
Las personas suelen detenerse compungidas a recordar a los muertos en los lugares donde hay tragedias, en las esquinas donde ocurren los atropellamientos, en los sitios de los robos o tiroteos, en las casas tomadas que el fuego de un anafe mal conectado arrasa en la noche. Sorprende que no suceda algo similar en los hospitales, donde la muerte es moneda corriente. Será acaso por esa misma razón: porque la Parca recorre a sus anchas esos pasillos, acaricia esas paredes, exhala su aliento en el aire húmedo y estancado que nos ha de envolver a todos, si no nos ha envuelto ya.
Esta habitación se encuentra en un extremo del viejo edificio del hospital. Da a la avenida la única ventana que tiene, una ventana enorme con persianas de madera abiertas de par en par. Al otro lado se ve la primera luz de la tarde y se oye el sonido de la vida que se agita afuera, colectivos y autos van y vienen, flotan en el aire fragmentos de conversaciones pasajeras, quizá se oiga alguna risa. Pero al interior, de este lado, la atmósfera es muy distinta. La sombra siempre gentil del árbol que está en la vereda, acá entra en forma de penumbra: se arrastra sobre las paredes como una mancha negruzca que ondula con el viento. El ambiente se torna frío de súbito; luego, se pone espeso, colmado de olores que rivalizan, revueltos por correntadas pasajeras.
Hay cuatro o cinco camas en la habitación, pero sólo hay una ocupada. Sobre ella, una mujer muy mayor está arrumbada, sostenida por unas almohadas que la empujan hacia delante. Una gasa mal puesta le cubre el torso, que se adivina reseco y arrugado. Luce como si le hubieran tirado encima un repasador, poco más que un anticipado sudario. En los cestos de ropa sucia hay sábanas revueltas y en los estantes del baño las pelelas limpias se apilan hasta el techo.
Pienso que no hay duda de que la gente viene aquí para morir. Y si bien en los hospitales las personas mueren en cualquier parte —en los quirófanos, en las salas de terapia intensiva, penando en las camillas de la guardia, transitando perdidos los pasillos mientras buscan quien los atienda, o patinando en los mosaicos aún mojados de jabón—, esta habitación parece reservada para ese propósito. Es donde la muerte se demora en venir, donde no tiene urgencia en llegar porque de una u otra manera aquí la están esperando, donde nadie ya se irá a ninguna parte.
Una médica vestida de azul va a pasarse cada tanto. Le hablará a la señora. Le preguntará si está bien, y ella asentirá, murmurará algo. Luego intentará decir más cosas, incluso después de que la médica se haya ido. Se quedará intercambiando palabras vaya a saber uno con quién. Está sola. Se me ocurre que tal vez fue por poco que yo no haya sido testigo de la hora de visita. Que hace un rato sus hijos estuvieron con ella. Que le han llevado varios vestidos pensando en el día en que le darán el alta, y que ella ha elegido ponerse su favorito. Que su nieta se sentó a su lado en la cama y le acarició el pelo, que su nieto hizo pasear sobre las sábanas que cubrían sus piernas un auto de juguete, imaginando que recorría una pista de carreras. Que la han dejado extenuada y por eso duerme, luego de un baño reparador. Que a lo mejor el malestar será pasajero, y que al salir la señora encontrará delante de sí otros diez años para seguir andando, para seguir viviendo, para seguir palpando cariño, sorpresas y abrazos, con manos y pies que han reencontrado su vitalidad perdida.
Pero hay algo rancio en el aire, algo ominoso en las sombras de la habitación, algo obstinado en la desidia y el abandono que sugieren que eso tal vez no suceda. Que nadie la acompaña, ni la buscan o recuerdan. Que en esto no hay nada de pasajero. Que el único intercambio de palabras se da con espejismos de personas, con recuerdos o ilusiones en duermevela, y que cuando del otro lado hay una persona atenta, estará sólo para escuchar que me duele acá, me duele allá, me duele todo, me estoy muriendo, una comunicación limitada a determinar si el corazón late o no, o a precisar cuándo es que dejará de hacerlo. Que el último vestido lo lleva puesto y es esta gasa inmunda que le cubre el pecho huesudo y ceniciento.
Ahora la mujer duerme. Se ha derramado sobre la cama. Los brazos extendidos al costado, pegados a su cuerpo, la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha. Se me ocurre que fallecerá en silencio, mucho antes de que un médico la encuentre, y que si lo hace cerca de la medianoche, nadie sabrá si el último suspiro lo dio hoy u ayer. Y que tal vez ese dilema lo acabe definiendo una moneda lanzada al aire.
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