17 de diciembre de 2017

«Pedro»

Por cuestiones laborales me toca conocer a un hombre de esos con los que jamás compartiría un momento de mi vida —si pudiera elegirlo— como no fuera por la obligación del trabajo cotidiano. No tengo contacto más que a la distancia, y de hecho no lo vi jamás en persona. Sí escuché su voz. Suena como un gordito rubicundo de papada grande, de voz un tanto aflautada e inofensiva. Sin embargo, está lejos de ser inofensivo, como cualquiera que hace de su trabajo defender a un alto funcionario nacional con poder de sobra para provocar toda clase de descalabros en la vida de la gente.

Su labor tiene algo de mágico: implica, como hacía el rey Midas, volver oro todo lo que toca. Salvo que en lugar de volver oro las cosas, la transformación que opera es hacer que la mierda no huela mal. Todas las herramientas le son válidas. Desde torcer la verdad hasta mentir, no habría nada que no considerase hacer.

Como la supervivencia de dicho funcionario está supeditada a un convulso humor popular (pero todavía inofensivo), agravado aún más por la escasa efectividad de éste al momento de cumplir su labor y la violencia con que acepta desempeñarla al dar rienda suelta a las fuerzas de seguridad bajo su mando —al borde de avalar el uso desmedido del arsenal policíaco—, el contacto con la mierda, es decir, con el caudal de informaciones y situaciones adversas, es intenso. Este río de bosta crítica es cada vez menos caudaloso de parte del periodismo y los medios de comunicación masiva, pero más a través de la participación ciudadana en las redes sociales. Justamente ahí es donde Midas agita sus manos y prestidigita las excusas, falacias y demás argumentos áureos.

Agarro el teléfono y miro su foto en Telegram. Hay una bebé. Supongo que es su hija. De inmediato imagino que ha de tener una mujer en su vida, la madre de la criatura. ¿Cómo será su vida? Imagino contándole a ella su día, lo mismo que hago yo. ¿Le contará con detalles lo que hace? ¿Le contará que hoy ha mentido, que ha promovido historias falsas para hacer que la mierda no huela? A veces pienso que no cuenta los pormenores de su trabajo a la mujer porque anticipa el disgusto de ella; otras veces pienso que sí lo hace, y la mujer lo toma como una tarea más: quizá este Midas de pacotilla no carezca de ética y haga esto porque ambiciona cosas mayores, mejores, sanas, pero bueno: «este es por ahora el camino». En el peor de los casos, la mujer avala su función: es noble para ella hacer que la mierda carezca de olor, está defendiendo a un íntegro funcionario del gobierno, y si es necesario para ello tapar que está bien el uso desmedido de la fuerza, mi amor, que así sea, defendelo, decí lo que haga falta que a estos negros de mierda hay que ponerlos en caja.

Supongo después que viven en una burbuja con otros que piensan igual. Otros a quienes podrá contarles que su trabajo es alterar la percepción de la realidad sensible sin el menor resquemor, y aún más, que sus interlocutores aceptarán como válido y necesario su trabajo, al borde de un aplauso aprobador que la mujer vería con lágrimas en los ojos.

¿Qué clase de valores le transmitirá a esa criatura? Quizá un extraño concepto del deber y la lealtad hacia los superiores. A lo mejor, una versión purificada de lo que antaño llamamos acá la obediencia debida. Entre las dos versiones hay una diferencia abismal: en el primer caso, la actitud es activa, pero en el segundo llega pasivamente, casi como la única respuesta posible a una acusación. Y será así que su hija ahora adolescente ha leído en la escuela acerca del gobierno argentino en el tiempo en que su padre trabajó; a él le parece por el tenor de sus cuestionamientos que en lugar del manual de educación cívica ha estado hojeando el Libro Rojo de Mao. La hija rompería el hechizo, tocaría a su padre, y lo volvería mierda.

En un mundo ideal —el peor mundo posible—, personajes como él y sus protegidos evolucionarían hasta volverse desclasados sociales, parias por asociación con el delito de traición popular. Sin importar su formación, serían desplazados al último escalafón social donde sólo les darían los peores trabajos; serían condenados a vivir en el otro extremo, en la periferia de la ciudad, imponiéndoles horarios imposibles; los mirarían siempre de reojo aquellos a quienes engañaron una y otra vez.

Pero no estamos en el mundo ideal —el peor mundo posible— sino en éste, donde nadie les priva del amor, del respeto, de la secreta admiración. Entonces vuelvo a ver la foto, y pienso: «quizá no sea su hija: debe ser su sobrina. Sí: es su sobrina». 

16 de diciembre de 2017

Tormenta

Hablan de «la calma antes de la tormenta»- ¿A qué calma se refieren, exactamente? Previo a la tormenta no existe ninguna calma. El cielo se oscurece y una brisa comienza a succionar y exhalar el aire del ambiente, anunciando remolinos venideros. Un poco a lo lejos, ya se distinguen los relámpagos. Iluminan el horizonte con un tenue color anaranjado. A la par del calor —que ha desaparecido de la calle—, el cielo pareciera haberse chupado también los sonidos de los autos y la gente, llevándoselos hasta las nubes y escupiéndolos todos juntos como truenos cada vez más salvajes.

La ausencia del ventarrón subsecuente y de la lluvia no implica calma. Antes bien es un purgatorio, el limbo inexacto dónde vivimos con el preaviso de una desgracia inminente, pero que no se sabe bien cuándo ni cómo va a llegar. ¿Hay «calma» en la antesala de la tormenta? ¿Hay paz ante el evidente descalabro?

Los animales comienzan a inquietarse. Se despiertan de una larga siesta, miran hacia arriba y ya saben lo que está por pasar. Los adultos corren a sacar la ropa tendida, y ya piensan en regresar a sus hogares estén donde estén. Todo lo que estaba sucediendo se ve interrumpido por la advertencia de la tormenta.

¿Qué nos dice de la ansiedad esta supuesta «calma»?
La metáfora no es «la paz» antes de la tormenta: es «la ansiedad desatada e incontrolable antes de que lo peor suceda».

El cuarto de los cachivaches

En uno de los rincones de la sala de granito celeste, justo donde por muchos años estuvo la repisa de los muertos —una cómoda de madera que juntaba polvo y flores secas frente a las fotos de los abuelos—, jugaba yo a imaginar que manejaba un colectivo. Me sentaba sobre un banquito de mimbre y sobre el asiento de una silla de madera de adultos giraba un volante de camión que había llegado a la casa como tantos otros objetos, de la manera más azarosa y antojadiza posible, en manos de mi abuela, mis tías o algún conocido, y muchas veces sin que nadie supiera recapitular muy bien la historia detrás cómo habían dado con ellos.

En aquel entonces poco me interesaba de dónde salió el volante. Doblaba en esquinas imaginarias y mientras tanto lo sacudía de arriba a abajo, golpeándolo, para imitar los sacudones del adoquinado que todavía hoy está sobre la calle Azopardo. Creo que manejaba un 86. Hasta había pegado en el respaldo de la silla un espejito imitando los retrovisores del colectivo. Entonces hacía que mi tía o mi mamá se sentaran detrás y fingieran ser mis pasajeras. Sólo sería capaz de ver sus piernas y sus rodillas desde mi banquito de mimbre, ahora no más grande que el largo de mi pie derecho.

Perdí la cuenta de cuándo este juego se volvió aburrido. Habrá sido sin duda cuando superé la altura del volante sobre la silla de madera, aunque lo más probable es que haya sucedido en el momento mismo en que mis caderas no entraron más en la sillita de mimbre. Durante algún tiempo el volante, la silla y la sillita permanecieron en ese rincón sin que nadie jugara con ellos. Cuando luego de un período de tiempo decoroso y aún mayor se evidenció que la madurez para este tipo de diversiones había llegado definitivamente, el volante, la silla y la sillita fueron a parar al cuarto de los cachivaches.

El cuarto de los cachivaches está a medio camino del pasillo que conecta dos extremos del departamento. En uno de ellos está la cocina; en el otro, la habitación y un poco antes de llegar a ella el acceso a la sala del piso celeste. El dintel de la puerta de este ambiente es pequeñito en comparación con el resto de las puertas de la casa, todas ellas proporcionadas a los más de tres metros de altura del techo. Esta característica hace parecer al cuarto como de segunda categoría, como si su lugar no estuviera acá en esta casa sino en otro donde no era un hermano menor, pobre y adoptado. Y aunque hay una entrada más grande en la esquina opuesta donde yo me sentaba a jugar que manejaba un colectivo, ésta está ya clausurada y la falta el marco superior que se extiende casi hasta el techo rematando la puerta, de modo que se trata de una puerta grande, sí, pero bastarda.

A pesar de todo había grandes planes para esta habitación. Durante un tiempo la familia la había usado de comedor diario. Frente a la ventana que daba al pulmón de aire del edificio había una mesa, con su juego de sillas alrededor, y en el extremo opuesto a la diminuta puerta, contra la pared, una vitrina con platos y cubiertos de uso diario. El piso estaba preparado para que le colocaran unas baldosas de granito similares a los de las otras dos salas de la casa, pero en color beige. Así, todo estaba listo para incorporar este cuarto a la familia de la casa.
Pero esto nunca pasó.

Una tarde mi abuelo viajaba en el subte cuando lo fulminó un ataque al corazón. A mi abuela se lo comunicaron desde la comisaría cerca de casa y le hicieron el favor de entregarle el cuerpo sin hacerle autopsia para que lo pudiera enterrar cuanto antes. Entonces ella, que hasta entonces había sido ama de casa, que había dejado su Italia natal a regañadientes, siguiendo a sus hermanos, convencidos de que la Argentina de la posguerra era un país más próspero que su patria, tuvo que hacerse cargo de las dos hijas adolescentes y una de tres años, y salió a trabajar. El comedor diario dejó de ver muchos almuerzos diarios ya que de día las chicas estaban en el colegio, y de noche mi abuela salía a cuidar algún enfermo.

Con el tiempo, el cuarto fue desplazando a la gente a otros ambientes de la casa. Empezó a llenarse de objetos: sillas rotas, muebles a los que le faltaba una de las ruedas (pero que ya se lo irían a arreglar), canastos, bolsas y diarios viejos que siempre para algo sirven. Se irritó de que nunca la hubieran puesto el suelo, y dejó caer para siempre la persiana que daba al pulmón del edificio tiñendo todo de una penumbra gris.