21 de julio de 2018

Bukowski lector de Marx


Bukowski deploraba su trabajo como cartero. Aborrecía la idea de levantarse antes de que saliera el sol para entregar las mejores horas de su vida a las procesiones infinitas de una burocracia secreta al servicio del bolsillo y la grandeza de otra persona que no fuera la propia. Porque, al fin y al cabo, cuando se agotara la salud y el cuerpo no diera abasto con los itinerarios, nadie —ni el Estado a quien sirvió— se acordaría de él y de muchos otros.

Al menos una vez, Bukowski deploró también a Marx, a quien consideró ya viejo cuando promediaba el siglo XX, tomando la parte por el todo y confundiéndolo con los tanques en Praga menos que con las revueltas francesas del ‘68. Sabiéndolo y sin importarle, o sin saberlo del todo, Bukowski era la viva encarnación del obrero proletario de Marx. Quizá Bukowski se hallase más en Kafka, en Chaplin, en sus congéneres del servicio postal. Pero había llegado a la misma conclusión: el problema cotidiano era el capitalismo bajo la forma fabril, múltiple, de la vida urbana.

La tesis del eterno retorno de la historia está en los griegos, en Maquiavelo, en Nietzsche, en Kundera, en Borges, y en Marx, cuando famosamente dice que la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa.

A lo mejor todos los hombres y mujeres estén condenados a hacer los mismos hallazgos por su cuenta, ignorando la Historia Universal que los precede y los encierra; a lo mejor, la repetición de la Historia no se da a través del tiempo, sino a través de cada uno de los hombres y mujeres del mundo.

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