
A mí, por ejemplo, me gusta sentarme en alguno de los bancos que miran la costa del Río de la Plata en la Reserva Ecológica. Escucho a los pájaros y las cigarras cantando en un día de calor. Miro al agua jugar con sus botellas de plástico, coronando las olas que una y otra vez rompen sobre los escombros de la orilla. Imagino a dónde irán los barcos que veo a lo lejos. Entonces pienso que no es uno quien elige los lugares, sino más bien al revés, que los lugares lo eligen a uno. Porque tantas veces había pasado por ahí sin detenerme nunca a contemplar, hasta que un día lo hice. Y no porque yo lo quisiera, claro, sino porque así lo quiso el lugar (o las sirenas fluviales que nadie puede negar que no lo habitan).
Y quiso también el lugar que tiempo después yo eligiera para sentarme este banco verde. Mi mirada paseó por los camalotes ennegrecidos que se pudren en la costa, por el suelo de tierra dura y pasto seco bajo mis pies, y mientras estaba en eso de pensar en no pensar dio con uno de los tantos mensajes de amor que deben adornar cuanta madera haya a la vera de los senderos. Decía (sic): “Si te extraño pensando en vos siempre”. Entonces le tomé una foto. Y pensé.
Lo primero que supuse fue que eso lo escribió un hombre. Lo segundo, que quiso decir que sí, que la extrañaba, como respondiendo a una pregunta que sólo él oiría, y que tenía tantas ganas de decirlo que la efusión del momento le hizo olvidarse de poner el tilde donde correspondía para hacer de ese “Si” condicional, el “Sí” categórico que ella se merecía. Después me pregunté qué habrá pasado. ¿Habrían estado los dos juntos cuando él escribió ese mensaje, deseando que ella viera cómo perpetuaba sobre la madera esta verdad hasta que la intemperie, con todas sus lluvias y sus soles, se la llevara consigo para siempre? Pienso que no, que probablemente habría estado él solo, ahí, frente al agua, como estaba yo ahora, recordándola. Extrañándola. ¿Qué habrá pasado?
Quizá ella lo hubiera abandonado. A lo mejor él la había dejado a ella y comenzaba a arrepentirse. O tal vez se hubieran hecho un daño mutuo más allá de cualquier perdón. Pero no. No creo eso. Y no porque sea un razonamiento doloroso y triste, sino porque en tal caso él hubiera comenzado su mensaje disculpándose, y reiterando luego lo que ambos sabían que sucede a la distancia —física o emocional—, que es esto de extrañarse y pensarse siempre, todo el tiempo. Acá pasaba algo de otro orden. Donde espíritus más vulgares sólo dejan asentados sus nombres, y donde sensibilidades menos refinadas dibujan iniciales y corazones, acá se había plasmado un mensaje más profundo, testimonio de una verdad más sincera: que él la extrañaba y que todo el tiempo pensaba en ella. ¿Pero qué había motivado la escritura misma de este sentimiento?
Seguro es apenas un jirón, un retazo de emoción arrancado por una penuria circunstancial. Este mensaje sobre la madera vendría a ser como los charcos de agua que dejan las olas sobre las piedras al romper contra la orilla, una parte muy pequeña de un todo enorme. Quisiera creer también que él le ha confesado siempre muchos sentimientos, que le ha dicho y escrito tantas cosas más, y que ella ha hecho lo propio. Estaría claro entonces que se quieren, quizá más cuando no están juntos. Y que cuando lo están, son felices. Con esa felicidad que les haría pasar el tiempo en la cama intentando mantenerse despiertos, porque sabrían, como lo saben los que comparten su suerte, que tocarse, acariciarse y mirarse es mucho mejor que cualquier sueño que pudieran llegar a tener si se durmieran; y que aún cuando lo hicieran —como inevitablemente lo hacen—, estando uno al lado del otro descansarían tan profundamente, tan relajados, y con tanta dicha, como nunca podrían hacerlo cada uno por su cuenta.
Entonces se me ocurre algo que hasta el momento no había considerado: que este mensaje hace mucho que está escrito ahí. Ni el desgaste del banco ni el de las palabras, que empiezan a perder algunas de sus letras, permiten adivinar eso, o suponer lo contrario. Sería posible que ella hubiera regresado ya de donde fuese que estuviera. Él la habría esperado con ansias, y se habrían abrazado, confesándose al oído todo lo que debían. Y habrían tenido toda una vida juntos.
Incluso es posible que la estén viviendo ahora mismo. Estoy seguro de que es así. Y pienso que tal vez a él se le pueda haber estrujado inexplicablemente el corazón, al mismo tiempo que a ella se le abría misteriosamente un pozo en el estómago. Como si al leer esas palabras que leí en el banco de madera yo hubiera despertado de un largo olvido un dolor tan grande, un momento tan funesto, una oscuridad tan espesa. Y tal vez ahora andan los dos sintiéndose mal, sin saber por qué.
Tenemos que remediar eso. Pienso que tendrías que acompañarme, Alfarez. Deberíamos ir juntos. Sentarnos en ese banco de madera donde se lee que sí, que te extraño y pienso en vos siempre, y vos podrías escribir que no hace falta, que acá estoy, volví.
[28 de enero de 2016]
No hay comentarios.:
Publicar un comentario