13 de marzo de 2019

Gatos III


La hindú es una de tantas religiones que creen en la reencarnación, que es la supervivencia del alma en otro cuerpo luego de la caducidad física del primero. Esta supervivencia del alma es la supervivencia de la conciencia, al menos parcial, de la vida que viaja, con sus memorias, certezas y temores, al nuevo cuerpo. Por ejemplo, al de un gato.

Quizá el último argumento suspicaz contra este concepto (mucho después de la franca imposibilidad, por mágica, de la reencarnación) fuera el de cómo podría tal o cual muerto actuar como un gato, sin haber sido nunca un gato; porque si todas las personas se comportaran en sus nuevos cuerpos de gato como eran antes, nadie descreería de la reencarnación y nos resultarían siniestros tantos animales.

Entonces, o es innato al alma actuar como gato sin haberlo sido nunca (lo cual es todavía más difícil de aceptar que la idea de la reencarnación), o el alma es una suerte de pasajera involuntaria en esa corporalidad de gato que se sabe gato y no sabe más que actuar como gato. Un alma, al final, impotente e incapaz, que iría como jineteando sin riendas ni espuelas.

Prefiero creer en una alternativa a ese destino frío y maniatado para el alma, y nadie me sabría decir, a ciencia cierta, que el gato que pasea como gato, mira como gato, y sabe ser gato, no sueña cuando sueña los recuerdos de una extraña vida humana que le precedió como el viento arremolinado a la tormenta de verano.

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