5 de julio de 2018

Un hombre común

La imagen puede contener: una o varias personas, personas sentadas e interior

El hombre se sentó en la mesa del fondo y tuvo que insistir para pedirle al mozo un cortado. Más atrás, yo me empujaba una milanesa cuando me preguntó si creía en Dios. Le dije que no. Él me dijo que tampoco, pero que un día no le quedó otra que empezar a creer. Agregó sin que se lo preguntara que su mujer murió atropellada trágicamente cuando salió desesperada y absorta del trabajo porque le habían telefoneado con la noticia de que su madre estaba internada con un pico de presión. Esa noche el hombre fue a la morgue, la reconoció, y lloró sobre el vestido gris. La pena era grande: a la muerte inesperada se sumaba el que esa mañana se hubiera quedado dormido sin llegar a despedirse de ella. Entre lágrimas interminables pidió por favor que ojalá esto no hubiera pasado, nunca. El pedido habrá sido escuchado.

Dice que despertó al día siguiente no en el suelo donde el sueño lo encontró, llorando aún, sino en la cama tibia del mismo día anterior. En la radio la misma canción, y un inexplicable olor a tostadas en el aire. De nuevo su mujer se había ido y él no se despidió. Corrió al teléfono (dice) para alcanzarla con la falsa premonición antes de que la agarrara el camión que la ultimó, pero cuando se comunicó al trabajo encontró que nadie conocía a su mujer. Ante la insistencia, le recalcaron que nadie con ese nombre había trabajado ahí, nunca.

Explica el hombre que descubrió después que el mundo en el que despertó era otro, similar pero diferente. Por ejemplo, su mamá se llamaba Graciela en lugar de Gabriela; tenía un hermano desconocido; en este mundo era taxista y en el que dejó había sido remisero; el colectivo 64 terminaba en La Boca en lugar de Avellaneda; tenía dos gatos en lugar de uno, y ninguno era similar al que había dejado aunque uno sí se llamara Óscar, como el que adoptaron con su mujer. Salió a la calle, desorbitado, cuando ella lo atajó. Volvía con fruta para el desayuno.

Supone que le concedieron un deseo divino a costa de usurpar la vida ajena de otro hombre como él, en este universo, donde las casualidades y el azar resolvieron que fueran diferentes, entre tantas cosas, la pequeña tragedia familiar.

Me quiso invitar una caña; pagué y me fui.

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