
El tiempo parecía haberse detenido en la casa desde mucho antes de la muerte de su dueña. Esta sala, como tantas otras, parecía suspendida en una siesta de verano.
Unas leyes claras y una burocracia infinita protegen la casa. Obrar cualquier tipo de transformación en ella o su patrimonio, e incluso venderla, está prohibido. Todo hace suponer que ahí seguirá durante muchos años.
Quizá, hasta después de que la historia humana se aleje del tiempo, como una conversación pasajera, hasta caducar en un murmullo lejano.
¿Abrirán entonces algún espíritu errante, o una fiera silvestre, una puerta cerrada hace mucho, para descubrir esta misma escena, tantas veces repetida; la ceremonia del sol entrando como si fuera la primera vez a esta sala, iluminándolo todo con una extraña inocencia?
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