15 de enero de 2019

Nuevos inquilinos


Nos mudamos a una casa de muertos. Para la época en que mi mamá nació, ya casi todos en la familia estaban viejos o envejecidos, que para una nena es lo mismo. Otros, más adelantados, ya habían fallecido. Esta casa, con todos sus achaques de casa añosa y sus historias de parientes desconocidos, es uno de mis lugares en el mundo; la conocí toda la vida.

En la pieza donde dormimos, agonizó sin morir mi abuela. Una de las últimas veces que la visité, después de mucho tiempo de no venir, me preguntó si ya estaba en la universidad, si ya estaba cursando en el CBC, que por entonces estaba enfrente. Yo tenía 15 años y era claro que en el delirio de su postración el tiempo se había confundido. Lejos de su casa, murió en un hospital gris del conurbano, adonde la había arrastrado un PAMI desastroso e inhumano. En esta casa también se empezó a morir mi tía, acaso en la tristeza de una soledad que no supimos entender y que llegamos tarde para revertir.

En el verano, los árboles crecen en el baldío contiguo y se multiplican sus hojas verdes, entre un laberinto de ramas que acarician en el viento las paredes calientes. Por la noche, las luces de los autos de la avenida rebotan en el techo y dibujan paisajes y formas fantasmagóricas que se animan en la antesala del sueño. Todo el día, todo el año, zumban los motores en el asfalto incesante, se descuelgan de la autopista cercana los quejidos fatigados de los camiones que después de trepar una rampa, se pierden sobre el horizonte.

A veces creo que la casa también se quiso dejar morir. Se había tornado oscura. Los vidrios se empañaron y el aire era denso, espeso y envilecido y caía sobre todas las cosas con una pátina de polvo que no dejaba espejo sin empañar ni mueble sin abrazar. Pero esta no es más una casa de muertos, y a medida que la luz entra en unas paredes limpias, el polvo cede. Los muebles se van, y con ellos las ropas de los muertos a quienes nunca nos llegamos a presentar juntos. Seremos quienes vayamos a ser. Somos tus nuevos inquilinos.

Creo que la casa lo empieza a entender

6 de enero de 2019

Mar del Plata IV


Entramos a la ciudad despacio. Poco antes, habíamos dejado atrás un puñado de pueblos miserables que ya no viven como antes del comercio y del tren. En sus estaciones ya nadie se bajaba, y los pasajeros hacía tiempo dejaron de esperar de los nenes un saludo, de los autos en el paso a nivel un bocinazo.

Yo supuse que este manojo de casitas, de descampados de verjas oxidadas y de paredes con revoque zozobrante entre la hierba crecida eran la antesala de la gran ciudad. Incluso cuando cruzamos una calle que me pareció como uno de esos parajes del conurbano, de calles amplias y veredas anchas, llenas de comercios, creí que estábamos en la periferia. Pero no: era esta la ciudad, eran estos sus límites.

La estación de trenes era magra: un par de andenes, unas columnas, tinglado de zinc y poco más. Algo más allá, un edificio con toda la pinta de nuevo, que combinaba la terminal de trenes y de ómnibus. A la derecha, una oficina con información turística; más allá, un local de alfajores y conos de dulce de leche Balcarce. Supusimos que desde que Havanna desembarcó en Buenos Aires, hace unos años, ya nadie desesperaba por comprar alfajores antes de irse, ni a poco de llegar. Se volvieron cotidianos. Pero, increíblemente, su mística aumentaba.

1 de enero de 2019

Mar del Plata III


Viajamos entre la lluvia y la neblina. La ciudad se fue, dando paso a los campos sin nombre. A lo lejos, en la llanura infinita, los árboles, amontonados pero esporádicos, se apreciaban fantasmagóricos entre la bruma. 

23 de diciembre de 2018

Mar del Plata II


Hacía años que no iba al mar. Hice una cuenta rápida y me dio que más de veinte. La primera y única vez que lo vi fue cuando mi tía nos llevó a mí y a mi abuela a Montevideo. Ahora que lo pienso, ella –mi abuela— por entonces también haría años que no lo veía. Supongo que también serían mas de veinte. 

Recordé las fotos de las vacaciones que encontré en casa: en cajas y cajas, paisajes de la sierra y ciudades y pueblos del sur; nunca del mar. Acaso la última vez hubiera sido cuando viajó desde Italia ya para quedarse. Contaba que en el barco con ellos regresaba Evita después de hacer una gira en Europa. A Perón y a ella les gustaba llevar pan al primer mundo en el estrago de la posguerra, y a mi abuela le dolía en algún lugar de su ultranacionalismo vencido. Por eso siempre hablaba mal de Evita y de Perón, aunque, en las formas, tanto tuvieran de similar con El Duce. 

Aquella vez en Montevideo fue la última que mi abuela vería el mar.

22 de diciembre de 2018

Mar del Plata I


Salimos de Buenos Aires en medio de un temporal. Parecía de noche, aunque ya había amanecido. Llovía una de esas lluvias arremolinadas por el viento que mojaba de todas direcciones, y de las cuales era imposible escapar seco. En la esquina de casa tomamos un taxi hasta Constitución. Con menos sorpresa de la que cabría suponer, encontramos que se llovía debajo de los techos pinchados del andén casi lo mismo que afuera, y peor en muchos lugares, donde una canaleta inconveniente arrastraba ríos de agua acumulada sobre las cabezas inadvertidas de los pasajeros.

Casi todos en la estación estaban llegando; y casi todos, sin excepción, empapados por el aguacero, acababan de comenzar de pésimo modo su semana. Nosotros íbamos en la dirección opuesta, en todo sentido: nos estábamos yendo, dejábamos la ciudad atrás, y teníamos los días de descanso por delante.

El tren salió justo a tiempo. En los andenes de las estaciones del sur, primero en Avellaneda, luego en Quilmes, Lomas de Zamora y Temperley, el lunes y la lluvia pegaban igual de fuerte.