Soñé que estábamos en una galería. O mejor, antes que una galería creo que era un centro comercial, porque había negocios y escaleras mecánicas. Quizá fuera una combinación del Centro Cultural Borges, el Spinetto y Galerías Pacífico, todo junto, lugares que ya creo tan nuestros.
Se ve que la noche nos había sorprendido, porque muchos locales estaban cerrando ya. Aún así, la gente continuaba recorriendo los pasillos perfumados y rodeados de vidrio. De alguna manera, y vaya a saber por qué motivo, se me ocurre que es hora de irse. Voy hacia la salida, pero encuentro que una, y luego otra y otra, estaban cerradas. Las puertas no abrían. Mirándolas bien, parecía que las hubieran trabado con cinta adhesiva. Ceden un poco, pero no del todo, y yo no sé si es que no quiero forzarlas para no llevarle la contra a quien nos hubiera encerrado, o si en realidad no puedo hacerlo.
Con el tiempo, otras personas desearon salir. Todas encontraban el mismo obstáculo. Yo, que me había dedicado a dar una ronda por todas las salidas a ver si la cosa cambiaba, veía cómo hombres y mujeres se agolpaban ante las puertas y probaban salir. Pero estos intentos habrían de ser bastante inútiles, ya que ninguna puerta se abría. En alguna de las salidas se daba la escena de un tipo de seguridad que al otro lado del vidrio les daba charla. Diría algo que la gente comprendía, porque nadie perdía los estribos.
Al rato estábamos todos caminando de nuevo. Aunque las escaleras mecánicas ya se habían detenido, la gente las usaba, yendo o viniendo como si nada. A lo mejor, algunos que todavía se sorprendían con la noticia de que no podían salir continuaban frente a las puertas, empujando o conversando con voces al otro lado del vidrio. Caminaba yo también, sin saber del todo si estaba encerrado, o si simplemente estaba paseando.
Anduve durante un tiempo sin saber si quería salir o no.
Y al final, sí. Sí quería.
[26 de febrero de 2016]
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