El otro día vi una abeja encerrada en casa. Quería salir por la ventana, pero la desorientaba el mosquitero. Por un momento, ella y yo nos encontrábamos del mismo lado del mundo. En otro momento, me hubiera embargado el pánico; la hubiera rociado de insecticida, esperaría a que se muriera, y la habría levantado del piso de inmediato para que no se la comiera ninguna de las gatas. Su pequeña y breve odisea acabaría en el tacho de basura; una menos en la colmena que nadie —de seguro— iba a extrañar. Porque en la dura realidad de la existencia abejeril ya están previstos los balances de la vida y de la muerte que, para cada día, estipulan el número de abejas que por la mañana salieron al mundo, pero nunca regresarán en la tarde.
Y la hubiera matado porque sí, porque eso es lo que hacemos las personas.
No por miedo. Sé que no soy alérgico. Lo sé porque tendría ocho o nueve años cuando me picó una abeja. Fue la única vez. Era verano y estaba de vacaciones en casa de mi tío. La abeja me aguijoneó el brazo y tuve que gritar varias veces para que algún adulto viniera a socorrerme. Los convocó un grito visceral. Yo no sabía qué podría necesitar de ellos para calmar tanto dolor, y por la breve escena de desesperación que se suscitó, al instante quedaba claro que ellos tampoco lo sabían (de grande me iba a enterar de que son muchísimas las cosas que los adultos no saben).
Al rato, mi abuelo apareció con un manojo de barro en la mano. Me lo untó sobre la picadura. En realidad, me embadurnó todo el brazo, que por entonces no era demasiado grande. Con un palmo le bastó. Supongo que habría discernido lo que había pasado por mis gestos, por el colmenar improvisado del vecino y, sobre todo, por mi llanto.
Este incidente no interrumpió la costumbre que mi primo y yo teníamos de enterrar las abejas que encontrábamos muertas en la Pelopincho todas las mañanas. Las pescábamos con el barrefondo y las dejábamos al sol de la mañana, sobre el suelo de cemento, donde esperaban que caváramos sus pequeñas tumbitas con algún palito. Luego, las arrastrábamos hasta su morada final. Con cruces improvisadas con ramitas y piolín de pizza, señalábamos el lugar de su descanso final. De cristianos no teníamos nada, pero sabíamos de alguna parte que las cruces velaban por los muertos. Todas las mañanas hacíamos lo mismo.
Hace tiempo que con mi primo no nos hablamos, y también varios años desde que mi abuelo murió. Oigo el zumbido de la abeja, y me pregunto qué habrá sido del vecino y sus panales. Me pregunto también qué sucede con esta abeja, y qué la habrá confundido tanto como para dejarla varada en mi lado del mundo. Dicen los que saben que gozan de un extraordinario sentido de la orientación. Pero viéndola insistir contra la malla del mosquitero, uno dudaría. ¡Cuántos recuerdos me trajo! (El tejido del mosquitero guarda una semejanza notable con el de la pala que usábamos para limpiar la pileta.) Quisiera contarle que en una época supe enterrar a sus congéneres con dignidad. Quizá eso garantizaría que no me pique. Aunque, por supuesto, no me entendería.
Entonces le pido que ya no zumbe más. Incluso le digo también que me cansó su zumbido. ¡Estúpida! ¿No ves el mosquitero? ¿No lo sentís, acaso? ¿No quisieras escapar por otro lado? ¡Abeja idiota! ¡Se terminó!
Entonces voy a buscar una hoja de papel. Busco también un vaso. Pongo la hoja delante de esta abeja, y con el vaso la sorprendo por detrás. Encerrada, la llevo a otra ventana, donde destapo esa jaula improvisada y la veo volar. Luego de zumbar estúpidamente sobre el cielo celeste, zigzaguea y desaparece. Por lo menos, no volvió a entrar.
Ese día me sentí tan noble conmigo mismo. Tan humilde, y tan modesto. Con una mano podía dar la muerte, y con la otra, la vida. Me pregunto si las abejas gozan de algo parecido al pensamiento. Cuando menos una intuición de supervivencia, o un terror a la muerte. Me pregunto si esa noche, dormida en su cubículo de cera hexagonal, habrá soñado conmigo.
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