18 de abril de 2018

Gatos


Son poco más de las 12 de la noche, y nuestro gato nos hace compañía. Se obstina en persistir, como nosotros. Está acostado sobre la mesa. Se lava, pero hace pausas cada tanto para echarse boca arriba hasta tocarse el pecho con sus patas delanteras, y raspar su espalda contra la superficie de la computadora en suspenso, o los lápices, o la bandeja donde a veces ponemos las tazas y las tostadas del desayuno que llevamos a la cama, pero que mayormente usamos para contener la serie de objetos que no podemos dejar librados en cualquier parte de la mesa, cuya presencia restringimos a esa pequeña cajita de madera porque tenemos demasiada pereza de llevarlos hasta la alacena. Ahí está, hurgando entre las últimas dos rebanadas de pan lactal, el azúcar y un sobre de mayonesa que por pura mezquindad nos hemos traído de alguna parte, Nilo se entretiene.

Como todos los gatos, cuando nos regala una mirada, lo hace transmitiéndonos la convicción casi sobrenatural de que detrás de sus ojos hay un entendimiento con el cual podríamos llegar a dialogar de igual a igual. Al otro lado de sus pupilas dilatadas, que delinean el delgado anillo de un iris casi anaranjado, nos compartirá su visión problemática acerca de la existencia terrenal y del ser en el mundo.

En el Antiguo Egipto cayeron rápido bajo la certeza de que los gatos sabrían algo que nosotros no. A su diosa de la justicia le encontraron cabeza de león, y los gatos por todas partes eran venerados por mantener a raya a las ratas. Se valoraban también por su tremenda habilidad para matar serpientes y cobras, que de otro modo hubieran diezmado el resto de la población que los antojos de los Faraones dejaban en pie. Los leones, con su agresividad y poder, representaban la autoridad real, y hasta las versiones domésticas de los felinos que podían encontrarse en las calles y las casas eran tratados con el mismo respeto que sus parientes lejanos.

Los egipcios les daban un lugar en sus jeroglíficos, y con sus efigies decoraban las joyas más hermosas. Penas severas y hasta la muerte se decretaban para aquellos que lastimaran o mataran a un gato. Y cuando alguno era hallado muerto en los callejones de la ciudad, almas anónimas los llevaban al templo de su diosa felina, Bastet, para que los momificaran. El proceso y la dedicación que le daban era el mismo que a los humanos. Varios miles de años después, ahí siguen, aguardando sus cuerpos (ahora exhibidos en los museos) el regreso oportuno de sus almas para la resurrección. El lienzo sagrado les cubre el lomo y también sus cabezas, sobre las cuales dibujaron grandes ojos celestes que todo lo ven, para que en la segunda vida continuasen viendo.

Nilo se acostó en la mesa. Le hablo. Se da la vuelta para mirarme a la cara, murmura algo, y luego sigue en sus cavilaciones. En su mente, más allá de las ventanas de sus ojos marrones y dilatados, hay algo de otro orden. Él ya lo comprendió todo. Yo no. Pero me tiene paciencia.

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