25 de julio de 2018

La palabra y los gatos

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La triste noticia me llegó por el Twitter de una entidad protectora de animales perdida en algún lugar de Latinoamérica, azarosa como puede llegarnos cualquier noticia en el curso del día. Contaba del fallecimiento de un gato tras una breve agonía. A las palabras nostálgicas seguían las fotos de las curaciones y la fallida recuperación. El animal tenía todo un costado del cuerpo quemado; el pelo chamuscado se arremolinaba alrededor de la mejilla sin avanzar sobre el ojo ni sobre ese gesto señorial que suelen adoptar los gatos. Se había incendiado por accidente, o lo incendiaron. No tuve la paciencia, ni el estómago, ni el corazón para averiguar de cuál se trataba: además, se parecía mucho a Nilo.

Las palabras lo llamaban Valiente, nombre que sin mucha imaginación le habían dado al gato. Éste hubiera sido provisorio si alguna familia que lo adoptaba elegía cambiarlo por otro que hubieran entrevisto mejor reflejado en su idiosincrasia; o, por el contrario, sostenido, si prefiriesen el recordatorio perpetuo del percance afrontado. Por una u otra optaban los dueños de tantos otros animales rescatados.

Valiente fue un nombre ominosamente provisorio, pero altamente simbólico. Usaron la palabra para describirlo; usaron más palabras para explicar que sus últimos días no los vivió en la calle solitaria, sino conociendo el amor y la preocupación, acaso tan patentes como la incomprensible sensación del fuego y del ardor y de la sofocación que súbitamente habrá comenzado a sentir. La naturaleza de su pura sensación y de su neto presente creo que nos resultarán siempre incomprensibles. Extraña paradoja, porque ¿qué nos quedaría de todas las cosas profundamente inexplicables del mundo sin la intervención de las palabras?

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