26 de agosto de 2019
Una escena nocturna
Es tarde; ya son más de las 12. Estoy sentado en la silla y Nilo está acostado sobre mis piernas. Me entumece. Levanto levemente los talones para que el regazo le quede parejo, equilibrado, imperturbable. Me gusta verlo dormir. Me da su espalda, silenciosa. Los pelos del lomo se entreabren plácidamente con cada inhalación. Brillan en la luz tenue. Lo acaricio con ambas manos y siento el calor de su carne, la suavidad de su pelo, arremolinándose entre mis dedos.
En la calle, se oye el lento corcoveo de un auto. El silencio de la noche desnuda los sonidos singulares que la marea del tránsito ahoga de día.
Alfarez estudia en la mesa. Pasa las páginas de un libro. Escucho el papel doblarse, recostarse, recibir otra hoja encima suyo, y otra, y otra. Entre ella y nosotros, y entre nosotros y la ciudad, hay un silencio espeso, pesado, como el que se oye debajo del agua.
Quisiéramos que la vida estuviese plagada de momentos extraordinarios, pero más bien está hecha de estos momentos difusos que son la norma y los signos de su lenguaje. Únicos, pero repetidos. Percibidos, pero olvidados. Serán un recuerdo solamente si se los fija. Si no, serán materia de sueños, excusas de un déjà vu efímero; se confundirán tanto entre sí con otros similares que nunca habrán existido. ¿Será entonces que nunca habremos vivido?

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