6 de enero de 2019

Mar del Plata IV


Entramos a la ciudad despacio. Poco antes, habíamos dejado atrás un puñado de pueblos miserables que ya no viven como antes del comercio y del tren. En sus estaciones ya nadie se bajaba, y los pasajeros hacía tiempo dejaron de esperar de los nenes un saludo, de los autos en el paso a nivel un bocinazo.

Yo supuse que este manojo de casitas, de descampados de verjas oxidadas y de paredes con revoque zozobrante entre la hierba crecida eran la antesala de la gran ciudad. Incluso cuando cruzamos una calle que me pareció como uno de esos parajes del conurbano, de calles amplias y veredas anchas, llenas de comercios, creí que estábamos en la periferia. Pero no: era esta la ciudad, eran estos sus límites.

La estación de trenes era magra: un par de andenes, unas columnas, tinglado de zinc y poco más. Algo más allá, un edificio con toda la pinta de nuevo, que combinaba la terminal de trenes y de ómnibus. A la derecha, una oficina con información turística; más allá, un local de alfajores y conos de dulce de leche Balcarce. Supusimos que desde que Havanna desembarcó en Buenos Aires, hace unos años, ya nadie desesperaba por comprar alfajores antes de irse, ni a poco de llegar. Se volvieron cotidianos. Pero, increíblemente, su mística aumentaba.

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