cosas, y en el plano más terrenal— que por todos los rincones encontramos objetos y muebles que no son nuestros. Muchas veces, a éstos los hallamos en estado de abandono, o avanzada su decadencia. A los que juzgamos capaces de revivir, les damos nuevos bríos a fuerza de trapeadas, limpieza y lustre; aquellos objetos que no vemos viable resucitar y los muebles que consideramos demasiado aparatosas para conservar (en el marco de la vida más frugal y sencilla que ambos deseamos practicar), hace tiempo que aprendimos a dejarlos ir. Así fue como, tras de cada vez más breves deliberaciones sobre lo que se queda y lo que se va, regalamos o abandonamos en la vereda una cuota importante del mobiliario de la casa, que, en el curso de estos tres años que llevamos habitándola, conviviendo mansamente con memorias ajenas, recién pareciera alcanzar un estado que podríamos llamar tolerable.
La parte más compleja de la deliberación está, por supuesto, en definir qué se queda y qué se va cuando la línea entre lo decrépito (es decir, lo inservible) y lo útil (es decir, el sentimentalismo) se pierde de vista. Y la respuesta para sortear esta situación —cuya incertidumbre yo podría dilatar hasta el infinito con mi nostalgia— radicó en predisponernos a pensar que todo se tiene que ir. La decisión no es tan tajante; hay un matiz —casi ilusorio. El método es sencillo: señalamos al azar un objeto o un mueble, y nos consultamos en voz alta: “¿se queda o se va?”, así, sin medias tintas. La que resuelve es algo así como una imaginación, una figuración del porvenir, una mirada incierta que ve como adentro de un pozo y dicta entonces su voluntad, que comunica a la conciencia y ésta la plasma en voz. Así aflora una respuesta (esta ponderación, que revela si tal objeto o tal mueble están en nuestra vida futura, ocurre en una fracción de segundo). Para sorpresa de ninguno de los dos, en la mayoría de los casos la respuesta es “No”.

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