24 de mayo de 2019

Buda 1


En una tarde del siglo VIII el monje budista Kukai soñó que un hombre le revelaba que el Mahavairocana Tantra era el texto sagrado que encerraba el cuerpo de doctrinas que él estaba buscando. Encontró una copia de estas escrituras en su Japón natal. Pronto descubrió que el códice estaba en gran parte compuesto en sánscrito, y en otro obtuso idioma. Decidió mudarse a China para estudiar el texto en la tranquilidad de un país que no vigilaba y censuraba la práctica budista al modo japonés.

El viaje fue peligroso: cuatro barcos zarparon de Japón y sólo dos llegaron a China. Uno, prudente, retornó en medio de una tormenta; el restante se fue a pique entre las olas y los destellos. El barco de Kukai sobrevivió. En China recibió amable hospedaje y el visto bueno del gobernador de la provincia de Chang’an, y pronto fue presentado al gran maestro Huiguo, exponente de un linaje ilustre de maestros budistas, reconocido por traducir textos del sánscrito al chino. Ente ellos el Mahavairocana Tantra que Kukai había viajado para desentrañar. Hombres menos prudentes que Kukai hubieran creído enseguida que Huiguo era el hombre de su sueño.

Huiguo murió a poco de la llegada de Kukai; hizo de éste su aprendiz y heredero, y en él volcó sus saberes esotéricos. Huiguo se replicó en Kukai, que durante 30 años profundizó sus estudios, colmándose como un cuenco en la lluvia, y que derramándose en exceso divulgó sus enseñanzas a nuevas generaciones.

Una vejez amable se asentó en Kukai, y se dejó llevar. En el final, renegó de agua y comida. Se apagó como una vela sin sebo ante un suspiro gentil, y cuando años después abrieron el sepulcro donde lo dejaron, vieron que llevaba en la cara un gesto meditabundo y reflexivo, como que siguiera allí, meditando.

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