6 de abril de 2019

El museo


Fuimos al Museo de Bellas Artes, y recordé algo sobre Mujica Lainez. Lo recordé porque leí algo sobre él luego de visitar el de Arte Decorativo. En varias salas exhibían carteles con memorias y remembranzas de antiguos dueños del caserón Alvear, o de sus muchos visitantes ilustres.

Mujica Lainez era uno de los que hablaba de los tiempos anteriores de la casa. Lo ponía nostálgico recordar cuando en el gran salón comedor se juntaban invitados ilustres y tintineaban hasta la madrugada los cubiertos y los platos. O algo así. Se había casado con una Alvear y era lógico que sus memorias de la casa fueran de alcurnia.

Supe después que Mujica Lainez fue crítico de arte, y que escribió una novela sobre el Museo del Prado en la que imaginaba las pinturas cobrando vida, sus personajes recorriendo el museo por las noches, cuando nadie los miraba; se había adelantado a Hollywood por varios años (en algún otro lado, en algún otro tiempo, seguro alguien se adelantó a él). Al Decorativo fuimos por la opulencia; al de Bellas Artes para ver la Venus de Capúa antes de que la regresaran a Italia. A poco de entrar hubiera jurado que la escultura desprendía el mismo olor de mármol viejo que sólo puedo asociar a los nichos del cementerio: húmedo, terroso, agrio y penetrante. La escultura de Venus dominaba el hall de entrada, con la mirada perdida. Casi 2 mil años de mármol viejo, tallado con el arte superior y místico de los antiguos.

Pero las esculturas acá no cobran vida. Los antiguos no tallaron a esta mujer de casi dos metros para imaginarla en una inexistente vida alterna a la que la consagraba el mármol; lo mismo iba para las personas de las escenas campestres, para los hombres en las tardes de caza y las mujeres en sus vestidos de gasa, para la escultura de la primera familia de los hombres que van a enterrar al primer muerto. Todas estas cosas no viven en el museo vacío; están más muertas que nunca si nadie las ve. Como el reflejo elusivo del espejo, no existen sin la mirada ajena.

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