7 de abril de 2018

El Federal

La imagen puede contener: exterior

Fuimos simplemente para celebrar otro día juntos. Nos sentamos a la par de una pared en la que había un espejo algo descolorido y manchado que reflejaba todo el mostrador del bar.

Al otro lado, sobre una enorme barra de madera coronada por un reloj hundido en un rosetón tallado, merendaba una pareja. Llamaba la atención, porque eran más de las diez de la noche. Y entonces nos dimos cuenta de que la pareja era, en realidad, una madre con su hijo. Ella, ya bastante mayor, y él, ensimismado en la taza de café con leche, pisaría los cuarenta y pocos con la gracia de espíritu que le regalaba su retardo.

Los comentarios fugaces de los mozos con la señora evidenciaban que este era un ritual más o menos frecuente. Esta vez, por los bártulos que cargaban, cabía suponer que habían tenido un largo día de compras, y que vinieron acá para distenderse.

"Vamos, Sebastián", dijo la señora al ponerse de pie. Pagaron la lágrima, el café con leche y un bollo de pan, y se fueron sin decir nada más. A Sebastián nunca le conocimos la voz. Sólo supimos que, de vez en cuando, le gustaba darse vuelta, mirarse en nuestro espejo, y sonreír.

[18 de febrero de 2018]

No hay comentarios.:

Publicar un comentario