Salimos de Buenos Aires en medio de un temporal. Parecía de noche, aunque ya había amanecido. Llovía una de esas lluvias arremolinadas por el viento que mojaba de todas direcciones, y de las cuales era imposible escapar seco. En la esquina de casa tomamos un taxi hasta Constitución. Con menos sorpresa de la que cabría suponer, encontramos que se llovía debajo de los techos pinchados del andén casi lo mismo que afuera, y peor en muchos lugares, donde una canaleta inconveniente arrastraba ríos de agua acumulada sobre las cabezas inadvertidas de los pasajeros.
Casi todos en la estación estaban llegando; y casi todos, sin excepción, empapados por el aguacero, acababan de comenzar de pésimo modo su semana. Nosotros íbamos en la dirección opuesta, en todo sentido: nos estábamos yendo, dejábamos la ciudad atrás, y teníamos los días de descanso por delante.
El tren salió justo a tiempo. En los andenes de las estaciones del sur, primero en Avellaneda, luego en Quilmes, Lomas de Zamora y Temperley, el lunes y la lluvia pegaban igual de fuerte.
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