La semana pasada la National Geographic se acordaba del aniversario de las primeras excavaciones en las ruinas del antiguo palacio de Cnosos en la isla de Creta, a comienzos de 1900 y a manos de un inglés. El hecho sucedía poco más de veinte años después de que un empresario griego y entusiasta de la arqueología llamara por vez primera la atención sobre la riqueza arqueológica del sitio, tras aventurar, siguiendo las indicaciones geográficas e históricas de varias fuentes tradicionales, una modesta exhumación que lo llevó a presumir el hallazgo del laberinto del Minotauro.
Las fotografías actuales de las ruinas revelan los restos de las galerías y salas del palacio en el previsible estado de deterioro en que las dejaron los varios terremotos sucedidos todavía en su era de esplendor (la propensión de Creta a los temblores es proverbial), y la consecuente dispersión de fieles, esclavos y gobernantes, quienes sabiéndose incapaces de impedir el nostálgico soterramiento de tres mil años y tantísimas toneladas de piedra y de tierra que sobrevendría, lo dejaron abandonado donde estaba como quien suelta un pájaro en el bosque después de curarle un ala rota. Cuando los helénicos de la época clásica encontraron años después las enormes ruinas del palacio, creyeron que ahí habían vivido los dioses.
Mientras el inglés hacía sus excavaciones en Creta, acá en San Telmo alguien estaría colocando las baldosas del vestíbulo de casa. Comparten con las ruinas de Cnosos el colorido diseño que me pareció de repente una cualidad intrínseca de todas las cosas añosas. Una baldosa peculiar subsiste íntegra. La sacaron para tender un caño nuevo donde su antecesor de plomo se rindió. Mi exhumación es más modesta; debajo de la baldosa se lee Lorenzo en bajorrelieve; no distingo mucho más.
A lo mejor dentro de miles de años alguien exhume las ruinas de esta casa también. Y hasta quizá entrevean entre los restos de las paredes y los suelos las antiguas pisadas de Nilo en el cemento, e intuyan que aquí supimos ser felices.
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