
Las palabras lo llamaban Valiente, nombre que sin mucha imaginación le habían dado al gato. Éste hubiera sido provisorio si alguna familia que lo adoptaba elegía cambiarlo por otro que hubieran entrevisto mejor reflejado en su idiosincrasia; o, por el contrario, sostenido, si prefiriesen el recordatorio perpetuo del percance afrontado. Por una u otra optaban los dueños de tantos otros animales rescatados.
Valiente fue un nombre ominosamente provisorio, pero altamente simbólico. Usaron la palabra para describirlo; usaron más palabras para explicar que sus últimos días no los vivió en la calle solitaria, sino conociendo el amor y la preocupación, acaso tan patentes como la incomprensible sensación del fuego y del ardor y de la sofocación que súbitamente habrá comenzado a sentir. La naturaleza de su pura sensación y de su neto presente creo que nos resultarán siempre incomprensibles. Extraña paradoja, porque ¿qué nos quedaría de todas las cosas profundamente inexplicables del mundo sin la intervención de las palabras?
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