Estaba demasiado ensimismado y recién me di cuenta de los viejitos que viajaban sentados delante de mi asiento cuando me preguntaron que disculpe señor, que si si este tren va a José León Suárez. Les respondí que sí, me sonrieron, dijeron gracias, y se dieron vuelta.
Tenían la piel morena y el pelo todo canoso. Eran marido y mujer. Se notaba en el permanente buscarse las miradas, y en unas sonrisas cómplices que yo, sentado a unos centímetros y aún oyéndolos conversar, no podía entender.
Los observé largo rato sin que se dieran cuenta. Los vi reírse e inclinarse uno sobre otro buscando juntar los hombros. También los vi decirse cosas al oído y tantear sobre el asiento en busca de esa otra mano que habrán acariciado tantas veces.
Me pregunté cuántas vidas habrán vivido juntos en una sola vida, y qué clase de vida habrá sido. Una feliz, supongo. Una en la cual, incluso después de todos estos años, terminaron juntos para mirarse a los ojos en el tren como si fuera la primera vez.
[5 de abril de 2017]
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