Salvo diletantes --que han existido siempre--, nadie compra discos, ni tampoco películas. Se diría que tampoco nadie imprime las fotos que saca. La anticipación de llevar un rollo de fotos a revelarse y la espera eterna antes de ver cómo han salido es una sensación que para muchos resultará extraña.
Hoy todos saben cómo salieron exactamente las fotos. Sacan cientos de tomas de los mismos paisajes, las mismas personas con variaciones milimétricas en sus poses, y saben que están allí, en la memoria, que salvo una desgracia o un imponderable, no se van a perder. Que si algún día quieren una copia física, ahí las tienen para imprimir, aunque nunca nadie las imprima, porque a la par se han inventado tablets, y tantas formas de verlas en las computadoras o el televisor que la necesidad de imprimir una foto se vuelve extraña.
No se trata de una foto particular, sino del álbum. "Viaje a Mar del Plata"; "Vacaciones en Jujuy"; "Cumpleaños de Victoria".
Se pierde el soporte físico, se pierden las historias ligadas a ellos también. Se vislumbra sin mucha dificultad un futuro de ancianos sin recuerdos. ¿Habré visto esta película? ¿Me gustaban los Beatles? No tienen un disco, no tienen una película para recordarlo. Los recuerdos se les van a escurrir como arena entre los dedos.
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