2 de abril de 2018

Eloise y George

La imagen puede contener: una o varias personas, personas durmiendo e interior

Esa es la foto, y el texto de la noticia que la acompaña dice que un hospital militar en el estado de Virginia, en los Estados Unidos, decidió hacer una excepción a las reglas habituales para acomodar a los deudos de un paciente internado, y permitió que Eloise, de 91 años de edad, duerma en una cama a la par de George, su moribundo esposo de 94 años, quien ya está en una sala de terapia recibiendo los cuidados paliativos en espera del último suspiro. Estuvieron casados 73 años y tuvieron dos hijos, a quienes han sobrevivido, sin duda con gran pesar. Ahora sólo se tienen el uno al otro, y, dentro de poco, ya ni siquiera eso.


Setenta y tres años es una enormidad, una asombrosa cantidad de tiempo, siempre, pero quizá lo parezca más ahora, en esta época de gratificaciones instantáneas, de relaciones pasajeras, mediadas, virtuales, virtualizantes y, en ocasiones, un tanto superficiales.

Vaya uno a saber qué versión del amor habrán encontrado Eloise y George. Si la acartonada por la rutina y la inercia amodorrada del tiempo o, por el contrario, el Santo Grial del amor verdadero, el de todas las canciones y los poemas y las añoranzas que hacen eco en las dos mitades de los corazones rotos.

Quizá Eloise y George, además de ofrecer una historia de color a los portales de noticias (que muy probablemente no se harán eco de la muerte de uno u otro cuando finalmente los encuentre), al darse compañía en la muerte estén dando un ejemplo a largo plazo a quienes lo sepan encontrar. Porque de seguro nadie merece morir solo, ni pasar los últimos días lejos de la presencia de alguien que la esté honrando en virtud de un vínculo, presente o pasado, con más o con menos amor.

Por eso a veces quisiera creer que Eloise y George vivieron la vida acartonada, que se hastiaron hasta el cansancio el uno del otro, que se metieron los cuernos hasta tres y cuatro veces, que se pelearon a los gritos en la vereda hasta que se les quebrara la voz. Que el haberse querido alguna vez, el declararse amor eterno regalándose una flor, así la emoción hubiera durado sólo un momento, incluso cuando no durase ni la mitad de esos tres cuartos de siglo que pasaron juntos, los hubiera compelido a mirarse a la distancia toda la vida, a cuidarse con el pasar de los años, aun si entraran y salieran de sus vidas y sus corazones otras personas; pero más aún si a alguno lo hubiera encontrado la soledad, para no llegar, precisamente, a verse en el final del camino sin nadie que los tomara de la mano y entrelazara una última vez los dedos con los suyos.

[14 de enero de 2017]

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