25 de mayo de 2019
Buda 2
Los acólitos que abrieron el sepulcro del maestro budista Kukai en el 837 u 838 lo encontraron con la cabellera crecida y la mirada serena. Otros hubieran pensado que esto era símbolo de santidad, pero los budistas desconocen este concepto. Los seguidores de Kukai lo tomaron como señal de la gran sabiduría de su maestro, creyendo incluso que no había muerto aún, sino que se hallaba en un estado de meditación profundo.
Para los discípulos de Kukai, esta sabiduría emanaba de los arcanos budistas que aprendió del Mahavairocana Tantra, en donde leyó de la relación entre el hombre terrenal y su continuación cósmica y trascendental. Los aprendices se convencieron de que Kukai, quien fuera concebido en el sueño de su madre en la forma de un hombre que pidió alojamiento en su casa y se introdujo en su vientre milagrosamente, había encontrado un método de persistir.
La escuela Shingon, fundada por Kukai, consagró la práctica del Sokushinbutsu: el ascetismo que comienza en vida y prosigue en el más allá. Los monjes que toman este camino se comprometen por tres mil días. En los primeros mil, los monjes aceptan limitar su alimentación sólo a los frutos secos que dan los árboles de alrededor. Recogen nueces o castañas que ingerirán con modestia y meditarán horas a los pies de una cascada helada.
La grasa dejó el cuerpo de los monjes entrados los segundos mil días, en que la dieta se reduce solamente a la corteza y las raíces de los pinos. Al final de este período, los monjes beben una infusión hecha con la savia del urushi, la cual es habitualmente extraída de este árbol como laca para muebles. El té es venenoso, y genera vómitos y cólicos. Así alivia al cuerpo de los últimos líquidos; la savia se asienta en la carne y alejará a los insectos hambrientos de ella.
Sobre el final, encierran al monje en su tumba. Se le da una campanilla y se abre un agujero en un extremo por donde un tubo deja entrar el aire. Todos los días el monje toca la campanilla. Cuando no hay más tintineo, la tumba es sellada. Cumplidos tres mil días, se abre la tumba, con la expectativa de quien abre un regalo, para ver los resultados: el monje, en posición de loto para siempre, se ha momificado.

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