Esta cucaracha estúpida desconoce el vidrio. Ha de suponer —si pudiera hacer tal cosa— que entre ella y las migas de pan se opone una voluntad ajena, algo así como un Dios, un Dios cucaracha mezquino y cruel que no la deja comer, y ha de creer que sus continuados cabezazos al borde del plato sin dudas podrán vencerlo.
Sus antenitas se agitaban en el al aire cuando la tiré al suelo de un cachetazo. Cayó con gracia, despacio, como planeando, y aterrizó con gentileza. Pero —y contrario a lo que indicaba toda experiencia— no huyó. El espanto de lo que ha sucedido no la conmueve en absoluto. Se queda ahí, quieta. Quisiera decir que petrificada, pero ello supondría terror, y no había miedo en esta cucaracha. Si pudiera ver su cara, si acaso mis ojos fueran capaces de llegar a tanto —y si las cucarachas tuvieran algo así como una cara y fueran capaces de esbozar una expresión—, es casi seguro que la habría visto contemplando hacia el cielo de mi cara con un gesto de aceptación.
Continúa ahí cuando levanto la pierna, inmutable incluso mientras la sombra de mi pie se agigantaba irremediablemente sobre ella. Ahora quisiera haberle dicho en esos últimos instantes que su Dios cucaracha sí que era mezquino y cruel, pero la verdad es que en ese momento nadie dijo nada, ni ay, ni qué asco, ni nada. El pie cayó, hizo un sonido seco, y la vida —luego de esta pequeña muerte— siguió su curso.
[29 de marzo de 2016]
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