Quizá el último argumento suspicaz contra este concepto (mucho después de la franca imposibilidad, por mágica, de la reencarnación) fuera el de cómo podría tal o cual muerto actuar como un gato, sin haber sido nunca un gato; porque si todas las personas se comportaran en sus nuevos cuerpos de gato como eran antes, nadie descreería de la reencarnación y nos resultarían siniestros tantos animales.
Entonces, o es innato al alma actuar como gato sin haberlo sido nunca (lo cual es todavía más difícil de aceptar que la idea de la reencarnación), o el alma es una suerte de pasajera involuntaria en esa corporalidad de gato que se sabe gato y no sabe más que actuar como gato. Un alma, al final, impotente e incapaz, que iría como jineteando sin riendas ni espuelas.
Prefiero creer en una alternativa a ese destino frío y maniatado para el alma, y nadie me sabría decir, a ciencia cierta, que el gato que pasea como gato, mira como gato, y sabe ser gato, no sueña cuando sueña los recuerdos de una extraña vida humana que le precedió como el viento arremolinado a la tormenta de verano.
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