4 de abril de 2018

Antigüedades

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Salimos del restaurante, y caminamos. Caminamos y llegamos al Obelisco. Ya no había casi nadie en la calle, sólo algunas personas durmiendo en el suelo a escondidas del mundo. Las luces de Corrientes y Diagonal nos llenaron los ojos mientras dábamos la vuelta. Compramos un chocolate en uno de los pocos quioscos que todavía estaban abiertos en Florida. Constatamos nuevamente que el chocolate con maní es uno de los inventos más nobles.


De nuevo sobre la calle Defensa, mirando una de las tantas casas de anticuarios, me detuve. En el medio del salón, más allá de las dos o tres esculturas de hombres desnudos volcando sus vasijas vacías en terraplenes imaginarios, estaba esa mujer, ahí, petrificada, en el medio de todo, mientras la luz le daba de lleno. Solamente a ella, como si la luna no fuera de nadie más.

"Mirá, Alfarez", dije, porque ella había seguido de largo. "Mirá esa estatua, esa tremendamente erótica estatua", pensé. Estaba ahí, como si Pompeya le hubiera explotado en la cara. Como si Medusa le hubiera devuelto la mirada. Como si algo horrible le hubiera pasado justo en el peor momento. Antes de que alguien le devolviera el beso o se animara a correrle el velo de las piernas.

Pésimo momento para quedar petrificada. Pero excelente momento para ser fotografiada.

Me pregunto como habrá llegado ahí, y qué habrá adornado antes. Espero que ninguna habitación. Después de todo, ¿qué peor castigo puede haber que la condena a mirar los momentos ajenos que ahora, hasta el fin de la eternidad, no parece destinada a seguir viviendo?

[3 de diciembre de 2016]

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