Mujica Lainez era uno de los que hablaba de los tiempos anteriores de la casa. Lo ponía nostálgico recordar cuando en el gran salón comedor se juntaban invitados ilustres y tintineaban hasta la madrugada los cubiertos y los platos. O algo así. Se había casado con una Alvear y era lógico que sus memorias de la casa fueran de alcurnia.
Supe después que Mujica Lainez fue crítico de arte, y que escribió una novela sobre el Museo del Prado en la que imaginaba las pinturas cobrando vida, sus personajes recorriendo el museo por las noches, cuando nadie los miraba; se había adelantado a Hollywood por varios años (en algún otro lado, en algún otro tiempo, seguro alguien se adelantó a él). Al Decorativo fuimos por la opulencia; al de Bellas Artes para ver la Venus de Capúa antes de que la regresaran a Italia. A poco de entrar hubiera jurado que la escultura desprendía el mismo olor de mármol viejo que sólo puedo asociar a los nichos del cementerio: húmedo, terroso, agrio y penetrante. La escultura de Venus dominaba el hall de entrada, con la mirada perdida. Casi 2 mil años de mármol viejo, tallado con el arte superior y místico de los antiguos.
Pero las esculturas acá no cobran vida. Los antiguos no tallaron a esta mujer de casi dos metros para imaginarla en una inexistente vida alterna a la que la consagraba el mármol; lo mismo iba para las personas de las escenas campestres, para los hombres en las tardes de caza y las mujeres en sus vestidos de gasa, para la escultura de la primera familia de los hombres que van a enterrar al primer muerto. Todas estas cosas no viven en el museo vacío; están más muertas que nunca si nadie las ve. Como el reflejo elusivo del espejo, no existen sin la mirada ajena.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario