A diferencia de los asesinos seriales, la patología del hoarder parece menos anglosajona y más universal. Estados Unidos, el mundo angloparlante y en menor medida algunas partes de Europa parecen haber cultivado casi con exclusividad mundial el drama de los psicópatas y fetichistas del homicidio (la hipótesis más sencilla para explicarlo es la del facilismo epistemológico, o sea que en el hemisferio norte la mirada está más condicionada que en el Sur a observar y encontrar patrones y rasgos en la depravación de ciertos criminales). Pero los hoarders, cuya popularización global se debe a realities de masas mayormente de origen estadounidense, destinados a asombrar y horrorizar por partes iguales, son víctimas de una patología más ubicua.
La biblioteca médica de los Estados Unidos define el desorden de acumulación compulsiva como “una dificultad persistente para descartar o separarse de las posesiones personales”. Dado que en verdad estas personas son incapaces de separarse hasta de su propia mierda —el cuestionable encanto de los realities está en la exhibición de estas miserias—, su problema no está en esa especie de castigo mítico que es la dificultad de separarse de los objetos que hicieron suyos, sino más bien la imposibilidad de continuar con la vida mientras aquéllos se van acumulando. Es una fábula fantástica para enseñar el daño del capitalismo moderno: tras la depredación de los árboles, el saqueo de la tierra, el hacer de los mares un vertedero de inmundicias, todo para producir una baratija insalubre en un envase de plástico, el hoarder no la reduce a su mínima expresión, sino que la devuelve maximizada: consume la basura que compra, guarda el excremento en que ésta se ha vuelto tras pasar por su cuerpo, conserva el empaque inservible y hasta el recibo de la compra, y deposita todo en la inmensa montaña de escoria que va juntando día a día.
La biblioteca médica de los Estados Unidos asocia este comportamiento a la depresión, a trastornos obsesivo compulsivos, a la ansiedad, al llamado desorden de déficit de atención —que para tantos pediatras sólo significa que los niños son niños—, al alcoholismo, y a las psicosis de paranoia o esquizofrénicas. No abundan, por supuesto, explicaciones de orden sociológico, como por ejemplo la dificultad de separarse de las cosas en un mundo en que es cada vez más difícil acceder a poder comprarlas, ni al acopio como estrategia de supervivencia ligada a la vida frugal en las márgenes de un capitalismo salvaje.

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