No hay nadie en Bar Defensa; no hay nadie en muchos lados ya. El bolsillo aprieta y se nota más que nunca. El espectáculo del paisaje desierto se vuelve común. Elegimos una mesa frente al amplio ventanal que da a la calle Cochabamba. El mozo es nuevo. No nos conoce. Nos da la carta, que miramos por cortesía, porque desde antes de cruzar el umbral polvoriento, desde antes de salir de casa, sabemos qué vamos a pedir.
Miro por la ventana. Afuera, donde siempre, está el gomero gigante. Se ennegrece debajo del follaje espeso la porción de vereda que ampara, como abrigándola con un abrazo de vaya a saber qué tempestad, gesto que las baldosas agradecerán poco, porque las raíces del árbol, gruesas y torpes, se hunden profundo, amenazando con desperezarse y hacer ceder la calle como ya lo hicieron con la pared de ladrillo que apenas alcanza a contener su diámetro bonachón. Pienso que este gomero gordo habrá visto por estas mismas calles pasear a mi mamá y a mi tía cuando eran nenas. Habrán pisado el mismo adoquinado bruto que sigue más allá de San Juan, y que de este lado cegaron con varias capas de asfalto; habrán saltado los mismos charcos que esquivamos con Alfarez los días de lluvia; se habrán amparado alguna vez bajo la sombra espesa del gomero algún día bochornoso de enero, borrado ya de la memoria.
El árbol me habrá visto también a mí, cuando volvía de la escuela, caminando por esta misma Cochabamba, que se parece todavía hoy a la de la infancia. Todos los días bajaba por la vereda del sur, sin esquivar el sol, haciendo de cuenta que mi mano derecha era una persona, los dedos índice y medio sus piernas. La hacía correr a la par de mí por las paredes y los canteros. Saltaba de un extremo al otro del portón de un taller mecánico y pasaba por la vereda de Bar Defensa, donde la mano aterrizaba de golpe y paseaba disimuladamente por el marco del enorme ventanal que esa noche me revelaba, enmarcado por un fileteado simple, el gomero monumental. Los días de calor subían la ventana y desde la vereda se sentía la caricia tibia del calor de la cocina, al otro lado del salón, y el olor de las comidas del mediodía.
En la mesa que ocupábamos ahora, pero mucho, mucho antes, se sentaba un viejo, rodeado de migas de pan. Tenía el horario regular de la comida, como yo tenía el horario regular de la salida de la escuela. Un día, mientras pasábamos frente a la ventana yo y mi mano, me saludó; al día siguiente, otro saludo, como si ya fuéramos conocidos. Más días y más saludos me hicieron creer que tenía un amigo, así como de grandes sé que llamamos amigo al carnicero con quien cambiamos dos o tres comentarios de cómo anda la cosa. Nunca fuimos amigos con el viejo, lo sé ahora; y el viejo —también lo sé—, probablemente no quisiera en mí un amigo. Todo esto lo habrá visto el gomero, que ahora se balancea pesado y somnoliento bajo las luces blancas, enceguecedoras de la calle.
Me comenta Alfarez que instalaron estas luces blancas para que la gente de la calle no pueda dormir a la intemperie. Nos traen la milanesa para compartir. Pienso que odio la luz blanca.
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